
La charla del sábado recupera a un Belgrano menos escolar: denunció negocios del poder, defendió educación pública, trabajo femenino e industria propia.

El sábado 27 de junio a las 18, el Museo Histórico de la vieja terminal recibirá una charla que busca correr a Manuel Belgrano del retrato escolar más repetido. La actividad, organizada por el Instituto Belgraniano, pondrá el acento en un dirigente que discutió privilegios, denunció corrupción y pensó el trabajo como base de un país menos dependiente. La conversación tendrá como invitados al profesor Sergio Mucznik y a Pascual Quevedo, dentro del ciclo que se desarrolla en el Museo Meisen-Ebene.
La propuesta no apunta solo a recordar al creador de la bandera, sino a revisar qué aspectos de su pensamiento quedaron reducidos por las efemérides. En una entrevista realizada en el programa Modo17 en #LA17, Sergio Mucznik planteó que “Belgrano es mucho más que la creación de la bandera” y lo presentó como una figura atravesada por ideas económicas, educativas y políticas de fuerte vigencia. Esa mirada desplaza el foco de la imagen solemne hacia un hombre que discutió el poder real de su tiempo con herramientas intelectuales poco comunes.


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Belgrano nació dentro de una familia rica, vinculada al comercio y con prestigio social reconocido por un escudo de armas. Sin embargo, su trayectoria pública lo colocó en una posición incómoda frente al origen de esos beneficios, porque combatió el monopolio comercial que había favorecido el ascenso económico familiar. También celebró que la Asamblea del Año XIII terminara con los títulos de nobleza, porque defendía la igualdad ante la ley por encima del apellido, la fortuna o el reconocimiento heredado.
La formación europea le dio una base intelectual que luego usó contra el orden que debía sostener. Estudió Derecho en Salamanca y en Valladolid, obtuvo medalla de oro y accedió a lecturas de la Ilustración que cuestionaban el absolutismo monárquico. Mucznik remarcó que “Belgrano sabía 5 idiomas”, un dato que permite entender su vínculo con autores como Rousseau, Voltaire y Montesquieu, cuyas ideas influyeron en su defensa del contrato social, el voto popular y la igualdad ante la ley.
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Esa preparación no lo convirtió en un funcionario dócil cuando regresó al Río de la Plata. En 1794 quedó al frente del consulado, un organismo central para controlar el comercio entre América y España, pero desde ese lugar denunció prácticas corruptas de quienes compartían espacios de decisión. Según la reconstrucción de Mucznik, sus colegas retenían productos, participaban del contrabando y permitían negocios ilegales con Portugal e Inglaterra, por lo que Belgrano terminó aislado dentro de la estructura que debía integrar.
Su mirada económica también chocaba con el modelo de dependencia que luego se consolidó en el país. Belgrano planteaba que si había cuero no tenía sentido comprar zapatos a Inglaterra, porque la producción local debía transformar materias primas en trabajo e industria. En esa línea, la frase “No compremos zapatos de Inglaterra” resume una preocupación que iba más allá del comercio: apuntaba a una economía capaz de fabricar, exportar y sostener una marina mercante propia.
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La educación aparecía como otra condición indispensable para esa autonomía. Sergio Mucznik lo definió como “el primer maestro”, porque impulsaba escuelas, enseñanza de lectura, escritura, matemática, dibujo y geometría, además de formación para artesanos. También defendía la educación de las mujeres y proponía que el Estado cuidara al trabajador, con una mirada que unía agricultura, ganadería e industria en un mismo proyecto productivo.
El Belgrano militar tampoco aparece como una figura obediente sin matices. Desobedeció órdenes cuando enarboló una bandera que el poder político todavía no autorizaba, en un momento en que se gobernaba bajo la máscara de Fernando VII y bajo la presión geopolítica de Inglaterra. También rechazó abandonar a la población jujeña ante el avance realista, decidió mover al pueblo hacia Tucumán y desde allí consiguió triunfos que lo inmortalizaron en Tucumán y Salta.
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La charla también permitirá mirar la historia desde lugares menos habituales, porque la entrevista incorporó el rol de mujeres que acompañaron decisiones políticas y gestos fundacionales. Mucznik mencionó a Guadalupe Cuenca, esposa de Mariano Moreno, como parte de esas presencias que no siempre aparecen en los relatos escolares. También recordó a María Catalina Echevarría, vinculada a la bandera por haberla cosido en Rosario, y mostró cómo una acción doméstica pudo quedar unida a un hecho decisivo de la historia nacional.
La figura que llegará al conversatorio no es la de un prócer sin fragilidad. Sergio Mucznik habló de su enfermedad, de la melancolía, de la pobreza final y de la ingratitud que atravesó sus últimos años. Esa dimensión humana permite leer sus decisiones sin quitarles peso histórico, porque muestra a alguien que sostuvo convicciones en medio del desgaste físico, la soledad política y un país que empezaba a fracturarse.
El encuentro del sábado buscará bajar esa figura al terreno de las preguntas actuales, sin reducirla al rito escolar del 20 de junio. Belgrano queda así asociado a discusiones concretas sobre educación pública, producción nacional, corrupción, privilegios y trabajo. El límite que quedará planteado no será conmemorativo, sino práctico: cuánto de esa mirada puede salir del homenaje para entrar en las conversaciones reales sobre el país.















