
Trump quiere tocar una ley que frenó el derroche de agua en millones de inodoros
Actualidad15/04/2026
REDACCIÓNEl presidente de Estados Unidos busca aflojar una norma de 1992 que redujo el consumo por descarga y ahorró miles de millones de litros en medio de una sequía persistente.

Seis litros por descarga fue durante más de tres décadas una referencia concreta en la política de ahorro de agua en Estados Unidos. Esa limitación, fijada por una ley de 1992, obligó a que los inodoros nuevos usaran mucho menos caudal que los modelos anteriores y terminó convirtiéndose en una pieza silenciosa de la agenda ambiental del país. Ahora, Donald Trump quiere empujar el camino contrario y plantea que esa regulación debe aflojarse.
El cambio no toca un detalle menor del uso doméstico, sino una práctica cotidiana que consume enormes volúmenes de agua a escala masiva. Antes de esa norma, muchos inodoros estadounidenses necesitaban grandes cantidades para producir el efecto de succión que durante años se volvió parte habitual del diseño local. La ley alteró esa lógica y obligó a que los nuevos equipos funcionaran con menos recursos sin romper el esquema general del sistema sanitario.
La ofensiva política de Trump aparece en un momento especialmente incómodo para ese tipo de discusión. El país enfrenta una presión creciente sobre el agua por el peso de la sequía y por el modo en que el cambio climático agrava la escasez en distintas comunidades. En ese contexto, la idea de relajar una norma pensada justamente para ahorrar agua choca de frente con una necesidad material cada vez más evidente.
El contraste con Europa también ayuda a entender qué está en juego. En buena parte del continente europeo los inodoros suelen ofrecer una doble descarga, una más liviana y otra más intensa, con un uso mucho más ajustado del caudal. En Estados Unidos, en cambio, ese sistema nunca terminó de ganar terreno y el modelo tradicional de descarga más pesada siguió marcando el ritmo del consumo.
OTRAS NOTICIAS:
Los números que dejó la norma de 1992 no son marginales. Según el texto, esa ley permitió ahorrar alrededor de 69 mil millones de litros de agua en dos décadas, una magnitud que explica por qué la regulación se volvió una referencia en políticas de eficiencia hídrica. Lo que hoy discute la administración republicana no es entonces una regla decorativa, sino una herramienta que ya mostró impacto concreto sobre el uso del recurso.
La presión por cambiarla también llega acompañada por una visión cultural que Trump viene repitiendo desde hace años. En 2019 se quejó de los inodoros y duchas de bajo caudal con una frase que todavía resume su postura: “La gente tira de la cadena en los inodoros 10 o 15 veces, en lugar de una. Entras en un edificio nuevo o en una casa nueva y prácticamente no puedes lavarte las manos porque sale muy poca agua del grifo”. Para los especialistas en ingeniería, esa crítica ya quedó vieja y no refleja cómo funcionan hoy los modelos más eficientes.
Uno de los argumentos más fuertes contra la propuesta presidencial es que el problema del derroche no está en los equipos regulados desde los años noventa, sino en la enorme cantidad de inodoros antiguos que siguen instalados. Un estudio citado indica que uno de cada cinco todavía utiliza 13 litros por descarga, y que algunos fabricados antes de 1980 llegan a consumir 19 litros o más cada vez que se accionan. Eso significa que la verdadera fuente del gasto excesivo persiste en millones de hogares y no en la norma que vino a corregirlo.
El caso de California vuelve todavía más visible esa contradicción. La entidad Plumbing Manufacturers International estima que solo en ese estado siguen en uso unos 2,4 millones de inodoros fabricados antes de 1980. Reemplazarlos por modelos que usan cinco litros por descarga podría ahorrar 52 mil millones de litros de agua, una cifra que por sí sola muestra dónde está hoy el margen real de mejora.
OTRAS NOTICIAS:
Desde el mundo académico, la crítica a la idea de retroceder con la regulación fue directa. Samuel Sandoval Solís, especialista en recursos hídricos de la Universidad de California, recordó que instalar el ahorro de agua en la vida cotidiana estadounidense fue un proceso lento y sostuvo: “Nos llevó mucho tiempo entrar con el ahorro de agua en la mentalidad estadounidense”. Para él, el movimiento que promueve Trump va claramente “hacia atrás”.
La discusión, en el fondo, ya dejó de ser una rareza doméstica sobre la potencia del inodoro y pasó a tocar una pregunta más áspera sobre prioridades. Si el país todavía convive con millones de artefactos viejos que desperdician agua y con regiones que sufren para sostener un suministro confiable y accesible, el debate no parece girar alrededor de la comodidad de la descarga sino del costo de seguir gastando como si el recurso sobrara. Ahí es donde la pulseada que Trump quiere dar en el baño termina conectando con algo mucho más serio: la administración de un bien cada vez más escaso.














