Escuela 124 Puerto Madryn

Por Ricardo Lagiard

A veces la propaganda, sana o no, o la ignorancia, llevan a la gente a creer que eligiendo a quienes, en su opinión, son buenos líderes, logrará el “bienestar general” que proclama la Constitución, sin comprender que el progreso de las naciones exige la participación del conjunto de la sociedad, en especial, a través de instituciones sólidas y sanas.

No obstante, ello no se logra sólo con buenos deseos. Multitudes empobrecidas e ignorantes repiten y multiplican su miseria por décadas. La transformación de un país requiere el aporte de mentes preparadas, y la formación de los diversos estratos intelectuales, aun de los más básicos, demanda generaciones.

Dicho esto, concluimos en un concepto: no puede pretenderse desarrollo sin un criterio estatal de instrucción pública planificada a largo plazo. Y esa formación del ciudadano en modo alguno puede ir aislada de los principios elementales de convivencia civilizada, que permitan el funcionamiento de una sociedad que, a su vez, se los inculque.

Con frecuencia se supone que con erigir un edificio y pagar a un docente se garantiza la educación de un Pueblo. Muy lejos de la verdad. Educar es formar, es dotar al individuo de los valores que lo habiliten para existir armónicamente en un mundo ordenado Y esos preceptos surgen cada vez menos de la escuela pública. La formación del individuo, que depende en gran medida de la familia y de la sociedad, es cada día peor. El hombre está rodeado de multitudes, pero está cada vez más solo e insociable.

Muchos padres hallan en la escuela un sitio de acceso fácil y gratuito donde alguien está obligado a ocuparse de sus hijos. La primaria suele aportar una comida, y la secundaria “contiene” las hormonas de adolescentes que ya no educa la familia; su formación fluye del celular. La escuela dispone ya de pocas reglas que acoten los desbordes de alumnos, e incluso, de padres. Y ese vacío de control es llenado por los docentes, imperfectos y a veces hasta ineptos para la función. La falta de autoridad que reina en ciertas escuelas es, en gran medida, la causa del stress que enferma a miles de docentes a quienes se culpa de ausencias frecuentes. Además, la pobreza de los sueldos, parte de ellos en negro, los obliga a tomar más horas de las que física y mentalmente pueden manejar, a veces en edificios con poco o ningún mantenimiento. Miles de docentes suelen pasar años como suplentes, en la angustia de ignorar en qué momento serán privados del empleo que los sustenta. No obstante, cuando los funcionarios de turno hablan del sistema educativo, omiten estos detalles, y a menudo sólo ven aquello que conviene a sus intereses políticos.

Resultado: hay muchos padres, pero poca familia; hay muchas escuelas, pero poca educación.

En suma: quien nos prometa, del partido que sea, que puede cambiar la Argentina sin corregir estas deficiencias, nos miente, lisa y llanamente. Los países no se transforman, ni con voluntarismos ingenuos, ni con trueques legislativos, ni con juegos políticos que ya hemos visto tantas veces. El desarrollo se logra con un liderazgo sincero y, sobre todo, sin improvisaciones oportunistas, dando a cada cual lo que se merece, por su esfuerzo, y no por su acción en la campaña. Uno de los factores que más impulsan el progreso de un país es la formación intelectual y moral de toda su gente, sin distinción de clases; ni burguesía ni populismo. Bueno será recordar el pensamiento de Platon: “el más importante y principal negocio público es la buena educación de la juventud”, aunque yo agregaría algunos candidatos, de toda extracción, y no tan jóvenes, a los que bien les vendría un poco de urbanidad. A quien le quepa el sayo, que se lo ponga.