
Costa Brava, entre murallas y calas escondidas: el tramo que sorprende a cada kilómetro
Turismo14/02/2026
REDACCIÓNEn poco más de 200 km, la costa catalana mezcla piedra medieval, senderos sobre acantilados y pueblos blancos. Un plan ideal para sumar al viaje desde Barcelona.

La Costa Brava no seduce con una sola postal: cambia de carácter a cada curva, alterna acantilados donde el mar golpea fuerte con calas que aparecen como un secreto entre pinos y roca. Ese contraste explica por qué muchos la recorren en auto, sin apuro, buscando detenerse donde el paisaje manda. En el noreste de Cataluña, la costa de Girona propone un viaje que combina Mediterráneo, historia y gastronomía sin necesidad de grandes distancias.
En ese mapa, Tossa de Mar aparece como una de las paradas más tentadoras para quien quiere sentir que el mar y la Edad Media conviven en la misma calle. Su casco amurallado, Vila Vella, conserva el encanto de una fortificación que todavía se ve íntegra y que domina la bahía desde lo alto. Caminar por esas calles empedradas, con casas de piedra cubiertas de flores, cambia el ritmo del viaje y obliga a mirar hacia arriba tanto como hacia el agua.


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La ciudad también ofrece un mirador privilegiado y un museo que cuenta otra capa del lugar, ligada a la navegación y al paso del tiempo frente al mar. Desde allí se abre la vista a la playa Grande, una herradura amplia que queda al pie de la muralla y completa la escena de ciudad costera sin estética de cadena hotelera. Esa combinación de centro histórico y playa accesible vuelve a Tossa una base cómoda para explorar alrededor.
Parte del encanto de este pueblo se explica por un giro cultural que no surge del turismo masivo, sino de una historia de artistas e intelectuales que llegaron en los años 30. Marc Chagall pasó por allí y la llamó “paraíso azul”, una etiqueta que todavía circula como recuerdo y que busca capturar la luz del lugar. Años después, el cine también dejó marca: el rodaje de Pandora y el holandés errante sumó un capítulo que hoy se reconoce en una escultura de Ava Gardner mirando al mar.
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El agua, igual, sigue siendo la gran excusa para muchos, sobre todo cuando desde la playa Grande salen barcos que recorren la costa y permiten asomarse a calas pequeñas. En ese paseo aparecen nombres que funcionan como promesa de día perfecto, como Cala Pola, Cala Bona o Cala Giverola, con aguas transparentes y orillas de piedra. Para bajar a pasar el día en Giverola conviene un detalle simple pero decisivo: llevar calzado de agua para meterse sin sufrir el suelo pedregoso.
Quienes prefieren caminar encuentran un hilo conductor que une paisajes sin necesidad de motor: el Camí de Ronda, un sendero que bordea acantilados, cruza bosques de pinos y regala vistas abiertas del Mediterráneo. No tiene el mismo desgaste que las pendientes y escaleras de la Vila Vella, y por eso se presta para tramos que combinan esfuerzo moderado con recompensa visual constante. Es, además, una forma de llegar a rincones que no siempre se ven desde la ruta y que refuerzan la idea de “costa brava” en sentido literal.
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De vuelta en la parte moderna de Tossa, el plan se vuelve más urbano y llano, ideal para una pausa de comida y mercado. Ahí aparecen productos regionales como las anchoas en conserva, vinos del Empordà, aceite de oliva y dulces típicos, entre ellos las neulas y los xuixos. En la mesa, el plato tradicional resume el vínculo con el mar: el cim i tomba, un guiso de pescado y papa que nació en la lógica marinera de cocinar con lo disponible.
La ruta, además, permite cambiar de escenario sin salir de la misma costa, y esa variedad es parte del atractivo. Cerca aparecen lugares con perfiles distintos, como Lloret de Mar con jardines y noche, o Sant Feliu de Guíxols con un monasterio benedictino y arquitectura modernista. Más al norte, Begur suma un castillo con torres y Calella de Palafrugell ofrece un aire de caserío pescador sobre acantilado, con calma de postal y ritmo de pueblo.
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El contraste más fuerte llega cuando el viaje se cruza con Empuriabrava, una ciudad pensada desde los canales y las embarcaciones privadas, nacida en los años 60 sobre una zona pantanosa. Con más de 25 kilómetros de vías navegables, se ganó el apodo de “Venecia catalana” y propone otra idea de costa, más ligada a marina residencial que a piedra medieval. A pocos kilómetros, igual, reaparece la historia: Castelló d’Empúries y su casco antiguo permiten volver a basílica, murallas y barrio judío en una escapada corta.
Y si el recorrido pide un cierre con identidad propia, Cadaqués suele ocupar ese lugar por su blanco impecable, sus calles adoquinadas y la bahía salpicada de pequeñas embarcaciones. El vínculo con Salvador Dalí se siente cerca, tanto por el magnetismo del paisaje como por la cercanía con Portlligat y el Parque Natural del Cap de Creus, donde las rocas retorcidas y calas difíciles de acceder cambian otra vez el tono del viaje. Para planear sin frustraciones, conviene elegir temporada, calcular tiempos de caminata y sumar un margen para detenerse sin agenda: en la Costa Brava, lo mejor casi siempre aparece “de pronto”.
Fuente: LA NACION.














