Una isla que nadie había visto apareció en la Antártida y obligará a rehacer mapas de navegación

Actualidad14/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La formación fue detectada en una zona riesgosa del mar de Weddell durante una expedición científica. Mide unos 6.500 metros cuadrados y sobresale 16 metros sobre el agua.

La nueva isla remota encontrada en la Antártida emerge 16 metros sobre el nivel del mar.
La nueva isla remota encontrada en la Antártida emerge 16 metros sobre el nivel del mar.

Una campaña científica internacional en la Antártida terminó revelando una formación que hasta ahora no había sido identificada de manera formal en los mapas globales. En una zona ya considerada peligrosa para la navegación dentro del mar de Weddell, una pequeña isla rocosa quedó expuesta y sorprendió tanto a investigadores como a tripulantes que trabajaban en el área. El hallazgo no solo abrió una nueva línea de estudio en una de las regiones más difíciles del planeta, sino que además obligará a revisar cartas náuticas en un sector históricamente marcado por la incertidumbre.

La aparición se produjo cuando el rompehielos alemán Polarstern debió modificar su recorrido original por condiciones meteorológicas adversas. La embarcación, que llevaba a bordo a 93 científicos y tripulantes del Instituto Alfred Wegener, buscó resguardo cerca de la isla Joinville y en ese movimiento detectó una silueta oscura que en un primer momento parecía un iceberg. La observación más cercana cambió por completo esa lectura inicial: no era hielo a la deriva, sino una estructura rocosa emergida.

Una vez confirmada la naturaleza de la formación, el equipo estableció que se trataba de una isla no registrada formalmente en las bases cartográficas internacionales. Las primeras mediciones indicaron que tiene unos 130 metros de largo, 50 metros de ancho y una superficie cercana a los 6.500 metros cuadrados. Además, sobresale unos 16 metros por encima del nivel del agua, un dato que refuerza su importancia para cualquier actualización futura en materia de navegación polar.


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El punto donde apareció no era desconocido para los marinos, aunque sí lo era la forma concreta de ese riesgo. Las cartas náuticas ya marcaban el sector como una “zona con peligros desconocidos”, señal de que existían advertencias previas sobre irregularidades o presencias no identificadas en el área. Lo que faltaba hasta ahora era una delimitación precisa y una confirmación material de qué había allí realmente.

Para avanzar sobre esa identificación, los investigadores desplegaron un trabajo técnico específico que permitió construir el primer registro sistemático del terreno. Utilizaron drones, relevamientos batimétricos y análisis fotogramétricos para elaborar un modelo de elevación y establecer con más precisión la línea de costa. Ese procedimiento transformó una observación inesperada en un registro científico con valor concreto para futuras expediciones.

Uno de los interrogantes centrales que surgió después del hallazgo fue por qué la isla no había sido detectada antes. La hipótesis principal apunta a que durante décadas pudo haber permanecido cubierta por hielo marino o confundida visualmente con bloques glaciares flotantes, algo habitual en el mar de Weddell. En esa región, donde el paisaje cambia con rapidez y la presencia constante de témpanos altera la lectura visual, distinguir entre roca permanente y hielo desplazado no siempre resulta sencillo.

Las imágenes satelitales previas tampoco habían permitido diferenciarla con claridad. La presencia de una capa superficial de hielo y la dinámica constante de la zona habrían dificultado que la base rocosa se destacara como una estructura fija. Esa limitación explica por qué un punto potencialmente peligroso para la navegación seguía figurando en mapas con advertencias generales, pero sin una identificación geográfica exacta.


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Aunque todavía no hay una conclusión cerrada sobre las causas de su exposición, los científicos consideran posible que cambios recientes en la dinámica del hielo marino hayan contribuido a dejar visible una base que antes permanecía oculta. Por ahora, no se estableció una relación directa con el cambio climático, pero la sola posibilidad de que modificaciones en el comportamiento del hielo hayan influido vuelve más sensible el contexto del hallazgo.

La aparición de esta isla remota abre ahora una etapa distinta, en la que el descubrimiento pasará del asombro inicial al trabajo formal de incorporación cartográfica. El proceso internacional que sigue incluye la asignación de un nombre oficial y la actualización de las cartas náuticas globales. Ese paso no es burocrático ni menor: en una de las regiones más inhóspitas y menos exploradas del planeta, contar con información precisa puede marcar una diferencia real para la seguridad de quienes la atraviesan.

El hallazgo en la Antártida deja así una doble señal. Por un lado, muestra cuánto queda todavía por identificar incluso en zonas ya recorridas por expediciones científicas y embarcaciones especializadas. Por otro, recuerda que en lugares extremos como el mar de Weddell, una formación rocosa de apenas 6.500 metros cuadrados puede convertirse de un momento a otro en una novedad científica, un dato clave para la navegación y una prueba de que el mapa del mundo todavía guarda espacios sin terminar de revelar.

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