Lo echaron de casa por punk y terminó convertido en una figura del rock argentino

Otros Temas10/09/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El cantante de Massacre repasó los años que marcaron su identidad artística, desde una adolescencia difícil hasta casi cuatro décadas de música.

Walas
Walas

Durante su adolescencia, Walas quedó fuera de los códigos que compartían muchos jóvenes de su generación. Su crianza entre una madre vinculada con el pensamiento del Mayo francés y una abuela de costumbres tradicionales le dejó una identidad que él mismo describió como la de un “chico antiguo”. Esa sensación de no encajar cambió cuando encontró en el punk, el skate y el circuito under porteño un espacio donde podía reconocerse.


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Antes de convertirse en la voz de Massacre, Guillermo Cidade atravesó una etapa marcada por la independencia y la necesidad de encontrar un lugar propio. A los 18 años, después de que lo echaran de su casa por su conducta contracultural y su vínculo con el anarcopunk, pasó algunas noches en lugares improvisados. “He dormido, por ejemplo, en un Peugeot 504 que estaba abandonado”, recordó, además de mencionar las noches que pasó en la caja de un flete.

Esa experiencia no quedó aislada de su posterior identidad artística. A los 15 años comenzó a acercarse a los punks y a la escena alternativa de Buenos Aires, donde conoció espacios y personajes que terminaron funcionando como referentes. Batato, Tortonese, Urdapilleta, Omar Viola y Las Gambas al Ajillo formaron parte de ese universo, mientras que las bandas punk de los 80 alimentaron su otra gran influencia.


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En ese ambiente también surgió uno de los vínculos que marcarían la historia de Massacre. La relación con Los Fabulosos Cadillacs comenzó cuando la banda todavía daba sus primeros pasos y terminó con los músicos más experimentados ayudando a los jóvenes integrantes con instrumentos y producción. Walas recordó esa etapa como una relación cercana, en la que los Cadillacs funcionaron como una suerte de hermanos mayores para el grupo.

Massacre comenzó en 1986 con el nombre de Massacre Palestina y rápidamente consiguió atención dentro de una escena que ofrecía propuestas muy diferentes. Mientras otras bandas estaban asociadas a la estética punk tradicional o al heavy, el grupo apareció con una imagen ligada al skate, las bermudas, las zapatillas y una música influenciada por el surf y el rock californiano. En su primera presentación, según recordó Walas, hubo unas 500 personas.


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La banda también encontró una forma de sostenerse en el tiempo a partir de una transformación que excedió lo musical. Durante los primeros años, sus integrantes no prestaban demasiada atención al dinero y Walas explicó que esa postura estaba relacionada con la propia militancia anarcopunk. “Nosotros siendo pendejos y estando en Babia, no veíamos plata”, contó al recordar aquella primera etapa.

La llegada de Tori, su pareja y mánager, modificó esa dinámica. Con su incorporación a la organización de Massacre, el grupo comenzó a administrar sus ingresos y a destinar recursos a instrumentos y grabaciones. “Terminaba un show y en la boletería había plata”, relató Walas, quien además explicó que esa nueva estructura permitió que la banda pudiera vivir de la música y realizar producciones cada vez más ambiciosas.


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El recorrido también incluyó proyectos por fuera de los escenarios. Walas tuvo una disquería dedicada al punk, negocios vinculados al skate y la indumentaria, además de un museo de skate sin fines de lucro. Su vínculo con esa cultura comenzó mucho antes de Massacre: durante su juventud compitió en skate y sostuvo hasta hoy su interés por los deportes de tabla, entre ellos el surf y el snowboard.

Con Massacre, aquella escena que alguna vez funcionó como refugio terminó llevando al músico a escenarios de enorme convocatoria. Uno de los episodios que más recuerda ocurrió durante la visita de Los Ramones a Buenos Aires, cuando el grupo pasó de estar contratado para una fecha a convertirse en telonero de cinco recitales consecutivos en Obras. “Fue una de las experiencias más hermosas y a la vez más intensas de mi carrera”, aseguró.


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Durante esas cinco noches, los músicos compartieron cenas y momentos detrás del escenario con la banda neoyorquina. Walas destacó especialmente el vínculo con Joey Ramone, quien se acercaba al camarín de Massacre para compartir grabaciones y novedades de la escena musical de Nueva York. Aquella seguidilla ocurrió cuando la llamada “ramonesmanía” todavía comenzaba a crecer en Argentina y antes de que el grupo regresara para tocar ante una multitud en Vélez.

La mirada de Walas sobre la música también está atravesada por su relación con el arte y los objetos que colecciona. Guitarras, órganos antiguos, vinilos y obras de arte forman parte de sus intereses, y entre sus pertenencias más preciadas mencionó discos firmados por Patti Smith, a quien conoció personalmente durante una visita de la artista a Buenos Aires. Uno de esos discos, actualmente extraviado durante una mudanza, es uno de los pocos objetos de los que dijo que nunca se desprendería.


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Su recorrido sumó además una experiencia inesperada en televisión. En MasterChef Celebrity, donde llegó sin conocimientos de cocina, aprendió técnicas de gastronomía y especialmente de pastelería. Después del programa continuó preparando tortas y macarons, al punto de que sus familiares le piden que cocine, incluso quienes mantienen una alimentación vegana o vegetariana.

A casi cuatro décadas del nacimiento de Massacre, Walas conserva una identidad construida a partir de aquellos mundos que alguna vez parecían quedar afuera de los circuitos tradicionales. El punk, el skate, la literatura, el surrealismo, el arte y la música conviven en una trayectoria que también pasó por el teatro y la escritura. Su historia comenzó buscando una tribu y terminó consolidando una carrera propia dentro de la cultura argentina.

FUENTE: Infobae

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