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# Cuando el tatuaje deja de “marcar”, ¿qué queda escrito en la piel?

*En Argentina, 6 de cada 10 mayores de 16 años se tatuó y un 32% ya suma seis o más. Un estudio de UADE y voces del rubro explican por qué la tinta cambió de sentido.*

![Tatuajes. Foto Freepik](/download/multimedia.normal.a0b150d40a2d0a2c.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

*Tatuajes. Foto Freepik*

En aulas, oficinas y encuentros familiares, los tatuajes dejaron de ser ese dato que interrumpe la escena. La piel tatuada ya no funciona como señal de rareza ni como contraseña de pertenencia: circula sin pedir permiso y, en muchos casos, ni siquiera llama la atención. Ese cambio cultural, que parece silencioso, se vuelve contundente cuando aparecen números y relatos que muestran una práctica extendida y sostenida.

Un relevamiento de la **Universidad Argentina de la Empresa (UADE)** dimensiona ese corrimiento con datos que rompen la idea de moda pasajera. **Seis de cada diez argentinos mayores de 16 años se tatuaron** y **el 32% tiene seis o más tatuajes**, un detalle que habla de repetición deliberada y continuidad, más que de una decisión aislada. La pregunta, entonces, ya no pasa por el “por qué” inicial, sino por el sentido: qué significa tatuarse cuando ya no distingue.

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El estudio además registra un dato que corre el foco de lo estético hacia lo biográfico. **El 67% de las personas tatuadas dice que lo hizo por motivos simbólicos o personales**, por encima de razones puramente ornamentales. En esa lógica, la tinta no construye una identidad cerrada, sino un registro de etapas, vínculos y momentos que se superponen, incluso aunque no dialoguen entre sí.

Eva Francica, cantante y maquilladora de 42 años, lo explica desde su propio recorrido: **“Todos mis tatuajes tienen que ver con mi historia y la gente que quiero”**. Y agrega una idea que aparece cada vez más en quienes se tatúan sin dramatizar el futuro: **“No me da miedo que dejen de representarme más adelante, porque siempre van a hacer referencia a cosas que me constituyen”**. En su caso, uno de los tatuajes más recientes generó comentarios entre cercanos por lo “apresurado”, pero ella lo ancló en una historia larga, con reencuentro y memoria.

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La directora del Departamento de Psicología de UADE, Julieta Olivera, pone ese movimiento en términos sociales: **“Hoy el tatuaje no define quién sos, pero dice algo de un momento de tu vida”**. Y completa la idea al marcar la diferencia con épocas anteriores: **“En la mayoría de los casos no responde a una pertenencia grupal ni a una tribu urbana, como ocurría antes, sino a procesos subjetivos.”** El tatuaje deja de ser “bandera” y se vuelve un modo de narrarse, aun sin necesidad de explicarlo.

Ese rasgo acumulativo también se ve dentro de los estudios de tatuaje, donde conviven estilos y sentidos que no se parecen entre sí. Agustina Teseyra Baglin, tatuadora e ilustradora, llega al oficio desde las bellas artes y describe el cambio sin nostalgia: **“Hoy hay muchísima gente tatuada, pero por razones muy distintas”**. Y remata con una imagen sencilla que define la época: **“Antes el tatuaje funcionaba más como identidad, pero hoy te cruzás con seis personas tatuadas y probablemente no tengan nada que ver entre sí”**.

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En esa misma lectura, Teseyra Baglin insiste en que el sentido no se perdió, sino que cambió de lugar. **“Yo lo leo como un registro emocional… Me tatué en este momento de mi vida porque algo me pasaba. Y eso queda. No tiene que explicarle nada a nadie”**, dice, y abre una puerta a un fenómeno paralelo: la influencia de las redes como curaduría silenciosa. **“Hay tatuajes muy ‘Pinterest’… líneas finas, cosas delicadas”**, describe, y señala que muchas personas llegan con referencias exactas, incluso copiando diseños que ya vieron en otra piel.

Desde UADE, Turquesa Topper, directora de la Maestría en Curaduría en Moda, Diseño e Innovación, propone una lectura contemporánea que cruza experiencia y registro: **“Vivimos en una época donde la experiencia se fragmenta y se registra. El tatuaje se integra a esa lógica: no busca sintetizar una identidad, sino acompañar el recorrido”**. En esa lógica también entran las tecnologías que cambian la experiencia de decisión: vistas previas con realidad aumentada, escaneos 3D, diseños generados desde IA y hasta equipamiento que busca reducir el margen de error.

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Topper también enumera innovaciones que impactan en materiales y técnicas, desde tintas veganas biocompatibles e hipoalergénicas hasta tintas UV o fluorescentes. Y menciona herramientas que ajustan precisión, como agujas inteligentes que monitorizan profundidad y presión. Todo ese paquete tecnológico no solo “mejora” el procedimiento: también vuelve más accesible, replicable y controlable un gesto que antes se asociaba a lo definitivo.

La masividad no elimina los picos colectivos de significado, y el ejemplo aparece en un hecho reciente de enorme alcance cultural. Tras el **Mundial de Qatar 2022**, miles de personas se tatuaron las tres estrellas, copas, retratos de Messi o la fecha **18/12/22**, en una oleada que llegó a estudios de todo el país. Lo particular no fue solo la cantidad, sino la velocidad con la que un símbolo pasó de decisión individual a marca de época, y cómo hoy convive con otros tatuajes anteriores o posteriores en el “archivo visual” de una generación.

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Con la piel tatuada como norma, la medicina también ajusta la mirada: menos prejuicio, más atención sanitaria. La dermatóloga Camila Pavón, del Hospital Italiano de Buenos Aires, lo resume con claridad: **“La piel tatuada es una piel que fue lesionada de manera controlada”**. Y advierte: **“En la enorme mayoría de los casos no hay complicaciones, pero eso no quiere decir que el tatuaje sea inocuo”**, al enumerar consultas frecuentes como reacciones alérgicas a pigmentos, infecciones por mala cicatrización y cicatrices hipertróficas o queloides, con casos que pueden aparecer meses o años después.

El “arrepentimiento”, otro mito clásico alrededor del tatuaje, también se reordena con datos. Según el estudio de UADE, **solo el 15%** admite arrepentirse de alguno de sus tatuajes y, aun dentro de ese grupo, **el 70% no hace nada para removerlo**. Cuando la vuelta atrás aparece, suele ser lenta: Pavón explica que la remoción depende de la técnica, la tinta y el metabolismo del paciente, y Vanesa Birenbau agrega que el proceso suele demandar **seis sesiones cada 60 días**.

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En el oficio, el arrepentimiento a veces se resuelve por otra vía: el cover que tapa y reescribe. Federico Ortuño, fundador del Estudio Lumiere y tatuador tradicional, lo cuenta con una anécdota que mezcla humor y urgencia: **“Tuve un cliente que se tatuó un corazoncito con el nombre de la novia: Astrid… Una semana después vino y me dijo: ‘Nos separamos’”**. La historia sigue con correcciones, ironías y un corazón negro final, una secuencia que condensa algo de época: la tinta también corre detrás de vínculos que cambian.

Paradójicamente, en una sociedad donde la tinta se volvió cotidiana, la piel sin marcas empieza a resultar llamativa. Julieta Olivera lo ilustra con una observación que circuló fuerte: **“Julián Álvarez fue señalado como ‘el distinto’ dentro de la Selección por ser de los pocos jugadores sin tatuajes”**. Y cierra con una lectura que invierte el eje cultural: **“Ese cambio conceptual, donde lo llamativo pasó a ser no tatuarse, me resulta especialmente revelador”**.

Fuente: LA NACION.

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