Celular o tablet en la infancia: qué mirar antes de regalar una pantalla

Actualidad06/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Niños usando una tablet. Foto Freepik
Niños usando una tablet. Foto Freepik

En días donde los regalos circulan y el pedido aparece directo —“ma, pa”—, muchas familias vuelven a discutir si llega el momento de entregar un celular o una tablet. La decisión no queda solo en el precio o el modelo: en los consultorios se repite la preocupación por cambios en sueño, atención, ánimo y conducta en chicos que pasan cada vez más horas frente a pantallas.

La neuropediatra Carina Castro Fumero, costarricense radicada en Estados Unidos, describe un punto de partida que ordena el debate puertas adentro. “Si estás pensando en regalar un celular, es fundamental conocer qué impacto puede tener en el cerebro en desarrollo”, advierte. Y suma una idea que atraviesa toda su mirada clínica: “No se trata solo del dispositivo, sino del momento evolutivo en el que se lo entrega y de los límites que se establecen desde el inicio”.


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Entre los efectos que aparecen con más frecuencia en la consulta, la especialista menciona un vínculo que muchas veces pasa inadvertido: la exposición temprana a pantallas y la pubertad precoz, con mayor énfasis en niñas. “Es muy común ver hoy a un niño o niña de 8 o 9 años tirado en la cama, con el cuarto oscuro y un teléfono frente a la cara. Y lo naturalizamos”, describe, al señalar escenas cotidianas que se instalan como rutina.

Castro Fumero explica que la luz azul altera ritmos biológicos que el cuerpo necesita sostener, incluso en vacaciones. “Esa luz entra por los ojos y le avisa al cerebro que es de día. El núcleo supraquiasmático no distingue si la luz es solar o de una pantalla y sigue produciendo cortisol”, sostiene, y ubica allí el inicio de un desorden que impacta en el descanso y también en procesos hormonales.


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En ese circuito, la melatonina aparece como un indicador sensible: la especialista remarca que no opera solo como “hormona del sueño”. “No es solo la hormona del sueño: también funciona como un freno silencioso de los cambios hormonales que activan la pubertad. Cuando ese freno se altera de manera sostenida, el sistema hormonal empieza a desregularse”, señala, y menciona estudios que vinculan exposición nocturna prolongada y pubertad precoz, sobre todo en niñas.

Cuando aparecen medidas concretas, la médica propone decisiones simples, sostenidas y verificables en casa: reducir la luz azul cuando cae el sol, sostener hábitos de sueño y evitar pantallas dentro del cuarto. También ubica el control parental como una herramienta práctica para ordenar horarios y accesos. “Que en el cuarto no haya televisión, teléfono ni tablet, y que duerman en un ambiente oscuro, sin luces ni notificaciones”, recomienda, y plantea que el adulto pueda definir aplicaciones, horarios o incluso el corte de Internet para cuidar el descanso.


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El debate sobre “cuándo” no se agota en una edad exacta, pero Castro Fumero cita recomendaciones que marcan un marco general. “Las principales academias de pediatría a nivel mundial recomiendan que antes de los 14 años ningún niño tenga un celular inteligente”, afirma, y fundamenta esa pauta en la madurez cerebral para autorregular impulsos y sostener límites. En casos donde la comunicación resulta necesaria, sugiere pensar en un teléfono básico para llamadas y mensajes, y agrega otra recomendación temporal: antes de los 16 años no se recomienda acceso a redes sociales por su impacto en salud mental y dinámica familiar.

En chicos más pequeños, la pauta se vuelve más estricta: de cero a dos años, nada de pantallas; entre dos y seis, un máximo de una hora diaria de contenido de calidad con un adulto presente, con referencias a indicaciones que incluso proponen evitarlas hasta los seis. En consultorio, la especialista observa que la exposición empieza cada vez más temprano y alerta sobre una percepción común en redes: “Que un bebé manipule un celular no habla de su inteligencia, como muchas veces se cree. Habla de cuánta exposición tuvo”.


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En ese tramo, suma datos que ayudan a dimensionar el fenómeno: cerca del 70% de los niños antes de los dos años ya interactúa con pantallas, con asociaciones a retraso del lenguaje, problemas de atención, alteraciones del sueño y dificultades para regular emociones. Castro Fumero agrega otro dato que observa en la práctica: “Hay estudios que muestran que cada hora frente a una pantalla reduce en un 10% la capacidad de autorregular la conducta. Por eso, cuando se la sacan, muchas veces aparece el desborde”.

La médica también pone el foco en una consulta que se volvió habitual en preadolescentes y adolescentes: el desgano y la falta de interés por actividades que antes gustaban. Para explicarlo, describe dos circuitos: una dopamina vinculada al esfuerzo y otra que define como “barata”, empujada por estímulos constantes. “El scroll infinito, las notificaciones y los likes generan pequeños picos de dopamina sin ningún esfuerzo. Cuando un chico consume eso todo el día, pierde interés por la dopamina sana”, plantea, y describe un camino donde el tiempo, la lectura o la tolerancia a la frustración resultan cada vez más difíciles.


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Cuando la pantalla abre la puerta a contenidos para los que el cerebro infantil no está listo —pornografía o violencia—, la especialista escucha una frase que, dice, se repite. “Escucho mucho en el consultorio la frase ‘me dio asco, pero no puedo dejar de verlo’”, relata, y describe una combinación peligrosa: el sistema límbico busca novedad e intensidad mientras el lóbulo prefrontal todavía se forma. En esos casos, remarca que el adulto resulta indispensable para hablar, ordenar, reprocesar y evitar que la escena quede como una experiencia traumática.

En la misma línea, Castro Fumero propone criterios para diferenciar lo esperable de una etapa y lo que necesita consulta profesional: cuántas áreas quedan afectadas (sueño, alimentación, escuela, vínculos), la profundidad de ciertas frases y el tiempo de persistencia. En su advertencia, menciona ejemplos que requieren atención inmediata: expresiones como “nada me interesa” o “estaría mejor muerto que vivo”, y marca que el sostenimiento durante meses ya no entra en una oscilación transitoria.


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Hacia el final, la especialista resume el núcleo de su mensaje con una advertencia directa, sin atajos: “Es fundamental comprender que las pantallas alteran el neurodesarrollo”. Y explica por qué, más allá de lo que se mira: “No solo por lo que hacen en los chicos, sino por todo lo que les dejan de hacer cuando están frente a ellas: dejan de caminar, de explorar, de hacer contacto visual, de observar a otros hablar, de mirar el mundo que los rodea. Y todo eso es crítico y vital para un desarrollo sano”.

Fuente: LA NACION.

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