
Una beca lo puso a un paso de la NASA, pero ahora enfrenta la parte más difícil
Otros Temas17/03/2026
REDACCIÓNTomás Lopreite, un estudiante de 21 años de Bahía Blanca, fue admitido en una universidad clave de Estados Unidos y busca reunir fondos para seguir su carrera aeroespacial.

La historia de Tomás Lopreite se volvió extraordinaria por una razón concreta: después de años de estudio, esfuerzo y constancia, consiguió una admisión que para muchos estudiantes argentinos parece inalcanzable. A sus 21 años, este joven de Bahía Blanca recibió la aceptación de Embry-Riddle, una de las universidades más reconocidas de Estados Unidos en materia aeronáutica y aeroespacial, pero el desafío recién empieza porque todavía necesita resolver cómo sostener económicamente esa oportunidad.
La noticia lo encontró mientras cursa el segundo año de Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Nacional de La Plata, después de haberse egresado como técnico aeronáutico con un promedio de 9,87. En diálogo con Modo 17 por #LA17, explicó el recorrido que lo llevó hasta esa instancia y dejó en claro que no se trató de un golpe de suerte, sino de una construcción paciente y exigente. “Yo desde pequeño, desde joven tenía muchas ambiciones de poder ir a estudiar afuera, poder desarrollarme en la cúspide de mi educación y camino profesional”, contó.


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La admisión llegó hace apenas dos semanas y lo conectó de lleno con un escenario académico de primer nivel en Florida, en la ciudad de Daytona Beach. Según relató, la universidad tiene vínculos con la NASA, con Boeing, laboratorios de alta complejidad y una infraestructura diseñada para formar profesionales en áreas de máxima exigencia técnica. “Recibí la aceptación en esta universidad tan importante”, señaló, al describir un paso que ya lo coloca en un circuito internacional al que muy pocos argentinos acceden a su edad.
El ingreso, además, estuvo acompañado por una beca académica de 21.500 dólares anuales, un respaldo valioso pero todavía insuficiente para cubrir todos los costos. Lopreite explicó que el financiamiento parcial le abre la puerta, aunque no le resuelve el problema central, porque entre matrícula, alojamiento, materiales y comida aún necesita reunir una cifra muy alta para poder instalarse y cursar en Estados Unidos. “Yo seguiría necesitando 45.000 dólares anuales para poder mantener y cubrir los costos de educación”, detalló.
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Ese punto convierte a su historia en algo más que una buena noticia educativa, porque la oportunidad convive con una barrera económica enorme. El estudiante contó que ya empezó a tocar puertas, hablar con personas, contactar posibles apoyos y evaluar distintas alternativas para incrementar la beca o conseguir respaldo externo. “Estoy hablando con mucha gente, tocando muchas puertas”, dijo, con una mezcla de entusiasmo y realismo frente a un escenario que exige una ayuda excepcional para transformarse en un paso concreto.
La trama personal detrás de ese recorrido también explica parte del impacto que generó su caso. Tomás contó que su padre trabajó durante más de 30 años como diariero y que su madre es pedicura, además de haber realizado durante años jornadas extensas de limpieza para sostener a la familia. Ese esfuerzo cotidiano fue, según su propio relato, una de las razones que lo empujaron a apostar por el estudio como herramienta de cambio. “Para cambiar mi realidad lo tenía que hacer a través del estudio”, expresó al recordar el camino que lo llevó a convertirse en el primer universitario de su familia.
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Su perfil académico y comunitario también pesó en la obtención de la beca. Durante la entrevista repasó un recorrido que incluyó participación en las Olimpíadas Matemáticas Argentinas, una medalla de oro en olimpíadas aeronáuticas, la final de los Juegos Bonaerenses en ajedrez, una charla en el planetario de la Universidad Nacional del Sur y el trabajo junto a docentes y compañeros para diseñar un simulador de vuelo en su escuela. A eso sumó una experiencia de liderazgo estudiantil concreta. “Fui presidente de dos años consecutivos del Centro de Estudiantes”, recordó, al enumerar parte de un recorrido que fue mucho más amplio que el rendimiento académico.
Cuando le preguntaron qué hace un ingeniero aeroespacial, Lopreite eligió correrse del imaginario más espectacular y explicó que se trata de una profesión vinculada con el diseño, mantenimiento, planificación y mejora de todo tipo de sistemas que vuelan o que salen de la atmósfera. Incluso amplió ese campo hacia otras industrias de alta precisión, como la Fórmula 1, donde la aerodinámica también define resultados. “Ser ingeniero aeroespacial te da la posibilidad de diseñar, mantener, construir y planificar todo tipo de máquinas”, resumió.
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Sin embargo, el objetivo que aparece detrás de su formación no se limita a conseguir un título prestigioso. Lopreite dijo que su sueño es ser astronauta, pero planteó esa meta como parte de una aspiración más amplia, vinculada con representar al país y devolver parte de lo que recibió de la educación argentina. “Yo realmente quiero representar a la Nación Argentina”, afirmó. En esa línea, también mencionó su interés por colaborar en el futuro con organismos y empresas científicas nacionales, con la idea de no cortar el lazo con el país que lo formó.
En la charla también destacó una figura que lo inspira especialmente, el científico bahiense César Milstein, a quien valoró por su aporte a la ciencia y por la manera en que entendió el conocimiento como una construcción colectiva. Esa referencia permitió entender mejor cómo piensa su propio proyecto: como un trayecto personal, pero también como una responsabilidad con otros. “Realmente quiero devolverle a la Argentina todo lo que me dio”, sostuvo, en una frase que condensó el sentido más profundo de su búsqueda.
El tiempo, de todos modos, juega un papel clave. Aunque ya figura como alumno admitido, necesita conseguir el financiamiento antes de agosto para poder viajar e iniciar las clases en condiciones normales. Mientras tanto, sigue cursando en La Plata, sosteniendo su carrera actual y avanzando con la misma disciplina con la que llegó hasta acá. “Tengo tiempo hasta agosto”, explicó, consciente de que enfrenta una cuenta regresiva tan exigente como la meta que persigue.
















