
Con el 2026 cada vez más cerca, algunos nombres históricos ya no tienen el lugar garantizado: lesiones repetidas, falta de ritmo y juveniles en ascenso empiezan a cambiar el mapa de la Scaloneta.

La Selección Argentina se acostumbró a una base sólida, casi inalterable, que sostuvo el ciclo más exitoso de los últimos tiempos. Pero el Mundial 2026 se acerca y el margen de paciencia empieza a achicarse, incluso para futbolistas que fueron determinantes en Qatar.
En el cuerpo técnico no se discute una ruptura, pero sí una revisión fina. La exigencia del calendario, la competencia interna y los estados físicos obligan a mirar con lupa situaciones que antes parecían resueltas por historia y jerarquía.


Uno de los casos que más preocupa es el de Giovani Lo Celso, un jugador que siempre aparece como pieza clave cuando está pleno, pero que vuelve a quedar atravesado por las lesiones. Una nueva molestia muscular lo sacó de partidos importantes y lo dejó afuera de la Finalissima, en un mediocampo donde ya no sobran lugares.
En la defensa también hay nombres que empiezan a sentir la presión del tiempo. Juan Foyth, por ejemplo, atraviesa una recuperación larga tras la rotura del tendón de Aquiles. Su versatilidad fue muy valorada por Scaloni, pero la competencia creció y su regreso recién se proyecta para el segundo semestre.
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El lateral izquierdo es otro sector que genera interrogantes. Marcos Acuña mantiene su peso por experiencia y carácter, pero su presencia depende casi exclusivamente de su estado físico. Cada lesión abre una puerta para otros nombres que vienen empujando con fuerza.
En ese mismo puesto aparece Nicolás Tagliafico, que sigue siendo una referencia para el entrenador, aunque un esguince reciente encendió una alarma momentánea. Su continuidad parece más firme, respaldada por una regularidad notable en los últimos torneos.
En ataque, la situación es distinta pero igual de exigente. Futbolistas como Paulo Dybala o Ángel Correa tienen talento de sobra, pero nunca lograron sostener continuidad dentro del ciclo, ya sea por problemas físicos o por la enorme competencia en los puestos ofensivos.
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El punto es claro: la Selección no cambia de identidad, pero sí de contexto. Lo que antes era un grupo consolidado hoy se convierte en un espacio donde cada convocatoria pesa más y cada ausencia se nota.
La otra cara de esta historia aparece en los jóvenes. Nombres como Nicolás Paz, Giuliano Simeone, Valentín Barco o Franco Mastantuono empiezan a instalarse como alternativas reales y obligan a replantear jerarquías sin necesidad de anunciar un recambio brusco.
Scaloni sostiene el mismo mensaje desde el inicio de su ciclo: nadie entra solo por apellido y nadie se queda solo por pasado. La competencia interna, en una Selección campeona, se volvió parte del ADN.
El Mundial está cada vez más cerca y, aunque la Scaloneta todavía tiene líderes indiscutidos, algunos campeones empiezan a mirar el futuro desde un lugar menos cómodo. No por falta de historia, sino porque el presente ya juega su propio partido.















