De una escuelita “a pulmón” a un club propio: el nuevo rugby que crece en Madryn

Deporte11/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Aonikenk Rugby Club Madryn
Aonikenk Rugby Club Madryn

Aonikenk nació con 15 chicos y cerró el año con 34. Padres y entrenadores empujan la personería, suman veteranos y abren la puerta a quienes no encontraban lugar en otros deportes.

En Puerto Madryn, la escena arrancó como tantas veces: un grupo de padres buscando un lugar para que sus hijos jueguen, se muevan y encuentren pertenencia. De esa necesidad cotidiana salió Aonikenk Rugby Club, que empezó en junio del año pasado como una “escuelita autogestiva” y hoy empuja los últimos detalles administrativos para convertirse en club oficial, con bandera, camisetas encargadas y una agenda de entrenamientos que ya convoca a familias enteras.

El crecimiento no fue un anuncio ni un plan largo de escritorio. Marcelo Melo, presidente del club, contó en #LA17 que todo surgió “muy espontáneo”, cuando fueron a consultar a la Unión y les marcaron un requisito clave: por cuestiones legales debían pertenecer a un club o ser un club. Ahí se encendió la decisión y, con el acompañamiento de otros padres y un abogado amigo, empezaron el camino de los papeles que ahora esperan el último empujón.


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Los números muestran por qué la idea prendió rápido. Amelo relató que arrancaron con 15 nenes y cerraron el año con 34 chicos, un salto que no sólo habla de asistencia sino de algo más difícil de conseguir: continuidad. En el medio aparecieron entrenadores, veteranos y familias dispuestas a sostener la logística en un contexto donde nada se hace con presupuesto fijo.

Emanuel San Martín lo dijo sin vueltas: el proyecto se construye “a pulmón” y el obstáculo más pesado, por estas semanas, es el económico. Para cubrir costos, el grupo organiza ventas, ferias y acciones solidarias que permiten pagar trámites, equipamiento y lo que venga. Aun así, ya avanzaron con un paso que en el deporte cuenta muchísimo: los chicos “ya tienen sus colores”, bandera y sentido de pertenencia, algo que fortalece la identidad antes incluso de que llegue la formalidad.


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El club también empezó a aparecer en el mapa competitivo, aunque sea por invitación y por etapas. Contaron que, en infantiles, el Club Igornia los invitó a jugar un seven en la playa durante enero, y que los veteranos ya sumaron rodaje con encuentros y un torneo en Rawson. San Martín destacó que las expectativas “no” los sobrepasaron, al contrario: se acomodaron al ritmo de equipos con años de juego, con chicos nuevos en la categoría más 35.

Detrás del crecimiento hay una lectura que apunta al tejido social de la ciudad. Amelo planteó que Puerto Madryn “viene creciendo muchísimo” y que la ciudad da para tener tres clubes, no como competencia vacía sino como forma de ampliar oportunidades. En su mirada, el objetivo principal es generar deporte y ofrecer una alternativa para quienes no se sienten cómodos en el circuito más habitual.


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En esa misma entrevista apareció un testimonio que explica por qué, a veces, un club nuevo cambia una historia personal. Pamela Reyes contó cómo llegó con su hijo, después de probar fútbol, básquet y otros deportes, y encontrarse con algo que no esperaban: discriminación por su cuerpo. Dijo que su nene tiene sobrepeso y que en esas experiencias “no se sentía cómodo”, hasta que apareció la idea del rugby por su contextura y, con miedo al principio, decidieron probar.

Reyes también rompió un prejuicio que suele frenar a muchas familias. Señaló que, aunque es un deporte de contacto, “no es así” como se repite en la calle cuando se lo reduce a golpes. En su relato, lo que marcó la diferencia fue el ambiente: chicos “iguales a él”, distintas edades compartiendo espacio, y la sensación de estar contenido. “Se sintió muy cómodo”, remarcó, y contó que desde ese primer día no dejó: hace alrededor de tres años que el rugby se volvió su deporte.


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El dato no es menor porque pone en primer plano el costado inclusivo del juego, lejos de los estereotipos. En Aonikenk, según contaron al aire, aparecen chicos que por “razones físicas u otras cuestiones” no juegan al fútbol, y que necesitan otra puerta de entrada al deporte. Esa posibilidad, en una ciudad que crece, también funciona como respuesta a un problema actual: el tiempo en pantallas y el encierro doméstico que se repite en muchas casas.

El funcionamiento de la escuela, por ahora, se concentra en infantiles. Amelo detalló que trabajan con edades de 5 a 14 años, y que sostienen los entrenamientos martes y jueves a las 18, en La Palmera, sobre la playa, hasta que termine febrero. En marzo, el plan es mudarse a la pista de atletismo y al sector contiguo donde están las canchitas de rugby, para seguir ordenando la actividad con un espacio más estable.


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Aunque el club recién se formaliza, en la entrevista ya se ve un rumbo: sumar juveniles si se incorporan chicos, articular con otras instituciones y sostener una dinámica de trabajo compartido entre familias, entrenadores y veteranos. En ese sentido, el nacimiento de Aonikenk no sólo suma un escudo más a la ciudad: amplía la red de contención deportiva y arma, desde abajo, un lugar donde muchos chicos vuelven a sentirse parte.

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