Manuel Tripano apunta a Los Ángeles 2028 después de hacer historia en canotaje

Deporte14/06/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El palista argentino, campeón mundial en 2024, combina entrenamientos artesanales, viajes complejos y una agenda internacional decisiva.

Manuel Tripano
Manuel Tripano

Manuel Tripano carga con un objetivo que ya ordena su calendario deportivo: llegar a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028. A los 21 años, el palista argentino convirtió esa meta en una prioridad después de hacer historia en el canotaje eslalon, disciplina en la que se consagró campeón mundial juvenil en 2024. Su presente mezcla resultados internacionales, una preparación marcada por recursos limitados y una agenda de competencias que puede definir buena parte de su camino olímpico.

El deportista viene de recibir el Premio Inspiración en los Premios Olimpia 2025, una distinción que también le otorgó una beca anual. Ese respaldo aparece en un momento de alta demanda económica para un atleta que compite en un deporte con poca visibilidad masiva y con costos elevados por viajes, equipamiento y traslados internacionales. Tripano resumió ese impacto con una frase directa: “Ayuda muchísimo”.


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La clasificación olímpica aparece como el eje de su planificación, aunque el sistema cambió respecto del ciclo anterior. Tripano explicó que ahora se acumulan nueve competencias, se promedian las mejores cinco y se arma un ranking con los mejores botes. En ese esquema, también pesará un repechaje continental previsto en los Juegos Panamericanos de Lima, por lo que cada torneo previo gana importancia deportiva.

Ese camino incluye compromisos inmediatos de alto nivel. El palista tiene por delante el Mundial Sub 23 de Cracovia, que comienza el 30 de junio, además del Mundial senior en Oklahoma City, el Panamericano de Canadá y los Juegos Odesur en Santa Fe. Para él, esa secuencia no solo implica competir, sino también sostener rendimiento físico y mental durante una gira extensa, cercana a los 100 días fuera de su rutina habitual.


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El título mundial de 2024 ocupa un lugar especial en su carrera porque llegó después de una frustración fuerte. Tripano venía de perder la posibilidad de clasificarse a los Juegos Olímpicos de París 2024 en el repechaje y atravesaba un momento deportivo complejo. Lejos de abandonar el recorrido, reorganizó su preparación junto a su padre y entrenador, Javier, hasta conseguir el triunfo que lo convirtió en el primer argentino campeón mundial de canotaje eslalon.

La manera en que recordó esa consagración muestra el valor personal del logro. “Fue un sueño cumplido”, dijo al repasar una final que todavía identifica como el punto más alto de su trayectoria. También rechazó la idea de atribuirlo solo al azar: “No voy a decir que se alinearon los planetas porque también hicimos lo necesario para que suceda”.


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La historia familiar forma parte de ese recorrido desde el inicio. Tripano aprendió el deporte con su padre y su tío Martín, en una casa atravesada por el kayak desde la infancia. Según contó, desde los tres años existen fotos suyas dentro de un bote, a los cinco empezó a practicar todos los fines de semana y desde los once lo hizo de manera constante.

Ese vínculo temprano explica la forma en que define su relación con el agua y la competencia. Tripano reparte el año entre Mar del Plata, Necochea y los viajes al exterior, por eso el bote aparece como el único espacio estable dentro de una vida en movimiento. “Es mi casa porque es casi el único lugar en el que estoy todos los días”, afirmó sobre una rutina que combina entrenamiento, torneos y estudio.


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La preparación en Argentina exige una adaptación permanente. A diferencia de otros países con pistas artificiales, donde se puede regular el curso del agua, Tripano entrena en el Paraje Las Cascadas de Necochea, sobre el río Quequén. Allí cruza alambres y sogas, mueve piedras y arma recorridos de práctica en una porción de río para simular las condiciones que después encuentra en los torneos internacionales.

Ese método artesanal convive con una logística de viaje que muchas veces se vuelve tan exigente como la competencia. Los botes miden cerca de tres metros y medio, son frágiles, no pasan por todas las aerolíneas y pueden sufrir daños durante el traslado. Tripano describió esa dificultad con crudeza: “A veces las aerolíneas no dejan pasar los botes. A algunos compañeros se los hicieron cortar, a mí me los han roto”.


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El problema no termina cuando llega al destino. En canotaje eslalon, el equipamiento forma parte de la adaptación fina del atleta, porque los interiores de los botes son personalizados y no todos responden igual aunque sean del mismo modelo. Por eso, competir con un bote prestado o distinto al habitual puede alterar sensaciones, maniobras y tiempos en una disciplina donde una carrera dura apenas un minuto y medio.

Tripano también sostiene su formación académica en paralelo. Estudia kinesiología en la Universidad FASTA, con un programa de doble carrera que le permite cursar con asistencia reducida y reprogramar parciales cuando viaja por competencias. Esa organización lo obliga a estudiar en pasillos, aviones y torneos, en medio de una agenda deportiva que no admite pausas prolongadas.


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Su enfoque competitivo para los próximos meses combina ambición y control emocional. No habla solo de resultados, sino de llegar entero, sostener constancia y ejecutar lo trabajado en cada recorrido. En sus palabras, el objetivo pasa por “divertirse y estar en plenitud”, además de poder terminar una bajada con la sensación de haber hecho bien el trabajo.

El recorrido hacia Los Ángeles 2028 no depende de un único torneo ni de una sola marca, sino de una cadena de competencias donde cada resultado puede modificar el ranking. Tripano llega a esa etapa con un título mundial, una beca que aporta respaldo y una preparación que todavía se apoya en soluciones caseras para entrenar en condiciones competitivas. El límite inmediato será sostener ese nivel en una gira exigente, con el bote, el cuerpo y la cabeza puestos en una plaza olímpica.

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