
Los drones ya forman parte de tareas productivas, monitoreos e investigaciones en Chubut, pero su expansión también plantea riesgos para la fauna, las personas y el ambiente.



Una fotografía aérea puede servir para estimar el rendimiento de una pastura, localizar animales atrapados por la nieve o inspeccionar kilómetros de infraestructura. En Chubut, el uso de drones dejó de estar asociado únicamente a imágenes recreativas y comenzó a incorporarse a tareas productivas, científicas, ambientales e industriales. El crecimiento de estas aplicaciones también obliga a prestar atención a las condiciones en las que se realizan los vuelos.
Santiago Behr, licenciado del INTA y piloto habilitado, explicó que trabaja principalmente con herramientas aéreas aplicadas a la investigación agropecuaria. En una entrevista realizada en Modo17 a través de #LA17, señaló que los drones permiten obtener información sobre cultivos mediante distintos sensores. Esos datos pueden utilizarse para analizar variables como crecimiento, cobertura vegetal o estimaciones de rendimiento.


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La misma tecnología permite trabajar sobre superficies extensas que resultarían más complejas de relevar únicamente con presencia humana. Behr mencionó aplicaciones sobre tendidos eléctricos, parques eólicos, gasoductos y oleoductos, donde los equipos pueden colaborar con el monitoreo de activos. En esos casos, el operador continúa siendo necesario, aunque el dispositivo permite ampliar el área que puede observarse.
El trabajo también alcanza a la fauna, aunque con dificultades metodológicas particulares. Behr explicó que desde el INTA se realizaron pruebas para estimar poblaciones de guanacos mediante drones en sectores como Cerro Cóndor, Paso de Indios, Península Valdés y Camarones. Los resultados mostraron diferencias entre las zonas relevadas, algo que atribuyó, entre otros factores, al movimiento permanente de los animales.
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La diferencia entre relevar vegetación y contar fauna resulta determinante para interpretar esos datos. Una superficie cultivada permanece en el lugar donde fue observada, mientras que una manada puede desplazarse entre un vuelo y otro. Por eso, Behr explicó que los muestreos requieren ajustar la metodología para reducir sesgos antes de extrapolar los resultados a una escala mayor.
La capacitación aparece como otra de las áreas que comenzó a adquirir importancia. Behr obtuvo su licencia como piloto de drones en 2021 y actualmente trabaja para convertirse en instructor, con la intención de facilitar la formación de nuevos operadores en la región. La propuesta apunta a que el Aeroclub de Trelew, como centro habilitado por la ANAC, pueda ofrecer cursos certificados sin que los interesados deban trasladarse a otras provincias para completar la instancia práctica.
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La formación no se limita a aprender a manejar el dispositivo. Existen capacitaciones específicas para búsqueda y localización, aplicaciones fitosanitarias, mapeos con cámaras térmicas y otras tareas especializadas. Para Behr, esos contenidos se desprenden de la capacitación inicial como piloto y deben adaptarse a la actividad concreta que realizará cada operador.
El uso recreativo plantea una situación diferente, especialmente en sectores naturales. Behr recordó que en áreas protegidas existen restricciones y permisos específicos para operar drones, y remarcó que “no está permitido volar drones sin licencia y aún con licencia hay que pedir permiso a áreas naturales protegidas”. También señaló que las nuevas disposiciones trasladan parte de la autoridad de aplicación hacia los organismos responsables de cada área.
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El impacto sobre los animales es uno de los aspectos que requiere mayor atención en espacios costeros. Un vuelo a baja distancia puede provocar disturbios en la fauna marina, terrestre o en las aves, mientras que una caída del equipo incorpora otro problema ambiental. Behr explicó que las baterías de polímero de litio utilizadas por estos dispositivos pueden resultar contaminantes si terminan en el agua.
La seguridad operacional forma parte de las recomendaciones que reciben los pilotos durante su capacitación. Berg sostuvo que “si el dron no está en condiciones de volar, no se vuela” y que también deben evaluarse las condiciones ambientales antes del despegue. El viento, por ejemplo, puede incrementar los riesgos tanto para el aparato como para las personas que se encuentran debajo.
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El crecimiento de la cantidad de equipos disponibles agrega una dificultad adicional. El especialista consideró que la proliferación de drones fue muy importante en los últimos años, mientras que los organismos encargados de controlar su utilización cuentan con recursos limitados. “Ahí es donde está el cuello de botella”, resumió Behr al referirse a la distancia entre la expansión de la tecnología y la capacidad efectiva de fiscalización.
Para quienes observan estas situaciones desde la costa, el problema también puede aparecer en forma de ruido, vuelos sobre personas o aproximaciones a animales. Durante la entrevista, oyentes de #LA17 plantearon experiencias vinculadas con drones utilizados cerca de la población y de aves en Puerto Madryn. Behr señaló que los pilotos habilitados tienen su licencia registrada digitalmente y que una utilización indebida puede derivar incluso en la pérdida de esa habilitación.
El crecimiento de esta tecnología deja así dos realidades que conviven en Chubut. Por un lado, los drones ya ofrecen herramientas para producir información, mejorar controles, asistir investigaciones y ampliar capacidades de monitoreo. Por otro, su utilización sobre espacios urbanos o naturales exige capacitación, permisos cuando corresponda, criterios de seguridad y una capacidad de control que todavía enfrenta limitaciones.

















