El diagnóstico de autismo se volvió una pregunta frecuente y no siempre tiene respuesta rápida

Actualidad26/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Entre consultas de adultos, escuelas y redes, crece la demanda de evaluaciones y aparecen riesgos de apuros. Especialistas piden rigor y miradas integrales.

Autismo. Foto Freepik
Autismo. Foto Freepik

El término Trastorno del Espectro Autista (TEA) dejó de circular solo en ámbitos médicos y pasó a formar parte del vocabulario cotidiano, con familias y personas adultas que llegan a consulta con una misma duda: si lo que les pasa entra o no dentro del espectro. Esa visibilidad abrió una puerta necesaria para detectar perfiles que antes quedaban fuera del radar, pero también instaló una tensión: el diagnóstico no funciona como un test rápido ni como un rótulo automático. En ese escenario, el desafío central pasa por sostener criterios clínicos claros, evitar lecturas simplistas y entender qué impacto real tiene cada caso en la vida diaria.

Los números ayudan a dimensionar el fenómeno, aunque no lo explican por sí solos. En Estados Unidos, el CDC registró un aumento sostenido de prevalencia en niños de 8 años: 6,7 casos cada 1000 en 2000, 23 en 2018 y 32,2 en 2022, una curva que alimenta debates sobre detección, criterios y contexto. En la Argentina, en cambio, el artículo advierte que no hay cifras actualizadas sobre TEA, lo que vuelve más difícil discutir políticas públicas con una foto precisa y también aumenta la dependencia de experiencias individuales y recorridos particulares.


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En términos clínicos, el TEA se define por criterios internacionales, pero los especialistas insisten en que se construye con información acumulada y no con impresiones aisladas. Christian Plebst, psiquiatra infanto-juvenil, lo plantea desde el origen: “Está bueno arrancar por lo básico, porque lo que hoy llamamos autismo es el resultado de una construcción histórica”. Ese recorrido se apoyó en descripciones de los años 40, luego reorganizadas en manuales diagnósticos que fueron cambiando la forma de encuadrar lo que se observaba en la clínica.

El marco actual se ordena alrededor del DSM-5-TR, que concentra los criterios en dos dominios amplios y exigentes. Por un lado, se evalúan dificultades persistentes en la comunicación e interacción social, y por otro patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades. Esos rasgos deben estar presentes desde etapas tempranas del desarrollo, aunque a veces recién se hacen evidentes cuando crecen las demandas sociales, y deben provocar un impacto funcional significativo. Además, el manual pide especificar el nivel de apoyo que la persona necesita, sin hablar de “grados” como si se tratara de una escala lineal.


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La psiquiatra Andrea Abadi, directora del Departamento Infanto-Juvenil de INECO, remarca que ese lenguaje común entre profesionales resulta imprescindible, pero no alcanza por sí solo. En su mirada, el diagnóstico se arma integrando historia evolutiva, funcionamiento actual y una evaluación interdisciplinaria, con información de distintos ámbitos y no solo de una entrevista puntual. Esa idea se vuelve clave en un contexto donde crece la demanda y, al mismo tiempo, se multiplican los discursos que prometen respuestas instantáneas.

Plebst propone mirar el desarrollo temprano para entender por qué algunos signos aparecen y otros pasan inadvertidos durante años. “En esa etapa hay dos conceptos clave: autorregulación y corregulación. Un niño aprende a autorregularse porque recibe la corregulación de un adulto presente que transmite seguridad y comprensión. El desarrollo infantil es presencia. La interacción —la mirada, la sonrisa, el juego compartido— es una danza que va moldeando el cerebro”, explica. La noción apunta a que lo relevante no es una lista fría de conductas, sino el modo en que se construyen los intercambios y qué pasa cuando esa sincronía se altera.


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En ese mismo plano, el artículo incorpora un debate contemporáneo que atraviesa a muchas familias: el vínculo entre primera infancia y pantallas. Plebst lo resume con una frase que condensa la preocupación por la falta de ida y vuelta en ciertos estímulos: “La pantalla es sintonía sin sincronía”. Aun así, el texto insiste en evitar explicaciones lineales y recuerda que no existe una causa única, con más de 300 genes asociados y múltiples factores ambientales posibles, en una conjunción de variables biológicas, genéticas, psicológicas y sociales.

La pregunta por “qué está dentro del espectro” se vuelve más compleja cuando se mira el paso del tiempo, porque los criterios diagnósticos se mantienen, pero la forma de expresarlos cambia con la edad. En la infancia, las diferencias pueden verse en el juego compartido, en la dificultad para sostener el ida y vuelta emocional o en rigideces ante cambios pequeños. En la adolescencia y la adultez, el cuadro puede volverse más sutil, con problemas para interpretar reglas sociales no escritas y con un sobreesfuerzo para sostener interacciones que resultan agotadoras. En esa comparación, el texto marca una diferencia estructural con la ansiedad social: allí la comprensión de las normas está preservada, pero aparece la evitación por miedo a la evaluación negativa.


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El valor del diagnóstico temprano no se mide como una “cura” sino como una herramienta que modifica trayectorias. Abadi explica que intervenir en etapas de alta plasticidad favorece habilidades comunicativas, regulación emocional e integración sensorial, y que el objetivo no es borrar una diferencia neurobiológica sino potenciar autonomía y calidad de vida. La neuróloga infantil Paulina Carullo, de Fleni, agrega que el abordaje siempre se personaliza y se reconfigura con el crecimiento: participación activa de la familia en la primera infancia, apoyos pedagógicos y habilidades sociales en la etapa escolar, y luego un foco más fuerte en identidad, autonomía y prevención de ansiedad secundaria.

La expansión de consultas en adultos aparece como otro dato de época, impulsado por el ensanchamiento del espectro y por décadas en las que muchos cuadros leves no se detectaban. El artículo describe que hoy llegan personas con trayectoria académica o laboral consolidada, pero con una sensación persistente de desajuste, cansancio social y rigidez ante lo imprevisto. En esos casos, cuando se trata efectivamente de TEA, lo que persiste no es un rasgo aislado sino un patrón estable de procesamiento social y sensorial que estuvo desde temprano, aunque haya pasado inadvertido.


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La experiencia de Paula, mamá de Juan, aporta el costado más íntimo de esa búsqueda, pero también la dimensión del desgaste. El diagnóstico llegó recién a los 11 años, después de pasar por entre 25 y 30 profesionales, y en ese tramo ella sintetiza el costo emocional con una frase directa: “No hay peor estado que la incertidumbre”. Paula cuenta que desde bebé notaba señales atípicas y que el diagnóstico no resolvió todo, pero cambió la perspectiva: “Por lo menos supimos con qué luchábamos”. En su relato aparece la logística familiar, la medicación, las terapias y la decisión de un esquema escolar más contenido, con un mensaje final que no romantiza la situación pero marca un antes y un después: “Yo lo único que quería era saber qué tenía mi hijo” y “Duele, para el niño y para la familia, pero tener un diagnóstico me cambió la vida. Aprendés a vivir con eso y a acompañarlo mejor”.

Fuente: LA NACION.

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