“Todas las noches busco tres estrellas en el cielo y les digo que las amo”, el sobreviviente que relató el horror

Actualidad10/05/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

A 15 meses de su liberación, Yarden Bibas rompió el silencio. El sobreviviente del kibutz Nir Oz relató el peso de habitar el "paraíso" que planeó con Shiri, la maestra argentina, mientras su cabeza sigue atrapada en la última mañana que los vio con vida.

Momento del secuestro de la familia bibas
Momento del secuestro de la familia bibas

La vida en las Alturas del Golán debería haber sido el refugio soñado para la familia Bibas, un plan de mudanza hacia el norte verde que Yarden y su esposa, la argentina-israelí Shiri Bibas, imaginaron mucho antes del horror. Hoy, Yarden habita finalmente ese paisaje, pero lo hace en una soledad que define como insoportable. Tras pasar 484 días en los túneles de Gaza y quedar en libertad hace más de un año, el sobreviviente confesó que el verdadero suplicio no fue el encierro físico, sino el vacío absoluto de la libertad actual: “Lo más terrible no fue ese cautiverio, el infierno es vivir ahora sin ellos”.

El peso de la mirada ajena se volvió uno de los obstáculos más difíciles de sortear en su nueva cotidianeidad. Para Bibas, las interacciones sociales más simples, como el habitual saludo de cortesía, representan un choque violento con su realidad interna. Admitió que cuando le preguntan cómo se siente, la respuesta sincera es “para la mierda”, pero la convención social lo empuja a una “sonrisa forzada” o a una respuesta evasiva. “Esa pregunta me obliga a mentir o a ponerme a mentirle al que me pregunta o mentirme a mí mismo”, explicó sobre el agotamiento mental de fingir una recuperación que no llega.


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La reconstrucción de su historia personal tuvo un momento de quiebre cuando, ya en libertad, vio por primera vez la fotografía que el mundo entero conoció horas después del ataque: Shiri, aterrada, abrazando a sus dos hijos, Ariel y Kfir, mientras los terroristas la rodeaban. Al ver esa imagen, el corazón de Yarden se fragmentó definitivamente al reconocer que esa mujer no era la Shiri a la que él había “jurado hacer sonreír por el resto de mi vida”. La viralización de su dolor íntimo se convirtió en un registro público de una promesa que el terrorismo le impidió cumplir.

El 7 de octubre de 2023, en medio del asalto al kibutz Nir Oz, Bibas intentó una maniobra de entrega voluntaria con la esperanza de que los atacantes dejaran en paz a su familia. En ese instante surrealista, rodeado de hombres armados, recordó una promesa matrimonial: nunca irse de casa enojado ni sin despedirse con un beso. Ante la inminencia de la separación, le pidió a uno de los terroristas un segundo de tregua: “Espere. Necesito darles un beso a mi esposa y mis hijos”. Ese contacto fugaz fue, sin saberlo, el cierre de su vida compartida.


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Durante los 16 meses que pasó en Gaza, Yarden fue sometido a una guerra psicológica constante. Dos meses después de su captura, sus captores le aseguraron que Shiri y los niños habían muerto en un bombardeo, obligándolo incluso a grabar un video de propaganda. Sin embargo, su instinto de supervivencia se alimentó de la sospecha de que los terroristas mentían. Para intentar descifrar la verdad, “comencé a aprender su idioma para entender cuándo mentían y cuándo no”, un esfuerzo intelectual que lo mantuvo en pie hasta que el canje de rehenes en febrero de 2025 le devolvió la libertad.

La confirmación del desenlace fatal llegó apenas veinte días después de su liberación, cuando Hamas entregó los restos de su familia. Desde entonces, el tiempo dejó de ser un aliado para convertirse en una carga que erosiona su presente. Citando una canción del estadounidense Zakk Wylde, Yarden reflexionó sobre la distancia irreversible que impone cada nuevo día: “Señor, yo solo estoy matando el tiempo, pero el tiempo me está matando a mí”. Según sus palabras, cada minuto de ausencia se cobra una parte de su propia vida.


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Para mitigar la “guerra interna” que se desata en su cabeza cada noche, Bibas desarrolló un hábito silencioso al anochecer. Busca en el firmamento tres luces específicas que le devuelven, por un instante, la sensación de cercanía. “Todas las noches busco tres estrellas en el cielo y les digo que las amo”, relató. Ese segundo de calma, donde siente que Shiri, Ariel y el pequeño Kfir están presentes, es el único consuelo que encuentra en un mundo que sigue exigiéndole respuestas que no tiene.

Mientras él intenta sobrevivir en el Golán, su antigua casa en Nir Oz permanece como un museo del horror que no puede habitar. Ver la habitación de su hijo Ariel, de apenas 4 años, acribillada por los balazos en las paredes, es un ejercicio de memoria que lo devasta. La mudanza que planeó con su esposa se concretó, pero de una forma que nunca imaginaron: con él refugiado en la casa de su hermana Ofri, intentando procesar un duelo que no tiene cierre administrativo ni emocional.

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