Stéphane Hessel, autor del libro Indignados. Foto Diario El País
Stéphane Hessel, autor del libro Indignados. Foto Diario El País

Por Ricardo Lagiard

Las formas de gobierno que hallamos en el diccionario son varias: la democracia, o gobierno del pueblo; la monarquía, o el gobierno de un rey; la oligarquía, o el gobierno de una minoría privilegiada; la plutocracia, o el gobierno de los más ricos; la oclocracia, o el gobierno de las muchedumbres; y la tiranía, o el gobierno de un dictador con la suma del poder.

En la realidad actual hallamos varias de ellas en funcionamiento, pero es frecuente oír a los políticos atribuirse un estado de la más pura democracia, aunque en las calles resuenen los reclamos de multitudes empobrecidas o aunque miles de ciudadanos honorables sean víctimas de los abusos populistas.

Por una razón o por la otra, la sociedad protesta. Lo vemos en varios de los llamados países del primer mundo y, como es usual, en el nuestro. Y este descontento se refleja en un trabajo emprendido por un grupo de investigadores independientes en 27 países de todo el globo, la Argentina incluida. El resultado indica que entre los suecos y holandeses la población está bastante conforme con su sistema político, mientras que los españoles y griegos no están muy felices con lo que tienen. Ni qué decir de Francia o Gran Bretaña. En el caso nuestro, un 67 por ciento de los encuestados expresó su descontento con la situación.

Las quejas de los pueblos tienen diversas causas, pero coinciden en una: quienes gobiernan no logran el tan ansiado bienestar general. Stephane Hessel, filósofo francés, uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entendía que las presiones de las fuerzas económicas internacionales impiden que los gobiernos apliquen los valores fundamentales de la democracia, y estas presiones impiden que los gobiernos escuchen a sus pueblos. No obstante, en nuestras latitudes, la sordera política, a menudo parece escapar a tal influencia. De allí el 67% de descontento.

Cada dos años oímos este remanido párrafo: Juro por Dios, por la Patria y por los santos Evangelios, desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo y respetar y hacer respetar la Constitución Nacional y las leyes. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demanden.

No obstante, hasta ahora, no parece haber alguien que indique a nuestros legisladores, que sería más práctico que al final de la gestión, en lugar de esperar a Dios y la Patria, los funcionarios tuvieran la obligación de presentarse en público a rendir cuentas de sus hechos ante el Pueblo que los eligió. Seguramente nos iría mejor.

Many Across the Globe Are Dissatisfied With How Democracy Is Working