Por qué el locro volvió a llenar las mesas y qué lo convirtió en mucho más que un guiso

Otros Temas30/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Cada 1° de mayo, el plato aparece en todo el país con distintas versiones. Detrás de la olla hay historia, identidad y una receta que cambia según la región.

No existe una única receta, sino una base común que se adapta según la región.
No existe una única receta, sino una base común que se adapta según la región.

El aroma del locro vuelve a instalarse cada año en las cocinas argentinas cuando llega el Día del Trabajo. No es una casualidad ni una costumbre aislada, sino el resultado de una tradición que se consolidó con el tiempo y que conecta la comida con la historia social del país. En muchas casas, el ritual empieza horas antes y termina en una mesa compartida.

La presencia del locro en fechas como el 1° de mayo no responde solo a una elección gastronómica. El plato se transformó en un símbolo que combina lo popular con lo colectivo, especialmente por su origen como comida de olla, pensada para rendir y alimentar a muchos. Ese vínculo con el trabajo le dio un lugar particular dentro de las celebraciones.

Durante el siglo XX, el locro se consolidó como uno de los platos más representativos de las fechas patrias. Desde entonces, su presencia se repite en jornadas como el 25 de mayo, el 9 de julio y el Día del Trabajo, donde su preparación se asocia a encuentros familiares o comunitarios.

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La historia de este guiso también explica su diversidad. No existe una única receta, sino una base común que se adapta según la región y la disponibilidad de ingredientes. El maíz blanco, el zapallo y los porotos forman parte de ese núcleo, al que se suman distintos cortes de carne o variantes según el lugar.

En el noroeste argentino, la versión tradicional incorpora maíz pisado, costilla de cerdo, cuero y chorizo colorado. El zapallo plomo le aporta el color amarillo característico, que identifica a ese estilo. En otras regiones, las combinaciones cambian y suman ingredientes propios.

Por ejemplo, en Cuyo es frecuente el uso de oreja de cerdo o pezuñas, mientras que en el litoral se agregan mandioca y batata. Estas diferencias reflejan cómo cada zona adaptó el locro a su propia cultura alimentaria sin perder la esencia del plato.

También existen variantes que surgieron en contextos más difíciles. En algunas zonas de Salta se prepara el llamado huaschalocro, una versión sin carne que responde a momentos de escasez. Su nombre proviene del quechua y significa “locro pobre”, lo que marca su origen.

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Otro elemento que no falta es la salsa picante conocida como quiquirimichi. Se sirve aparte y permite que cada persona ajuste el sabor según su preferencia. Está hecha con aceite, pimentón, ají molido y cebolla de verdeo, y completa la experiencia del plato.

La preparación del locro mantiene un proceso que requiere tiempo y paciencia. El maíz y los porotos se remojan desde la noche anterior, mientras que las carnes se cortan y se cocinan en etapas para lograr la textura adecuada. La cocción lenta permite que los ingredientes se integren y el guiso adquiera consistencia. El paso final incluye la incorporación del zapallo y los condimentos, que terminan de definir el sabor. El resultado es un plato espeso y caliente, pensado para compartir y adaptarse a cada mesa.

Más allá de la receta, el locro se convirtió en una forma de identidad. Según el historiador Daniel Balmaceda, los cambios sociales y la inmigración impulsaron, hacia 1930, el regreso de comidas típicas como una manera de reconectar con las tradiciones. Así, lo que empezó como un guiso regional terminó ocupando un lugar central en la cultura argentina. Hoy, cada olla que se enciende en una fecha patria repite una historia que mezcla pasado, presente y comunidad.

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