
Muestras de Durupinar, en el este de Turquía, mostraron materiales marinos y arcilla de 5000 años. Un equipo argentino busca rastros humanos del período Calcolítico.

En el este de Turquía, una formación rocosa con silueta de barco volvió a poner en la mesa una pregunta que cruza ciencia y creencias. El sitio se conoce como Durupinar y se ubica en el Monte Tendürek, una zona que desde hace décadas atrae miradas por su rareza geológica. Ahora, el interés se reactivó por lo que arrojaron análisis de suelo asociados a una antigüedad que ronda los 5000 años.
Los especialistas que trabajan sobre el lugar señalaron presencia de materiales marinos y arcilla, un dato llamativo para un entorno de alta montaña. Ese hallazgo alimenta la hipótesis de un paisaje que no siempre lució como hoy y abre la discusión sobre cambios ambientales bruscos. En la lectura de los investigadores, los sedimentos también sugieren una posible actividad humana antigua en un área que, en algún momento, quedó cubierta por agua.


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El trabajo lo impulsa un grupo de especialistas de la Universidad Maimónides, que describe a Durupinar como un espacio geográfico singular por su forma y por el tipo de restos detectados. La estructura tiene contornos que recuerdan a un casco de navío, algo que muchos visitantes remarcan al recorrer sus bordes. Esa semejanza visual, por sí sola, no prueba una historia bíblica, pero funciona como disparador para buscar datos medibles.
El investigador principal, el doctor Faruk Kaya, vinculó los resultados iniciales con un período histórico preciso. “Según los resultados iniciales, creemos que la región albergó actividad humana desde el período Calcolítico”, afirmó. También adelantó el siguiente paso del equipo: “El experto añadió que el equipo planea más investigaciones en Cudi y Ararat, zonas clave de la región mesopotámica”.
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El período Calcolítico, también llamado Edad de Cobre, marca un momento de transición en las sociedades humanas, cuando el trabajo con metales comenzó a desplazar herramientas de piedra. Ubicar rastros de ese tiempo en el suelo conecta el sitio con una etapa donde se consolidaron comunidades complejas y redes de intercambio. Para los científicos, encontrar arcilla y materiales marinos en altura obliga a pensar en alteraciones del nivel de agua y en eventos ambientales que cambiaron el territorio.
En esa línea, el equipo interpretó que los indicios podrían asociarse a un episodio catastrófico de gran escala, aunque la afirmación todavía queda en el terreno de la hipótesis. “La evidencia sugiere que la historia podría tener una base en la realidad”, señalaron otros especialistas, según se informó. La frase no define una certeza, pero muestra el tipo de lectura que toma fuerza cuando la geología ofrece señales inesperadas.
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Las dimensiones de Durupinar suman otro elemento que explica el interés global. El relieve mide cerca de 150 metros de longitud, una cifra que quienes apoyan la teoría comparan con descripciones antiguas sobre el tamaño del arca. Geólogos de distintos países visitan el lugar y observan paredes que, a simple vista, recuerdan vigas, aunque esa apariencia admite explicaciones naturales. La discusión se sostiene, en gran parte, porque el sitio combina simetrías, sedimentos y una forma que resulta difícil de ignorar.
En paralelo, la historia del Arca de Noé mantiene un peso cultural que empuja a muchos a mirar el hallazgo con expectativas extraordinarias. El relato bíblico del Génesis describe una embarcación construida por Noé por orden de Dios para sobrevivir a un diluvio universal, con una función puramente de flotación. En esa narración, la nave no dependía de timón ni velas, y se organizaba en tres niveles para albergar especies y provisiones. Esa dimensión simbólica explica por qué cada dato científico alrededor de Durupinar genera repercusión inmediata.
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Por ahora, el aporte central del trabajo pasa por el suelo y por las pistas de un ambiente distinto al actual, no por una confirmación definitiva. Los investigadores planean ampliar los estudios en zonas cercanas, como Cudi y Ararat, para comparar evidencias y evitar lecturas aisladas. La pregunta de fondo sigue abierta: si Durupinar representa solo una formación geológica singular o si guarda rastros de ocupación humana en un momento de cambios climáticos severos. En ese cruce de geología, arqueología y mito, la discusión se mueve con una regla básica: cada nueva muestra vale más que cualquier interpretación apresurada.
Fuente: LA NACION.

















