
Defenderse del frío consume energía de reserva y el cuerpo prioriza la supervivencia
Actualidad26/04/2026
REDACCIÓNEl sistema inmunológico gasta recursos críticos en fabricar anticuerpos y reparar tejidos. Especialistas advierten que el estrés crónico desactiva las defensas.

Fabricar anticuerpos y reparar tejidos no es un proceso gratuito para el organismo, sino una tarea que demanda un altísimo consumo energético. Cuando el frío se instala en la región y el cuerpo entra en déficit por saltearse comidas o sostener dietas restrictivas, la biología cambia sus prioridades de manera automática para garantizar las funciones vitales. “El cuerpo prioriza sobrevivir en lugar de optimizar defensas”, advierten los nutricionistas ante la llegada de la temporada de mayor exposición a virus estacionales en el sur.
El centro de mando de esta resistencia se encuentra mucho más abajo de lo que se suele pensar, precisamente en el tracto gastrointestinal. El intestino aloja entre el 70% y el 80% de nuestras células inmunitarias, funcionando como la verdadera aduana del cuerpo frente a las amenazas externas que ingresan con el alimento. Mantener este ecosistema microbiano equilibrado permite no solo bloquear patógenos, sino también entrenar al sistema para que su respuesta sea precisa y no una reacción alérgica exagerada.
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La mirada tradicional de la inmunidad como un muro estático está siendo reemplazada por la idea de una red de comunicación inteligente y constante. No se trata simplemente de tener las defensas "altas", lo cual podría derivar en procesos inflamatorios, sino de lograr que el sistema esté debidamente regulado para reaccionar solo cuando existe un peligro real. “El concepto no es estimular la inmunidad, es modular la inmunidad”, señalan los especialistas al diferenciar entre una respuesta eficaz y una hiperactividad del sistema que genera inflamación crónica de bajo grado.
El gran saboteador de este equilibrio en la vida moderna es el estrés crónico, un estado de alerta sostenido que eleva los niveles de cortisol en sangre de manera permanente. A diferencia del estrés adaptativo de corto plazo, la preocupación constante por las obligaciones diarias mantiene encendido un interruptor de emergencia que termina por desgastar el cerebro y el cuerpo. Esta carga acumulada disminuye drásticamente la proliferación de linfocitos T, que son los patrulleros encargados de detectar y eliminar virus del organismo.
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Este fenómeno impacta con especial dureza en el desarrollo infantil, donde los entornos de alta exigencia y horarios eternos pasan una factura biológica silenciosa pero costosa. El cortisol elevado en los niños no solo debilita sus defensas naturales, sino que altera sus procesos metabólicos y puede comprometer su capacidad de aprendizaje a largo plazo. Sostener rutinas cuidadas en el hogar se vuelve entonces una herramienta de salud tan importante como una alimentación equilibrada para evitar que los cuadros virales se vuelvan recurrentes.
Para acompañar esta regulación, la medicina integrativa destaca el uso del reishi, un hongo medicinal que actúa como un estabilizador del sistema inmunológico sin los efectos secundarios de los fármacos. Su función técnica es la inmunomodulación, lo que significa que ayuda al cuerpo a encontrar su centro regulando tanto la falta de respuesta como el exceso de alerta. “El sistema inmunológico repara, regula y comunica la recuperación desde la raíz del problema”, explican los investigadores sobre esta capacidad de restaurar la armonía interna.
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La construcción de este escudo biológico requiere piezas fundamentales que el cuerpo no puede fabricar por sí solo, como el hierro, el zinc y las proteínas. Sin aminoácidos de calidad, es imposible que la biología genere anticuerpos nuevos, dejando al organismo vulnerable ante la primera ráfaga de viento helado de la temporada. El zinc, en particular, es el encargado de mantener la integridad de las mucosas de la nariz y los pulmones, funcionando como la barrera física que detiene a los microorganismos antes de que logren entrar al torrente sanguíneo.
En la Patagonia, la reducción de las horas de luz solar durante el otoño y el invierno hace que la deficiencia de vitamina D sea un problema de salud pública frecuente. Esta hormona inmunomoduladora es clave para que las células T no reaccionen de forma exagerada y para modular la respuesta inflamatoria general del cuerpo. Corregir estos niveles bajos mediante una exposición responsable y una ingesta consciente es una estrategia biológica básica para enfrentar la estacionalidad en estas latitudes.
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El cambio de ritmo que propone el otoño invita a sintonizar una mayor escucha del propio cuerpo y a priorizar el descanso de calidad. La salud no responde a una pastilla aislada ni a una fórmula mágica de último momento, sino a la coherencia de los hábitos que se sostienen día tras día. Elegir la pausa y gestionar las emociones son actos de prevención revolucionarios que permiten que la biología encuentre la calma necesaria para reparar sus tejidos y defenderse con éxito.
Fuente: LA NACION.








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