
Más de 2.500 pozos petroleros se encuentran diseminados dentro del ejido urbano de Comodoro
Chubut24/01/2026
REDACCIÓN
Los desplazamientos recientes en distintos barrios reactivan un problema estructural: miles de pozos petroleros condicionan el uso del suelo y siguen influyendo en la vida cotidiana de la ciudad.
Los movimientos y desplazamientos registrados en los últimos días en Comodoro Rivadavia vuelven a poner en primer plano una realidad que atraviesa a la ciudad desde hace décadas. Bajo barrios consolidados, zonas en expansión y sectores ocupados, persiste un entramado de pozos petroleros activos, inactivos y abandonados que continúa condicionando cualquier intento de ordenamiento urbano.
Lejos de tratarse de una novedad, el problema forma parte de una herencia acumulada de más de un siglo de explotación hidrocarburífera. De acuerdo a datos municipales publicados hace una década, más de 2.500 pozos se encuentran diseminados dentro del ejido urbano, entre perforaciones abandonadas y otras que nunca fueron correctamente selladas o registradas.


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Ese escenario explica por qué, todavía hoy, el crecimiento poblacional choca contra límites invisibles. El aumento de habitantes no siempre estuvo acompañado por políticas de urbanización acordes a la complejidad del subsuelo, y eso generó barrios donde la traza urbana convive con instalaciones petroleras antiguas, muchas veces sin señalización ni información precisa.
En sectores como Laprida, la presencia de pozos inactivos impidió durante años el aprovechamiento pleno de terrenos aptos para viviendas. El vecinalista Roberto Romero lo resumía con claridad hace más de una década, cuando advertía que “tiene que estar dentro del costo petrolero el saneamiento”, al señalar que la rentabilidad del recurso debería contemplar la reparación posterior del territorio.
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La situación se vuelve todavía más sensible en zonas donde se registraron ocupaciones informales. En el barrio Fontana, dirigentes vecinales ya advertían hace años que los asentamientos avanzaban sobre áreas donde existieron pozos, ductos o redes energéticas. Cristóbal Gallegos describía ese escenario al afirmar que “afectan en forma directa sobre la vida humana”, en referencia a los riesgos asociados a perforaciones mal selladas.
El antecedente de construcciones levantadas sobre antiguas locaciones petroleras no se limita a viviendas particulares. A lo largo del tiempo se detectaron pozos debajo de escuelas, instalaciones deportivas y edificios públicos, una situación que expuso la falta de un mapa definitivo y actualizado del subsuelo urbano.
Uno de los casos más recordados es el de la Escuela 169, donde la presencia de gas en aulas y galerías generó síntomas en alumnos y docentes. Aquella situación permitió visibilizar que los pozos mal sellados pueden provocar emanaciones de gas natural, con riesgos de intoxicación o explosión en espacios cerrados o semiabiertos.
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La complejidad técnica del problema tampoco es menor. En la Cuenca del Golfo San Jorge conviven pozos de profundidades muy distintas, algunos que superan ampliamente los 600 metros, lo que dificulta las tareas de localización, control y sellado. En muchos casos, ni siquiera existen registros precisos de perforaciones realizadas durante las primeras décadas del siglo pasado.
En 2008, el gobierno provincial y la Secretaría de Hidrocarburos impulsaron la confección de un mapa digital de pozos y locaciones dentro del ejido urbano de Comodoro Rivadavia. Sin embargo, ese relevamiento quedó inconcluso, y la falta de información completa sigue impactando en decisiones actuales vinculadas al uso del suelo.
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Los desplazamientos recientes no surgen en un vacío. Se apoyan sobre una trama preexistente de pasivos ambientales y urbanos no resueltos, donde cada movimiento territorial reactiva interrogantes sobre seguridad, responsabilidad de las operadoras y capacidad del Estado para anticiparse a los conflictos.
Fuente: Archivo, X, El Patagónico
















