
La bióloga nacida en el sistema público convirtió una investigación sobre erizos en producción, empleo y un mensaje fuerte en defensa de la ciencia.

La historia que hoy encarna Tamara Rubilar no se agota en un reconocimiento legislativo ni en la visibilidad que ganó en los últimos días. Lo que aparece detrás de su nombre es un recorrido que une universidad pública, investigación, biotecnología, producción local y puestos de trabajo en una misma trama. En un momento donde el sistema científico argentino atraviesa recortes, desmoralización y fuga de especialistas, su experiencia en Chubut funciona como prueba concreta de que la ciencia también puede salir del laboratorio, meterse en la economía real y sostener una idea de futuro.
Rubilar lo plantea desde su propia formación, que ubica por completo dentro de la estructura científica y universitaria del país. Contó que se formó en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, hizo su doctorado en la Universidad Nacional del Comahue y atravesó todas las etapas del sistema como becaria e investigadora. Desde esa experiencia personal defendió con énfasis el valor de ese entramado y explicó que, sin esa base, el proyecto que hoy impulsa no habría existido.


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La investigadora insistió en que muchas veces la utilidad de la ciencia tarda en verse y que allí suele instalarse una mirada simplificadora. Recordó que cuando empezaron a estudiar qué comía el erizo de mar, esa línea podía parecer lejana o irrelevante para cualquiera que midiera todo con una lógica inmediata. "Si nosotros no hubiésemos tenido, por ejemplo, esa cuota de información, no hubiésemos podido desarrollar el alimento balanceado que hoy es clave para poder tener esta actividad productiva", afirmó, al resumir cómo una pregunta básica terminó empujando una aplicación concreta.
Ese puente entre investigación y producción también se sostiene, según explicó, en una mirada interdisciplinaria que va bastante más allá de la biología. Señaló que incluso un trabajo ligado a la filosofía ayudó a construir un protocolo de bienestar animal y a ordenar una visión de economía circular y de salud integrada. "La salud animal, la humana y la ambiental están interconectadas", sostuvo, al describir un esquema donde cada aporte científico termina encontrando un lugar dentro del proceso productivo.
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La dimensión industrial del proyecto también quedó expuesta en la entrevista con datos muy concretos. Rubilar detalló que trabajan con desechos pesqueros que llegan frescos y que en un lapso cercano a 48 horas se transforman en harina para fabricar alimento a nivel local. Esa producción se realiza todas las semanas para conservar frescura, evitar conservantes y sostener una lógica de mejora constante que incluso hoy incorpora una investigación posdoctoral para sumar probióticos. "Nosotros no usamos antibióticos, pero si podemos también ir mejorando condiciones, las seguiremos haciendo", explicó.
Ese recorrido científico ya tiene impacto laboral directo. En Chubut trabajan 22 personas dentro del proyecto y en Buenos Aires otras seis, una escala que Rubilar vinculó con una etapa de crecimiento sostenido. De hecho, recordó que el año pasado recibieron una distinción al emprendimiento argentino en una categoría llamada crecimiento y expansión, una definición que, según dijo, describe con precisión el momento actual: expansión de mercado y aumento de capacidad productiva.
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La parte más incómoda para ella, según reconoció, aparece cuando la conversación sale del laboratorio y entra en la lógica comercial. Admitió que tuvo que formarse en negocios, incluso con un MBA, porque vender, negociar y pensar mercado no formaban parte de su zona natural. "Si yo tengo que elegir, siempre elijo la parte científica", dijo, aunque enseguida agregó que el proyecto necesita sostenerse también como negocio porque de eso dependen la inversión recibida, los empleos generados y el impacto que buscan en salud y ciencia.
Ese cruce entre conocimiento y mercado no quedó planteado como una renuncia al espíritu científico, sino como una condición para que la investigación produzca efectos duraderos. Rubilar sostuvo que si el proyecto no funciona económicamente tampoco podrá sostener puestos de trabajo ni ampliar su aporte. Esa definición adquiere más peso cuando se la escucha hablar del contexto nacional, donde describió una "fuga de cerebros importante" y un sistema de financiamiento que empuja a la desmoralización de buena parte del sector científico.
En ese marco, el reconocimiento que recibió en la Legislatura de Chubut tomó una dimensión que excede lo personal. Rubilar contó que la votación unánime la conmovió, sobre todo porque le transmitieron que ese tipo de acuerdos no son habituales. También le dio valor a que esa distinción pueda leerse como una señal hacia quienes hoy están formándose. "No hace falta trabajar en Harvard o tener el mejor financiamiento del planeta Tierra para hacer buena ciencia", expresó, al defender la posibilidad de producir conocimiento valioso desde una universidad del sur y con anclaje territorial.
















