

Florencia García dijo que a fin de enero ya vio “control, control, control” en el consultorio y pidió no esperar a marzo. La columna en #MODO17 puso el foco en detección temprana y hábitos con auriculares.
El regreso a clases suele medirse en útiles, guardapolvos y horarios, pero también en una palabra que aparece repetida en las agendas médicas. En su columna semanal sobre salud auditiva en #MODO17 por #LA17, la licenciada Florencia García contó que, al abrir su agenda en el consultorio, se encontró con una seguidilla que no dejó dudas: “era control, control, control, planilla escolar, planilla escolar”. El dato no funciona como anécdota: muestra que el chequeo auditivo se mete cada vez más en la rutina familiar.
García remarcó que muchas escuelas entregaron las planillas en diciembre y pidió actuar con tiempo para evitar el cuello de botella de los turnos. “No esperen a marzo, por favor, porque después no conseguimos turnos”, advirtió al aire. La idea de fondo es simple: si el control llega tarde, la detección también llega tarde, y la escuela empieza sin información clave sobre el alumno.


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En la charla, la especialista explicó que esas planillas no se limitan a cumplir un trámite, sino que orientan decisiones concretas. Habló de la importancia de un screening amplio para que la escuela pueda “tomar atención” y derivar de manera oportuna cuando aparece un problema. Incluso mencionó que, si se observa un perfil audiométrico normal pero hay dificultades de articulación del lenguaje, se sugiere derivación, mostrando que el control auditivo se cruza con el aprendizaje.
Ese enfoque preventivo empieza mucho antes de la edad escolar y, según García, hoy permite detectar problemas desde el nacimiento. “Nosotros hoy podemos detectar la hipoacusia desde el momento del nacimiento”, sostuvo en la entrevista. Para eso, mencionó estudios como la automisión acústica y los potenciales evocados, que evalúan la audición desde el conducto hasta el nivel neurológico.
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A diferencia de otros controles que dependen de la respuesta del paciente, García destacó que estos estudios iniciales son objetivos. “Es un estudio objetivo”, remarcó, al contrastarlo con la audiometría, que describió como subjetiva porque depende de la reacción y colaboración de quien se evalúa. En su explicación, detalló que se coloca un pequeño tip en el oído, se envía un tono y el equipo registra la respuesta de las células del oído interno.
La columna también abordó una pregunta que aparece seguido en maternidades y guardias: qué tan obligatorio es ese primer control. García fue directa: “Por ley. Por supuesto, es obligatorio en la salud pública, en la salud privada”. Aclaró que el bebé puede recibir el alta, pero debe quedar programado para realizar el estudio durante el primer mes de vida.
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La segunda estación fuerte del calendario, según la profesional, llega alrededor de los tres años, cuando ya se puede avanzar con evaluaciones que precisan colaboración. García explicó que ahí se hace audiometría para medir con más detalle a qué decibeles responde el niño. Ese paso es clave porque ya no se trata solo de detectar “si hay respuesta”, sino de mapear cómo y cuánto escucha.
En esa etapa, García subrayó que el control no se agota en una visita aislada, porque el desarrollo infantil cambia rápido. “Todos, de 3 a 6 años, el control debe ser anual. Hasta primer grado el control debe ser anual”, sostuvo. Lo justificó con una razón concreta: al ser una prueba subjetiva, las respuestas se enriquecen y varían año a año, por lo que repetir el estudio ayuda a confirmar que los resultados sean correctos.
La especialista también señaló que entre los tres y los seis años aparecen factores físicos frecuentes que influyen en la audición y la respiración. Mencionó que amígdalas y adenoides suelen agrandarse en ese período y pueden “tomar protagonismo”, volviendo más importante el seguimiento. En su lectura, el control auditivo funciona como puerta de entrada para tratamientos e interconsultas con especialistas cuando hace falta.
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Cuando la conversación se corrió hacia adolescentes y adultos, García puso sobre la mesa un cambio de época: la exposición al ruido cotidiano. Dijo que, después de los seis años, lo recomendable es un chequeo cada dos años, pero que ese ritmo puede ajustarse si hay exposición frecuente al ruido o uso intensivo de auriculares. En su frase, lo dejó claro: “Estamos en la era de los auriculares”, y eso obliga a revisar hábitos.
En ese tramo, la columna bajó a un consejo práctico para familias que compran dispositivos sin mirar especificaciones. García recomendó priorizar auriculares de calidad y marcas conocidas, porque, según explicó, manejan rangos de volumen regulados por organismos internacionales. “La marca. La marca. Que sea marca conocida”, insistió, y completó el criterio con una frase que buscó correr el tema del terreno del consumo al de la prevención: “Es salud”.
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Por último, dejó una regla simple para administrar el tiempo de escucha y el descanso, sin dramatizar pero con claridad. “Lo ideal es que no excedas los 40 minutos seguidos y continuos”, dijo, y agregó que, si se llega a ese tiempo, conviene duplicar el descanso sin auriculares. El cierre fue coherente con todo lo anterior: prevenir no depende solo de un estudio, también de cómo se vive el ruido todos los días.


















