
La Brigada Rural recorrió parajes cordilleranos del norte neuquino donde diez familias miran el regreso
Actualidad07/03/2026
REDACCIÓNEn las alturas del norte neuquino, la presencia policial volvió a poner el foco sobre la vida de los veranadores. El recorrido alcanzó puestos aislados, aguadas y caminos duros.

En el norte neuquino, donde la montaña marca el ritmo y el calendario pastoril ordena la vida cotidiana, diez veranadores ya empiezan a proyectar el regreso desde las alturas hacia las zonas de invernada. Esa previsión apareció durante una jornada de patrullaje que recorrió algunos de los sectores más alejados de la cordillera, en un territorio donde el aislamiento no resulta excepcional, sino parte de la rutina de cada temporada. El dato no solo describe un movimiento próximo, también expone cómo transcurre el final de la veranada en uno de los puntos más exigentes de la provincia.
La recorrida se realizó el jueves 6 de marzo, desde las 6:30 hasta las 18:30, con intervención de personal de la División Brigada Rural de la Dirección Seguridad Alto Neuquén. El trayecto se extendió por la Ruta Provincial 68 y distintos parajes ubicados en plena zona cordillerana, a los pies del volcán Domuyo. No se trató de un paso rápido por la región, sino de una tarea prolongada sobre caminos difíciles, con varias escalas y verificación directa de las condiciones en las que permanecen los crianceros.


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La magnitud del recorrido ayuda a entender el tipo de terreno en el que se movió la brigada. Los efectivos pasaron por El Palao, La Salina, El Requikey, Cajón Domuyo, Cajón de los Tábanos y Cajón Pehuenche, hasta llegar a Pampa Ferraina, una amplia planicie ubicada en la Cordillera del Viento. Hablar de esos nombres no implica solo ubicar puntos en un mapa, sino describir una geografía extensa, áspera y de acceso complejo, donde cada desplazamiento exige tiempo, conocimiento del lugar y resistencia.
Ese marco geográfico condiciona todo lo demás. La zona se encuentra entre 2.600 y 3.000 metros sobre el nivel del mar, con un relieve que endurece cualquier traslado y con condiciones climáticas que suelen cambiar con rapidez. Allí se sostiene desde hace generaciones una práctica conocida y decisiva para la economía rural neuquina: la trashumancia, el movimiento estacional del ganado que obliga a subir y bajar según las necesidades del pastoreo y el comportamiento del clima.
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Durante el patrullaje, el personal entrevistó a los veranadores que permanecen en ese sector y relevó cómo atraviesan esta parte del ciclo productivo. Según indicaron, el descenso hacia los campos de invernada podría comenzar en la segunda quincena de marzo, dentro del esquema habitual de movilidad que define la actividad. Esa referencia temporal ubica a la recorrida en un momento sensible, porque coincide con la etapa en la que los puestos todavía siguen activos, pero ya aparece en el horizonte el repliegue hacia cotas más bajas.
La presencia de la brigada no se limitó a conversar con los pobladores. También incluyó la verificación de los alojos que utilizan durante la temporada de veranada, un punto importante en regiones donde cualquier falla en infraestructura pesa más que en otros contextos. El relevamiento mostró, en términos generales, estructuras edilicias en buenas condiciones, aunque también dejó una observación puntual: algunos puestos no cuentan con corrales, una carencia que impacta de manera directa en el manejo diario de los animales.
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A esa revisión de las construcciones se sumó otro aspecto básico para la permanencia en altura: el agua. El control permitió constatar que las aguadas provienen exclusivamente de vertientes naturales, un dato que habla tanto de la dependencia del entorno como de la fragilidad con la que se organiza la vida en esos parajes. En regiones tan alejadas, el abastecimiento no responde a redes ni a sistemas urbanos, sino a lo que ofrece el terreno, con toda la incertidumbre que eso implica cuando cambian las condiciones del clima o del caudal.
Después de pasar por Pampa Ferraina, el patrullaje continuó por Piedra del Gallo y el Cajón del arroyo Atreuco, hasta empalmar finalmente con la Ruta Provincial 43. Ese cierre del trayecto muestra que la tarea no apuntó solo a un punto específico, sino a una franja amplia de la zona cordillerana. La extensión del movimiento refuerza el sentido operativo del recorrido, pero también deja ver algo más profundo: la necesidad de sostener contacto presencial con pobladores que pasan buena parte del verano lejos de centros urbanos y servicios estables.
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En ese contexto, la recorrida funciona como una postal precisa del final de temporada en las alturas neuquinas. Por un lado, aparecen los veranadores que todavía ocupan los puestos y calculan cuándo iniciar el descenso; por otro, quedan a la vista las condiciones concretas en las que sostienen esa permanencia, entre vertientes naturales, infraestructura básica y caminos duros. Lo que surge del relevamiento no es solo una acción de control, sino una imagen nítida de la vida rural en un territorio donde cada verano vuelve a poner a prueba la organización, la resistencia y el vínculo con la montaña.
















