
La productora de Gobernador Costa será reconocida por la Legislatura, pero detrás de su nombre asoma una trama más amplia: generaciones de mujeres rurales que sostuvieron trabajo, familia y campo en condiciones duras.

El reconocimiento que recibirá Paula Gonzalo en la Legislatura de Chubut por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora pone en primer plano una vida ligada al campo, aunque también deja ver algo más amplio y menos visible. Detrás de su nombre aparece la historia de muchas mujeres rurales que durante años sostuvieron producción, familia y trabajo en silencio, lejos de los centros urbanos y con una rutina marcada por la persistencia.
En su caso, ese vínculo con la actividad rural atraviesa generaciones. “Soy la tercera generación”, contó en diálogo con #LA17, al repasar una historia familiar que se remonta a sus abuelos, instalados desde 1912 en Gobernador Costa, y que luego continuó con su padre hasta llegar a ella, que tomó el mando del establecimiento en 1993.


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Ese legado no estuvo exento de dificultades ni de cambios profundos en la Patagonia. Paula recordó años de aislamiento, rutas complicadas y problemas de conectividad, en un contexto en el que producir exigía mucho más que trabajo diario. “El productor siempre apuesta a producir, años buenos, años malos, hace lo que tiene que hacer sin parar”, resumió al describir una lógica que todavía define buena parte de la vida rural en la provincia.
El establecimiento El Chalét, ubicado a 12 kilómetros de Gobernador Costa sobre la ruta 40, concentra esa historia familiar y productiva. Allí desarrollan actividad ovina y bovina, y en la actualidad también suman el trabajo en cabaña Hereford y Angus, una tarea que Paula comparte con sus hijos, que decidieron continuar en el campo por elección propia.
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Ese punto no es menor en una actividad donde muchas veces la continuidad familiar se vive con tensión. “El campo es un mandato muchas veces pesado”, dijo, al explicar que sus hijos se vincularon con la actividad desde chicos, acompañándola en fines de semana, vacaciones y trabajos cotidianos, hasta convertirse en parte activa del establecimiento.
La historia personal de Paula también carga con otro rasgo que durante décadas pesó en el mundo rural: ser mujer en un espacio tradicionalmente dominado por varones. Cuando se hizo cargo del campo en 1993, esa condición no pasaba inadvertida. “No era muy común una mujer en el campo. Era tomada con cautela, con un poquito de recelo y puesta a prueba muchas veces”, recordó.
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Ese proceso la obligó a aprender en la práctica y a construir legitimidad todos los días. La experiencia en el trabajo directo, el acompañamiento técnico del INTA y el vínculo con la Sociedad Rural de Esquel fueron parte de esa formación, en una etapa en la que debió ganarse un lugar en un ambiente exigente y poco habituado a ver mujeres al frente de establecimientos productivos.
En ese recorrido también apareció su faceta dirigencial. Paula fue la primera mujer en presidir la Comisión Directiva de la Sociedad Rural de Esquel, cargo que ocupó entre 2007 y 2012. Esa etapa, según recordó, estuvo marcada por una apertura mayor hacia la comunidad, con presencia en escuelas y una relación más cercana con la ciudad, en un intento por acercar el mundo rural a otros sectores.
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Pero si hay una definición que atraviesa toda su entrevista es la forma en que entiende la vida en el campo. Más allá de las obligaciones, los costos y los ciclos productivos, Paula habló de una experiencia que combina trabajo, apego y resistencia. “Es un lujo estar en el campo, una pasión”, afirmó.
Esa pasión, sin embargo, no borra las dificultades de un sector sometido a variables que muchas veces no controla. En la actualidad, la sequía obliga a reducir majadas y a modificar manejos productivos, mientras los tiempos biológicos del ganado imponen un ritmo que no puede frenarse. “Son ciclos biológicos que no se pueden detener ni cambiar en el momento”, explicó al referirse a una actividad donde las decisiones no siempre responden a la lógica inmediata del mercado.
Hoy, en El Chalét, la hacienda se encuentra en las veranadas, mientras se espera el regreso a la invernada para iniciar más adelante las tareas de otoño. La dinámica productiva no se interrumpe y se organiza por estaciones, necesidades del rodeo y disponibilidad forrajera. En el caso de la lana, Paula señaló que el precio muestra una tendencia favorable, aunque aclaró que los costos elevados achican cualquier mejora en la rentabilidad.
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Ese equilibrio precario entre producción y sostén económico aparece una y otra vez cuando se habla del campo patagónico. Los recursos ingresan de manera espaciada, los gastos se acumulan durante todo el año y cada decisión exige administrar con cuidado. En esa lógica, Paula también marcó que la apertura exportadora puede resultar beneficiosa para los productores, en un mercado donde históricamente el peso de los intermediarios condicionó buena parte del negocio.
En medio de esa realidad, la productora volvió sobre una idea que excede su propia trayectoria y conecta de lleno con el reconocimiento que recibirá. Para ella, el mérito no se agota en las mujeres visibles ni en quienes ocupan espacios de representación. “La mujer del campo está en mucha soledad, en silencio, en trabajo, en acompañamiento”, señaló, al poner en palabras una experiencia compartida por muchas otras que nunca llegan a la escena pública.


















