
El Millonario superó 3-1 al Tiburón en el Monumental, dejó atrás la caída en el Superclásico y quedó a un punto del líder de su grupo.

Aldosivi no tuvo necesidad de tirar la red como en el Puerto de Mar del Plata. River cayó en la trampa solito y, aunque terminó ganando, casi queda capturado en una noche que volvió a dejar más preguntas que certezas. En un partido que aparecía ideal para imponer condiciones, recuperar autoridad y cambiar la imagen después de la derrota en el clásico ante Boca, el equipo de Eduardo Coudet volvió a mostrar una versión desteñida. Ganó, sumó y dio un paso importante desde lo numérico, pero en el juego sigue sin convencer. Incluso ante el único rival que todavía no ganó en el Apertura y que, con orden y paciencia, estuvo cerca de igualarlo sobre el final.
Los tres puntos le permitieron al Millonario dejar prácticamente sellada la localía para el inicio de los Playoffs, pero la sensación general fue de gusto a poco. El gol de Facundo Colidio apareciendo como #9, el festejo de Kendry Páez y algunos pasajes de Marcos Acuña fueron de lo poco rescatable en una noche que el Monumental esperaba vivir con mayor tranquilidad. La victoria sirvió para acomodar la tabla, pero no para disipar las dudas de un equipo que continúa alternando resultados positivos con rendimientos que no terminan de sostener la ilusión.


El arranque pareció marcar el camino. River tuvo un 78% de posesión en el primer cuarto de hora, jugó casi siempre en campo rival y ocupó los últimos 50 metros de la cancha con comodidad. Los laterales encontraron espacios por el planteo 5-3-2 de Israel Damonte, que aceptó defender bajo y esperar su oportunidad. Sin embargo, ese dominio territorial no se tradujo en profundidad. El equipo movió la pelota, pero lo hizo de manera previsible, con poca sorpresa y sin peso real en el área. La ausencia de Sebastián Driussi, lesionado, volvió a sentirse en un ataque que extraña un referente capaz de fijar centrales, atacar los espacios y resolver dentro del área.
Para Aldosivi, el trámite era negocio. El Tiburón no necesitaba desesperarse ni modificar su libreto. Le alcanzaba con mantener el orden, cerrar caminos interiores y apostar a que el partido se hiciera largo. Y eso, en un Monumental cada vez más impaciente, empezó a jugar a su favor. Los murmullos bajaban desde las tribunas cada vez que River retrocedía la pelota o elegía un pase lateral en lugar de acelerar. El equipo de Coudet tenía la pelota, pero no el control emocional del partido. Dominaba la escena, aunque sin transmitir autoridad.
OTRAS NOTICIAS:
El gol de Giuliano Galoppo llegó de una manera tan extraña como oportuna. Hubo una falta previa sobre Rochi González que ni Nicolás Ramírez ni el VAR sancionaron, y la jugada siguió hasta terminar en un remate de Colidio que Werner alcanzó a despejar. La pelota rebotó en Galoppo y terminó en la red. El mediocampista, uno de los silbados en la previa, casi se enteró de que había convertido cuando vio la pelota adentro del arco. Fue un desahogo para él y para el equipo, pero también una muestra del desconcierto que atravesaba a River: ni siquiera el gol nació de una acción limpia, elaborada o convincente.
Ese tanto, justo antes del cierre del primer tiempo, invitaba a pensar que el equipo del Chacho se iba a soltar en el complemento. Con la ventaja a favor, ante un rival golpeado y obligado a salir un poco más, el escenario parecía listo para que River acelerara, encontrara espacios y liquidara el partido. Pero ocurrió lo contrario. El equipo volvió a apagarse, no logró imponer ritmo y permitió que Aldosivi empezara a sentirse cómodo. La ventaja no potenció al local: lo volvió más pasivo. Y esa imagen colectiva deslucida terminó resaltando aún más al único futbolista que jugó con otra intensidad: Marcos Acuña.
El Huevo fue, otra vez, el jugador más claro de River. Con la pelota, tomó mejores decisiones que el resto. Sin ella, contagió empuje. Fue profundo cuando el equipo se hacía lento, fue agresivo cuando el partido pedía carácter y fue el único que pareció interpretar la idea que pregona Coudet desde el discurso: un equipo intenso, vertical y protagonista. No casualmente, fue también el único que despertó aplausos masivos en el Monumental. Su rendimiento contrastó con la floja noche de varios compañeros, entre ellos un Maxi Salas que sigue sin aparecer, un Galoppo que más allá del gol continúa lejos de su mejor versión y un funcionamiento general que volvió a quedar en deuda.
Aldosivi, que percibió la fragilidad del local, empezó a morder más arriba y encontró premio. El centro preciso de Fernando Román, quien luego casi convierte el 2-2 parcial, encontró a Tomás Fernández para marcar el empate y encender todas las alarmas en Núñez. El 1-1 no fue un accidente aislado: fue la consecuencia de un River que no supo cerrar el partido cuando tenía todo para hacerlo. El golpe volvió a activar la impaciencia del público y el “movete, River movete” bajó otra vez desde las tribunas como síntoma de una relación que, aun con victorias, sigue atravesada por la desconfianza.
OTRAS NOTICIAS:
En ese contexto, Juan Cruz Meza volvió a ingresar con energía y casi cambia la historia con un remate que sacudió el travesaño de Werner. Su aparición le dio a River algo de frescura y rebeldía, dos elementos que el equipo necesitaba con urgencia. Pero la jugada decisiva volvió a tener a Acuña como protagonista. El lateral abrió la cancha, encontró la descarga justa y la pelota terminó en un buscapié de Moreno que Facundo Colidio empujó como centrodelantero. Fue un gol a lo Driussi, no solo por la ubicación en el área, sino también por el festejo, que pareció un guiño al delantero ausente y una forma de descomprimir una noche que se había vuelto incómoda.
El cierre de Kendry Páez le puso una sonrisa final al marcador. Su definición para el 3-1 sirvió para decorar el resultado, levantar al público y darle al triunfo una diferencia que no reflejó del todo el desarrollo. River ganó por dos goles, pero no dominó con la autoridad que el contexto pedía. El resultado fue más amplio que el rendimiento. Y ahí aparece la contradicción que acompaña al equipo de Coudet: suma, se acomoda, compite y encuentra respuestas individuales, pero todavía no logra construir una identidad colectiva sólida.
La noche terminó con aplausos, pero también con una sensación evidente de deuda. River hizo lo que tenía que hacer desde la tabla, aunque no desde el juego. Venció a un rival débil, aseguró un objetivo importante y encontró goles en momentos clave, pero volvió a quedar expuesto cada vez que el partido le pidió fluidez, profundidad y carácter sostenido. Para encarar los Playoffs con aspiraciones serias, necesitará mucho más que resultados. Necesitará juego, convicción y una versión capaz de convencer no solo al marcador, sino también a un Monumental que celebra, pero ya no perdona una.















