por Jorge Augusto Cuello

La Amazonia, uno de los pulmones verdes más importantes del planeta, se encuentra en llamas: los bosques de la selva amazónica están siendo devastados por el fuego, que arrasa con todo. Detrás de esta tragedia ambiental no solo las condiciones climáticas desfavorables son las que llevaron a esta situación, sino más bien y fundamentalmente, fueron consecuencia de las acciones y omisiones de la especie humana.

Es verdad que las sequías y los vientos en condiciones de lluvias escasas contribuyen a propagar este tipo de catástrofes, como explicaron desde el gobierno de Jair Bolsonaro, pero lo cierto es que, en la mayoría de los incendios forestales que ocurren en el mundo, son los intereses de la madera, el agro, la ganadería y los desarrollos urbanísticos los que inician acciones de quema para explotarlas económicamente y hacerlas más rentables.

No solo este año, cuando las cifras alarmaron a la población mundial, sino a lo largo de la historia, una de las reservas más importantes de biodiversidad ubicada en el Cono Sur del continente americano está ardiendo en varios países como Brasil, Bolivia y Perú. Y, con esas llamas, este drama ambiental profundiza a nivel regional y global la pérdida de especies vegetales y animales, disminuye la capacidad de absorción por parte de los bosques de los gases que generan el cambio climático y se reduce el volumen de oxígeno liberado a la atmósfera.

Una de las reservas más importantes de biodiversidad ubicada en el Cono Sur del continente americano está ardiendo en varios países como Brasil, Bolivia y Perú.

Las consecuencias sociales están a la vista: al aumentar las emisiones de humo se producen afecciones pulmonares y respiratorios de la población, muchas comunidades rurales e indígenas deben emigrar de sus territorios tradicionales y abandonar sus viviendas ante el peligro de quedar atrapados entre las llamas. Por su parte, las pérdidas económicas también tendrán un alto impacto en la ya golpeada economía brasileña y, como consecuencia de eso, el impacto atravesará a toda la región.

Frente a esta situación, los presidentes de los países más afectados, en este caso Brasil y Bolivia, deberían coordinar personalmente y de manera estratégica las acciones conjuntas con comités o gabinetes de emergencias que usualmente se crean en este tipo de circunstancias. Esto, no solo para sofocar los intensos fuegos, sino para disminuir y reducir cuanto más se pueda las consecuencias ambientales, sociales y materiales adversas frente a la crisis.

Y deberán convocar a la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) de la que forman parte junto a Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela para que actúen de manera enérgica y coordinada y presten colaboración, tal como ya lo ha hecho la Argentina y como se espera que lo hagan otros países de la región y el mundo en estos momentos difíciles.

Lo cierto es que a diario el planeta se manifiesta de la misma forma que lo hace el cuerpo de una persona cuando padece síntomas y consecuencias a raíz de una afectación de la salud. Pero en este caso, la que está enferma es la propia especie humana que a contramano del propio instinto de supervivencia individual está sumergida en un proceso lento de una especie de suicidio colectivo.

A diario el planeta se manifiesta de la misma forma que lo hace el cuerpo de una persona cuando padece síntomas y consecuencias a raíz de una afectación de la salud.

Ya lo ha dicho el genio y multifacético personaje del renacimiento Leonardo Da Vinci (1452-1519) cuando sentenció que «los ríos serán privados de sus aguas, la tierra fecunda ya no producirá más su verdor alegre, todos los animales, al no encontrar hierba fresca para pacer, morirán y entonces faltará el alimento a los leones, los lobos y otros animales de presa y, a los hombres, quienes después de muchos esfuerzos se verán obligados a abandonar su vida y desaparecerá la raza humana. Y entonces la superficie de la tierra arderá hasta convertirse en cenizas y ese será el fin de toda naturaleza terrestre».

«los ríos serán privados de sus aguas, la tierra fecunda ya no producirá más su verdor alegre…»

No desearía para el futuro de las actuales y futuras generaciones que el mensaje apocalíptico del matemático, ingeniero, pintor, escultor y anatomista, que fue pionero en el desarrollo de numerosos inventos, se convierta en realidad. Y aspiro a cambiar el rumbo de los acontecimientos para que las previsiones científicas más catastróficas a nivel global no se confirmen.

Pero, para ello, necesitamos de millones de personas que, sin distinción de razas, sexos, colores, religiones, ideologías o identidades culturales se movilicen en el mundo para exigir a quienes toman las decisiones políticas y económicas en el mundo el cambio de rumbo necesario para construir la sociedad del futuro: este deberá ser más verde desde el punto de vista ambiental, más inclusiva desde el punto de vista social y más pacífica en el ámbito internacional.

Fuente: Jorge Augusto Cuello – La Nación