
El mal estado de las canchas expuso decisiones postergadas en el fútbol argentino
Deporte31/01/2026
REDACCIÓN
El deterioro de varios campos de juego reabre la discusión sobre mantenimiento, clima, recitales e inversión, con sanciones y posibles cambios de escenario.
El estado de los campos de juego del fútbol argentino volvió a quedar en el centro de la escena, pero el problema excede una cancha puntual o un partido televisado. El resembrado de verano, la falta de lluvias y los tiempos biológicos del césped aparecen como factores comunes, aunque no alcanzan para explicar un fenómeno que se repite en varios estadios de Primera División.
Durante enero, distintos partidos dejaron en evidencia superficies irregulares, desniveles y zonas sin cobertura vegetal, con impacto directo en el juego. En Avellaneda, el campo del estadio Presidente Perón mostró falencias visibles, aunque situaciones similares también se observaron, en menor grado, en canchas como las de Barracas Central, Vélez, Estudiantes, Argentinos Juniors, Lanús y Banfield.


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Desde Racing habían anticipado el escenario. En un comunicado oficial, el club explicó que “el cambio del césped comenzó en el inicio de 2025 con modificaciones de fondo” y detalló que “la falta de lluvias influyó drásticamente en los tiempos de desarrollo porque representa un aspecto clave para el crecimiento de un césped joven”. También señalaron que la temporada se extendió hasta diciembre y retrasó el inicio de las tareas.
Las condiciones del terreno no pasaron inadvertidas para los protagonistas. Tras el encuentro, Ángel Di María fue directo al describir la situación: “La cancha no ayudaba ni para ellos ni para nosotros”, una frase que resumió la incomodidad generalizada por el comportamiento impredecible de la pelota.
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En la Liga Profesional de Fútbol el malestar no es nuevo. Las inspecciones de diciembre habían dejado recomendaciones claras y, por ese motivo, Racing recibirá una multa y no se descarta un cambio de escenario para un partido próximo. Además, el jardinero de la LPF, Sebastián Ruggeri, acudió al estadio para colaborar en la recuperación del campo.
El sistema de control no surgió de manera improvisada. Desde 2016, con el nacimiento de la Superliga y por recomendación de Marcelo Bielsa, la Argentina incorporó la figura del jardinero, similar a la que existe en la Premier League y la Champions League. El objetivo era profesionalizar el cuidado de las canchas y unificar criterios técnicos.
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En esa historia aparece la figura de Ramón “Lelo” García, referente histórico del oficio. En una entrevista de 1994, sostenía: “La lluvia es agua bendita y es diferente al riego”, una frase que aún hoy se repite entre cancheros. Su método priorizaba la nivelación, el uso de capas de suelo adecuadas y el respeto por los ciclos naturales de siembra.
Con el paso de los años, la tecnología avanzó y surgieron los campos híbridos, aunque su adopción sigue siendo limitada. En Argentina solo los utilizan Vélez, River, Estudiantes y el estadio Mario Alberto Kempes, con una composición mayormente natural. Rubén García, hijo del Lelo y especialista en este tipo de superficies, explicó: “El sistema híbrido te da una superficie uniforme, estable. Y dura más”, aunque advirtió sobre “mucha desinformación y poca inversión”.
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El contraste aparece en estadios con alta carga de eventos. El Mario Alberto Kempes recibe recitales, partidos locales e internacionales y logró sostener su campo incluso bajo lluvias intensas. Desde la Agencia Deportes Córdoba detallaron que “hay un protocolo estricto en los recitales” y describieron trabajos mecánicos y químicos planificados según el calendario deportivo.
No todas las canchas mostraron problemas. Estadios como los de Riestra, San Lorenzo, Atlético Tucumán y Newell’s presentaron buenas condiciones, mientras que otros parecían firmes al inicio y se degradaron con el correr de los minutos. En River, reconocieron que el campo “no estaba en condiciones óptimas”, aunque remarcaron mejoras respecto a enero del año anterior tras cambiar el sistema de colocación del césped.
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Entre cancheros y técnicos hay coincidencias claras. El clima, los plazos mínimos de 45 a 50 días para el resembrado, y la inversión en maquinaria resultan determinantes. Como sintetizó uno de ellos, “no es gasto, es inversión”, una definición que resume un problema que se repite temporada tras temporada.

















