La economía mundial avanza hacia una recesión segura cuya magnitud es todavía imposible de pronosticar. Todo lo que era valioso se diluye en la psicosis apocalíptica de la pandemia del coronavirus.

A tres meses de asumir, el Gobierno que se impuso resolver rápido una emergencia heredada se enfrenta a un desastre que empieza a revelarse peor. Los países a los que Fernández viajó a pedir ayuda con la crisis de la deuda -Italia, España, Francia, Alemania- soportan un drama sanitario desconocido en la historia moderna. Ya no se puede llamar a esos teléfonos, salvo para ofrecer condolencias o comunicar -con mucho pesar- que vamos a cortar la comunicación aérea con ellos. Mucho menos se puede esperar auxilio de Donald Trump, enfocado en construir su reelección en plena explosión de contagios en su país.

Ni el Fondo Monetario Internacional (FMI) ni los bonistas tienen incentivos para tomar decisiones en estas circunstancias. Lo único seguro es que los vencimientos abultados de la deuda argentina siguen anotados en el calendario para el otoño que se avecina.

Las maldiciones de la naturaleza o de la geopolítica ofrecen a la política argentina la coartada recurrente a su incapacidad para resolver problemas de manera sostenible. Cuando los vientos nos empujan hacia adelante disfrutamos de la fiesta como si no hubiera mañana. El «deme dos» en Miami en la era de Menem. Los superávits gemelos que se fumó el primer kirchnerismo. El dólar libre y barato del efímero boom financiero macrista.

La respuesta al desafío de la pandemia terminará por dar resultados. Aparecerá una vacuna. Se distribuirá por el mundo. Los gobiernos tomarán medidas extraordinarias para reacomodar la vida. La gente volverá a trabajar y a darse besos. Los aviones volarán. Las acciones recuperarán valor.

Pasó después de otras crisis sanitarias, de los terremotos financieros, de las grandes guerras.

La peste argentina recidivante

La peste argentina, en cambio, persiste después de cada nuevo brote. Los desarreglos del presente se proyectan hacia el futuro. Y el diagnóstico se cristaliza: un país sin moneda, que gasta sistemáticamente más de lo que produce, que incumple contratos de manera compulsiva, que se convierte en refugio internacional para la inflación, que consiente una educación en franca decadencia y siempre propenso a una división social tóxica.

Alberto Fernández quedó de pronto ante una prueba de liderazgo. Primero con la gestión de la crisis sanitaria y después -o en paralelo- con el impulso de un programa coherente de desarrollo. Alguien debe afrontar la más elemental de las verdades: la Argentina tiene un problema grave y el culpable no está afuera.

Fuente: Martín Rodríguez Yebra – lanacion.com