Libertad de expresión

Por Ricardo Lagiard

El mundo de la prensa, como muchos otros, tiene luces y sombras. Hay medios buenos y malos. Hay periodistas buenos y malos. La calificación depende, en gran medida, de un aspecto: la verdad. Hay quienes publican para beneficio de la comunidad. Y hay quienes publican solo para su beneficio, sin pensar en el prójimo. Hay quienes ilustran a millones, y hay quienes los engañan, aprovechando la tecnología que permite a medios y autores llegar a las multitudes más recónditas con sus buenos o malos mensajes.

Según sean los medios a que acceda el público y según sean sus aptitudes, así será su opinión sobre tal o cual tema. Letra por letra, el mensaje va moldeando las ideas de quien mira o escucha, y según su contenido, así serán las tendencias de las masas que procuran, ansiosas y esperanzadas, las respuestas a sus muchos interrogantes. Grandes letras de molde despiertan a los pueblos, mientras ciertos políticos suspiran intranquilos.

Sin duda, cuando Gutenberg dio vida a la imprenta no imaginó el poder que acechaba detrás de cada trocito de madera. La palabra es la mágica portadora de la mayor virtud de la humanidad: el pensamiento. La palabra enseña, orienta, libera. Es el mismo verbo, dueño de verdades que incomodan a los poderosos. Son las voces que pugnan por detener la injusticia. Son las que los tiranos callan con la fuerza. Son el tesoro más preciado que dejaremos a las generaciones del futuro.

En memoria de los 53 periodistas caídos en ejercicio de su profesión durante 2018.