
La supuesta ciudad sumergida de Cuba sigue fascinando, pero la ciencia no la da por cierta
Otros Temas19/04/2026
REDACCIÓNEl hallazgo detectado frente a Guanahacabibes en 2001 volvió a alimentar teorías sobre una civilización perdida, aunque la profundidad, la falta de pruebas y las dudas geológicas frenan esa hipótesis.

A más de 650 metros de profundidad, frente a las costas de Cuba, un grupo de imágenes captadas por sonar sigue sosteniendo uno de los misterios más persistentes del Caribe. Bloques de piedra, formas simétricas y superficies que parecían pulidas alcanzaron para que durante años circulara una idea difícil de apagar: la posibilidad de una ciudad sumergida. Pero entre la fascinación que generan esas figuras y lo que hoy puede afirmar la ciencia todavía hay una distancia enorme.
El origen del caso se remonta a 2001, cuando un equipo canadiense de la empresa Advanced Digital Communicationsbuscaba restos de naufragios coloniales españoles en aguas cercanas a la península de Guanahacabibes. Lo que apareció en el sonar no coincidía con pecios conocidos y llamó la atención por una disposición poco habitual de las piedras. Meses más tarde, un robot submarino permitió observar grandes bloques y contornos que algunos compararon con estructuras piramidales y otras formas redondeadas.


La posibilidad de que se tratara de restos urbanos disparó rápidamente una cadena de especulaciones. Las primeras estimaciones hablaban de una antigüedad cercana a los 6.000 años, un cálculo que, si hubiera sido correcto, la ubicaría muy por delante de otras construcciones monumentales célebres de la antigüedad. Esa sola hipótesis bastó para que el hallazgo se convirtiera en un imán para teorías sobre civilizaciones perdidas y hasta para asociaciones con la Atlántida.
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En los primeros momentos, incluso algunos de los propios protagonistas del hallazgo dejaron frases que ampliaron todavía más la intriga. Paulina Zelitsky llegó a decir que se trataba de “una estructura realmente maravillosa que parece que podría haber sido un gran centro urbano”, aunque al mismo tiempo advirtió que “sería totalmente irresponsable afirmar qué es antes de tener pruebas”. Esa doble postura, entre entusiasmo y prudencia, marcó desde el principio la tensión central del caso.
El mayor obstáculo para la teoría de una ciudad construida por humanos aparece cuando se baja del asombro a la geología. El sitio está a unos 600 a 650 metros de profundidad, y esa cifra cambia por completo el razonamiento. Según la explicación citada del geólogo Manuel Iturralde, para que una estructura artificial hubiera descendido hasta ese nivel tendría que tener al menos 50.000 años, una cronología que choca de frente con la hipótesis de una ciudad de apenas 6.000 años.
A esa dificultad se suma otra igual de decisiva: la naturaleza puede producir formas que, a simple vista, parecen diseñadas. El artículo recuerda que distintos expertos insisten en que ciertos procesos geológicos son capaces de generar patrones geométricos llamativos sin intervención humana. En otras palabras, lo que en las imágenes parece orden, repetición o simetría no necesariamente implica arquitectura; también puede ser el resultado de fracturas, sedimentación o erosión.
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Ese argumento gana fuerza cuando se lo compara con otros casos que pasaron por debates similares. Las formaciones de Yonaguni, en Japón, fueron leídas durante años como posibles restos de una civilización antigua, aunque buena parte de la comunidad científica las considera producto de procesos naturales. Algo parecido ocurrió con el llamado “camino de baldosas amarillas” hallado en el Pacífico, que terminó siendo explicado como una formación generada por fracturas en roca volcánica.
Otro dato que enfría la idea de una ciudad perdida es que las investigaciones posteriores quedaron prácticamente detenidas antes de 2005. Esa falta de estudios más profundos, de excavaciones sistemáticas o de nuevas campañas oceanográficas dejó al caso suspendido en una zona de incertidumbre donde sobran imágenes sugestivas, pero faltan pruebas concluyentes. Y en arqueología, como en ciencia, una forma llamativa no alcanza para sostener una afirmación extraordinaria.
Por eso, más de dos décadas después del hallazgo, la llamada “ciudad sumergida” de Cuba sigue existiendo más como un enigma de internet que como una certeza histórica. Las imágenes continúan alimentando la imaginación colectiva porque reúnen todos los ingredientes del mito perfecto: profundidad extrema, antigüedad posible y geometrías que parecen demasiado ordenadas. Pero con la evidencia disponible hasta hoy, lo que hay en el fondo del Caribe sigue siendo un misterio visual, no una ciudad probada por la ciencia.














