
Debate de la semana: el Ejército tapó con escarapelas los pañuelos pintados frente a su sede
Actualidad29/03/2026
REDACCIÓNLa intervención ocurrió en Posadas después de la marcha del 24 de marzo y abrió un choque político y simbólico alrededor de la memoria y el espacio público.

Tres soldados pintaron escarapelas sobre los pañuelos blancos que habían quedado dibujados en la vereda de la Brigada de Monte XII, en pleno microcentro de Posadas, y esa imagen terminó empujando una disputa que fue mucho más allá de una intervención callejera. Lo que se había pintado durante la marcha por el Día de la Memoria frente a una sede del Ejército quedó cubierto al día siguiente por decisión de la jefatura de esa unidad. La escena encendió respaldos y rechazos casi de inmediato.
La acción original había ocurrido el domingo, cuando militantes de organizaciones sociales realizaron las pintadas en la vereda de las oficinas de la brigada, sobre la calle San Martín, casi Colón. El símbolo elegido fue el pañuelo blanco que identifica a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en una fecha atravesada por los 48 años del golpe de Estado de 1976. Ese dato convirtió la posterior cobertura con escarapelas en un gesto de fuerte carga política.


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La orden de tapar los pañuelos partió del coronel Carlos Sanmillán, actual jefe de la Brigada de Monte XII, quien quedó en el centro de la polémica. Ante La Nación, sostuvo que las pintadas le parecieron inapropiadas y las vinculó con un símbolo de “una minoría”. En la misma explicación justificó la intervención con una frase que terminó condensando su postura: “Hay que unir a la sociedad, no dividir”.
Desde esa mirada, la decisión oficial fue reemplazar las pintadas por un emblema que, según el propio Sanmillán, representara a todos los argentinos. Por eso se eligió la escarapela como respuesta visual frente a los pañuelos. El jefe militar también agregó que respeta a las Madres y Abuelas, aunque tomó distancia tanto de la lucha armada de algunos de sus hijos como del golpe militar de 1976.
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Sergio Jurczyszyn, el coronel al que Sanmillán reemplazó el 7 de febrero y que había fortalecido vínculos con la sociedad misionera durante su gestión, coincidió en que las pintadas podían leerse como una provocación, pero diferenció esa evaluación de la conveniencia de exhibir públicamente la decisión de taparlas. Su intervención sumó un matiz interno dentro del propio ámbito militar.
Otra voz cercana a la brigada, citada también por el diario, defendió la medida y sostuvo que hoy nadie dentro del Ejército en esa sede reivindica el golpe del 76. Según esa posición, buscar una escarapela como símbolo alternativo apuntó a representar unidad antes que confrontación. Ese respaldo mostró que la decisión de Sanmillán no quedó aislada dentro del entorno castrense, aunque sí profundizó la división pública sobre el episodio.
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Del otro lado, un grupo numeroso de organizaciones sociales y políticas difundió un comunicado conjunto para repudiar lo ocurrido. En ese texto hablaron de “repudio al accionar” de las autoridades del comando y señalaron que borrar los pañuelos implicó censurar e invisibilizar una intervención en el espacio público. También definieron ese símbolo como una referencia nacional ligada a la lucha y a la paz en uno de los períodos más oscuros de la historia argentina.
La controversia terminó instalada en dos planos al mismo tiempo. Por un lado, aparece la discusión sobre quién puede definir qué símbolos permanecen o no frente a una sede militar ubicada sobre una vereda pública; por otro, se abrió una disputa más profunda sobre el sentido actual de las marcas vinculadas a la memoria del terrorismo de Estado. El punto más sensible del caso no pasa solo por la pintura que quedó debajo o encima, sino por lo que cada gesto quiso decir en una fecha de alta densidad política.















