
Drones para llevar órganos: la prueba que prepara Casa Justina y qué falta autorizar
Actualidad25/01/2026
REDACCIÓN


En Argentina, el traslado de órganos para trasplante vive atado a un reloj que casi siempre corre en contra. La propuesta que empuja Casa Justina para 2026 busca sumar un camino alternativo: vuelos de drones para cubrir tramos cortos y evitar demoras urbanas. La novedad no pasa solo por la tecnología, sino por todo lo que debe quedar listo antes de un traslado real: autorizaciones, logística, infraestructura y procedimientos claros para no perder el órgano en el intento.
El plan, según lo informado, apunta a realizar las primeras pruebas concretas de traslado de órganos usando drones piloteados a distancia durante este año. La organización coordina permisos y acciones con autoridades vinculadas a salud y trasplantes para ensayos dentro de Santa Fe, dentro de Rosario y entre ambas ciudades, además de alternativas en grandes hospitales de CABA y zonas aledañas. El objetivo declarado pone el acento en recortar tiempos, ganar previsibilidad y mejorar las condiciones de llegada al quirófano.
Ezequiel Lo Cane, fundador de Casa Justina, lo sintetizó con una frase directa: “En trasplantes, el tiempo es literalmente vida. Cada minuto que ganás colabora a que el órgano llegue en mejores condiciones y a que tenga mayores probabilidades de éxito”. Esa definición marca el espíritu del proyecto y también explica por qué se piensa en recorridos urbanos o periurbanos, donde un trayecto corto puede volverse eterno por el tránsito. La nota original remarca que, en Buenos Aires, diez kilómetros pueden demandar más de treinta minutos.


El condicionante médico que empuja la idea es concreto y está medido en horas, no en conceptos. Lo Cane detalló que “aun recurriendo al enfriamiento y al uso de soluciones de preservación, los tiempos de los órganos fuera del cuerpo son limitados” y dio ejemplos: “el de un corazón es de cuatro a seis horas, el pulmón hasta ocho y un hígado hasta doce”. En esa ventana, cualquier atraso en el tramo final entre hospitales, o entre una clínica y un aeropuerto, puede deteriorar la “calidad” del órgano. Ahí es donde el proyecto intenta ganar margen.
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El salto tecnológico, de todos modos, no se presenta como magia. Casa Justina ya encaró pruebas de concepto con drones para transportar muestras médicas: traslados de sangre desde un punto de extracción a un laboratorio, con ensayos mencionados en Mar del Plata y CABA. Ese antecedente local funciona como una base operativa, aunque no equivale a mover un órgano para implante. El pasaje de muestras a órganos obliga a sumar controles más exigentes y una cadena de custodia sin fisuras.
En los escenarios urbanos, el principal dolor de cabeza no es solo la distancia: es el entorno. Lo Cane advirtió que “Buenos Aires es una zona compleja para volar por la densidad de personas, y porque también hay muchas antenas de radio”, y agregó que eso “aumenta el riesgo de interferencias que podrían hacer perder el control del aparato”. En otras palabras, el vuelo no depende únicamente de que el dron “vuele”, sino de sostener comunicaciones estables y evitar áreas sensibles. Por eso los recorridos se diseñan con rutas consensuadas, puntos a evitar y hasta la posibilidad de relevos de pilotos si la señal se degrada.
La dimensión regulatoria, en 2026, también aparece como pieza del rompecabezas. La ANAC comunicó un nuevo marco normativo para la operación de drones, asociado a la Resolución ANAC N° 550/2025 y a modificaciones en RAAC Partes 100, 101 y 102. Ese cambio, mencionado además en coberturas periodísticas sobre la desregulación, busca ordenar cómo se opera y bajo qué requisitos, un punto sensible si los vuelos pasan por zonas densamente pobladas.
La propia Casa Justina describe el año como una etapa de preparación más que de lanzamiento. Lo Cane lo dijo con cautela: “Este año esperamos tener todo regulado y autorizado, de modo que, si se presenta una situación, el sistema esté listo para intentar hacer un traslado real”. Y enseguida marcó el límite operativo: “si algo sale mal, se pierde un órgano. Por eso primero tenemos que demostrar que todo funciona perfecto”. En ese marco, la prioridad pasa por protocolos y seguridad, no por velocidad a cualquier costo.
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Los defensores del proyecto también comparan costos y riesgos con alternativas conocidas. Lo Cane planteó que “en muchos casos se podría usar un helicóptero”, pero que por su valor “se pueden comprar muchos drones específicos para esto”. Además, apuntó contra el traslado terrestre en condiciones urgentes: “Se han trasladado muchas veces órganos en motos o en ambulancias con custodia, pero en esos operativos siempre hay mucho riesgo de accidentes”. La idea es sumar una herramienta más, no reemplazar todo, con recorridos que eviten frenadas, pozos y sobresaltos que afectan la estabilidad del traslado.
En el mundo ya hay antecedentes que sirven como referencia, aunque no copian de forma automática el mapa argentino. En Baltimore, la Universidad de Maryland informó en 2019 un vuelo que llevó un riñón para trasplante y lo presentó como el primer órgano entregado por dron a un paciente. En Toronto, la University Health Network informó el traslado de pulmones por dron entre hospitales, en un vuelo de pocos minutos coordinado con socios tecnológicos y el sistema provincial de donación. Esos casos muestran que la tecnología existe; el nudo suele estar en cómo se integra a un sistema de salud real y a reglas de vuelo que no admiten improvisación.
La discusión de fondo, tal como la plantea Casa Justina, no se reduce a llegar más rápido, sino a ampliar la capacidad del sistema cuando el transporte escasea. Lo Cane lo expresó así: “Muchos trasplantes no se logran porque no hay transporte disponible. Un dron cercano podría mejorar la eficiencia de todo el sistema”. En 2026, el proyecto intenta pasar de la idea a la práctica con ensayos acotados, rutas planeadas y permisos concretos, en un terreno donde un minuto puede valer demasiado.













