
La familia aseguró que la nena salió de Comodoro por miedo, quedó al cuidado de su abuela paterna y ahora atraviesa una adaptación abrupta.

La hija de los acusados por la muerte de Ángel ya no está en Comodoro Rivadavia. Con apenas seis meses, la beba fue trasladada a Córdoba y quedó bajo el cuidado de su abuela paterna en un esquema provisorio que, según relató la familia, se armó de urgencia en medio de un clima de amenazas, miedo y fuerte exposición pública. Ese movimiento abrió un costado paralelo del caso, porque la discusión dejó de abarcar solo el expediente principal y pasó a incluir el resguardo inmediato de otra criatura muy pequeña.
La versión sobre ese traslado fue dada por Marcela, cuñada de Michel González, quien explicó que viajó personalmente para retirar a la niña y que lo hizo con autorización previa. En diálogo con la prensa, describió una situación marcada por la desorganización y por la necesidad de resolver rápido lo más básico para la menor. Su testimonio ubicó el centro del problema en el presente concreto de la beba, ya fuera de Chubut y tratando de acomodarse a una rutina completamente distinta.


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Dentro de ese cuadro, la separación de la madre aparece como el impacto más fuerte que describe la familia. Marcela sostuvo que la nena “está muy mal, porque es una criatura que tomaba la teta”, y agregó que todo ocurrió de golpe, sin tiempo para una transición gradual que la ayudara a procesar el cambio. También aseguró que ese desarraigo se hace visible en la conducta diaria, porque, según dijo, la beba llora de manera constante, busca a su mamá y no logra entender qué está pasando.
La adaptación, de acuerdo con ese mismo relato, se volvió una tarea de contención permanente dentro de la casa donde hoy permanece. Marcela contó que están “probando distintas mamaderas para que pueda alimentarse”, que la acompañan entre todos y que el arranque fue muy áspero porque la nena llegó casi sin nada. A esa escena le sumó otra frase que expone la precariedad del traslado: “Es un proceso muy duro porque llegó prácticamente con lo puesto y hubo que organizar todo de cero”.
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La decisión de sacar a la beba de Comodoro fue explicada por la familia como una respuesta a un entorno que consideraban inseguro. Marcela afirmó: “Creemos que en Comodoro la nena corría riesgo”, y ligó esa evaluación a hechos concretos que, según su relato, se produjeron alrededor de la vivienda. En esa misma línea sostuvo que rompieron la casa, que hubo amenazas muy fuertes e incluso advertencias de que podían prender fuego todo, sin que nadie reparara en que había una beba en medio de esa situación.
Ese argumento sobre la falta de seguridad no quedó aislado de otras críticas que la familia dirigió hacia la respuesta institucional. La mujer dijo que a su cuñado y a su pareja no les quisieron dar un abogado porque todavía no estaban imputados y que tampoco recibieron custodia policial pese al clima que, según afirmó, ya se había instalado alrededor de ellos. Para Marcela, esa falta de acompañamiento profundizó la sensación de desprotección en un momento que describió como especialmente delicado.
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La entrevista también incluyó una defensa cerrada de los acusados y una negación tajante de la violencia que investiga la Justicia. Marcela sostuvo: “Nosotros creemos que son inocentes. Ángel no sufría violencia, lo cuidaban muchísimo”, y atribuyó la exposición del caso a una dinámica mediática que, según su mirada, empuja a encontrar rápidamente un responsable. Esa posición forma parte del testimonio familiar incorporado en la fuente y muestra que el traslado de la beba no se cuenta solo como una medida de resguardo, sino también como parte del relato defensivo del entorno más cercano.
Aun así, por encima de esa discusión sobre responsabilidades penales, la urgencia cotidiana quedó concentrada en la niña. La familia aseguró que hoy todo gira alrededor de sostenerla, alimentarla, calmarla y darle una referencia estable en medio de una ruptura repentina con su vida anterior. En ese punto, la permanencia en Córdoba aparece presentada como un recurso temporal, armado más para apagar una emergencia que para fijar una solución definitiva.
















