La soledad ya es una crisis sanitaria y obliga a repensar cómo se vive la ciudad

Actualidad05/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El problema dejó de ser íntimo o doméstico: ya impacta en la salud, crece con el envejecimiento y reabre una discusión sobre barrios, vínculos y políticas públicas.

La soledad en adultos mayores. Foto Freepik
La soledad en adultos mayores. Foto Freepik

La soledad dejó de ser una experiencia individual para convertirse en un problema que ya perfora a la salud pública. La OMS advirtió en 2025 que una de cada seis personas en el mundo la padece y que esa falta de conexión social se vincula con más de 871.000 muertes al año, cerca de cien por hora. El dato cambia la escala del tema porque lo saca del terreno de la anécdota personal y lo instala en el de las urgencias sanitarias.

En la Argentina, esa discusión encuentra un punto de apoyo en los cambios demográficos y en la forma en que se habita. La columna publicada este domingo en Infobae señala que, según el Censo 2022, el 24% de los mayores de 65 años vive solo, y que los hogares unipersonales de personas mayores pasaron de 843.000 a 1,26 millones en doce años. En la Ciudad de Buenos Aires, además, los hogares no familiares unipersonales rondan el 39,9%, uno de los registros más altos del país.


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Ese crecimiento de la vida en soledad no aparece en el texto fuente como una simple elección moderna por la autonomía, sino como parte de una transformación más amplia en el modo de habitar. La autora sostiene que el modelo urbano fue dejando atrás espacios de encuentro cotidianos y reemplazándolos por una lógica que promete independencia, pero muchas veces entrega aislamiento. Desde esa mirada, el problema no pasa sólo por cuántas personas viven solas, sino por cuántas viven sin una red cercana que advierta su ausencia o acompañe su rutina.

La nota empuja esa idea hacia una definición concreta cuando plantea que “la única cura que nadie está recetando es el barrio”. No se refiere al barrio cerrado ni a una nostalgia romántica por el pasado, sino a un tejido abierto de comercios de cercanía, plazas, bancos, veredas caminables y relaciones habituales entre vecinos. El planteo es que la discusión sobre soledad no puede quedar sólo en la consulta psicológica o en el sistema de salud si el diseño de la ciudad sigue desalentando el contacto cotidiano.


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El artículo también cruza esa preocupación con experiencias de longevidad observadas en otras partes del mundo. Menciona las llamadas Zonas Azules —como Okinawa, Icaria, Cerdeña, Nicoya y Loma Linda— y subraya que allí no sólo importan la alimentación o la actividad física, sino el peso de la comunidad activa y de los vínculos sostenidos en el tiempo. La idea que ordena esa comparación es sencilla: vivir más no depende únicamente de la medicina, también depende de vivir menos aislado.

Desde esa misma perspectiva, la nota pone el foco en soluciones que ya se ensayan fuera del país. Cita el caso de Barcelona, donde se financian cafés de barrio para adultos mayores que viven solos, y el de Vermut, una plataforma pensada para personas mayores de 55 años que organizan y lideran actividades propias; según el texto, ese proyecto ya superó los 100.000 usuarios en España y se expandió a Estados Unidos. La diferencia que subraya la columna no es tecnológica, sino conceptual: dejar de tratar a la persona mayor como beneficiaria pasiva y empezar a verla como protagonista de su comunidad.


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Otro ejemplo que aparece como respuesta concreta es el de Trabensol, en Torremocha de Jarama, a unos 60 kilómetros de Madrid. Allí, 82 personas eligieron envejecer en un esquema de cohousing senior, con departamentos privados, decisiones compartidas y vida comunitaria organizada. La experiencia es usada en el texto como prueba de que privacidad y convivencia no son términos opuestos, y de que el problema de fondo no es la vivienda en sí, sino lo que la autora llama “la arquitectura del vínculo”.

En ese punto, la columna también baja la discusión al presente argentino y a una generación específica. Sostiene que buena parte de quienes hoy llegan a los 60, 65 o 70 años ya no se reconocen del todo en el formato clásico del centro de jubilados, aunque tampoco encuentran una alternativa pública y comunitaria que dialogue con sus intereses, consumos culturales y forma de vincularse. Esa observación importa porque sugiere que la soledad no se combate sólo con más espacios, sino con espacios que efectivamente resulten habitables para quienes los necesitan.


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La crítica más fuerte del texto se dirige, de hecho, al vacío de política pública. La autora remarca que la OMS elevó la conexión social a prioridad de salud pública global y que países como España y Chile acompañaron en 2025 la primera resolución de la Asamblea Mundial de la Salud sobre este tema. Frente a eso, plantea que la Argentina todavía no tiene una política nacional específica sobre soledad ni un debate público sostenido sobre cómo prevenir el aislamiento en una sociedad que envejece cada vez más rápido.

La discusión, entonces, ya no gira sólo alrededor del celular, las redes o el exceso de pantallas, aunque todo eso forme parte del cuadro. Lo que emerge es una pregunta más incómoda sobre cómo se construyen las ciudades, qué tipo de vida cotidiana habilitan y cuántas oportunidades reales ofrecen para encontrarse con otros sin que medie una emergencia. Si la soledad ya se volvió un problema de salud, el límite que queda expuesto es otro: seguir tratándola como una experiencia privada cuando cada vez hay más evidencia de que también es una falla colectiva.

Fuente: Infobae, OMS.

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