
Un asteroide pasa cerca de la Tierra en estas horas, pero no puede ser medido por fallas en radares
Actualidad18/05/2026
REDACCIÓNLa inoperatividad de grandes antenas planetarias limita la capacidad científica para medir riesgos ante la roca 2026JH2, que este lunes cruza cerca de la Tierra.

La red de radares planetarios encargada de monitorear las amenazas espaciales directas exhibe deficiencias operativas estructurales profundas en la actualidad. Las agencias científicas perdieron herramientas críticas de seguimiento tras el colapso absoluto del mítico radiotelescopio de Arecibo ocurrido a finales del año 2020. A este vacío instrumental se añade la parálisis de la antena Goldstone de la NASA, instalación que permanece inactiva con el propósito de recibir reparaciones mayores de larga duración.
La falta de este equipamiento estratégico reduce drásticamente las chances de los astrónomos para calcular con exactitud la trayectoria de los cuerpos celestes que se desplazan por la periferia de la Tierra. El profesor de Ciencias Terrestres, Planetarias y Espaciales de la Universidad de California en Los Ángeles, Jean-Luc Margot, advirtió sobre la indefensión en la que se encuentra la infraestructura de control civil. En sus declaraciones escritas, el especialista remarcó de forma categórica que “sin datos de radar, nuestra capacidad para evaluar el riesgo de impacto disminuye, lo que nos hace más vulnerables ante la amenaza de una colisión”.


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Las grietas informáticas del sistema terrestre coinciden con el paso de una roca espacial descubierta hace escasos días por los programas de rastreo óptico automatizados. El asteroide bautizado técnicamente como 2026JH2 registrará su momento de máxima aproximación planetaria durante las últimas horas de la tarde de este lunes. La trayectoria estimada por la Base de Datos de Cuerpos Pequeños de la NASA ubica el pasaje a una distancia fija de 91.593 kilómetros de la corteza terrestre.
El recorrido proyectado por los astrofísicos equivale apenas a un cuarto de la distancia media total que separa de forma regular a nuestro planeta de la órbita de la Luna. La roca transita a poco más del doble de la altura en la cual operan cotidianamente cientos de satélites geoestacionarios dedicados a las telecomunicaciones globales y los pronósticos climatológicos. Los astrónomos integraron al objeto dentro de la familia denominada Apolo, un conjunto de cuerpos celestes que orbitan alrededor del Sol siguiendo líneas de tránsito que se cruzan de manera periódica con la propia órbita terrestre.
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La recolección de información certera sobre el volumen de la masa espacial se encuentra empantanada debido a las limitaciones tecnológicas intrínsecas que arrastran los lentes de los telescopios ópticos terrestres. Los sensores lumínicos tradicionales recopilan de forma exclusiva la luminosidad del cuerpo en el espectro visible, impidiendo determinar si la luz es absorbida o devuelta por la superficie mineral. El astrofísico francés Patrick Michel detalló que “ante una misma luminosidad, un objeto puede ser más grande y oscuro, o más pequeño y reflectante”, especificando que resolver la incógnita requiere mediciones infrarrojas de alta complejidad.
Las suposiciones matemáticas sobre el porcentaje de radiación reflejada fijan un tamaño estimado que oscila en un rango de entre 15 y 30 metros de diámetro total. Si la roca se ubicara en el extremo inferior del cálculo, su envergadura igualaría al bólido que estalló sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk en 2013, provocando mil heridos e innumerables estallidos de vidrios residenciales. En contrapartida, de alcanzar el límite superior, su potencia evocaría al cuerpo celeste que en 1908 destruyó grandes extensiones de bosques nativos en las cercanías del río Tunguska, en la estepa de Siberia.
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A pesar de las alarmantes comparaciones con catástrofes históricas, los modelos físicos confirman que la roca descarte por completo la posibilidad de atravesar las capas superiores de la atmósfera terrestre. Los científicos descartan cualquier posibilidad de estallido o fragmentación contra el suelo, convirtiendo el suceso en un mero acontecimiento de observación para las academias astronómicas. El creador de la Escala de Torino y profesor del MIT, Richard Binzel, transmitió tranquilidad total mediante un escrito oficial al confirmar que “el 2026JH2 pasará cerca de la Tierra sin representar peligro alguno”.
Los programas de vigilancia y rastreo espacial desarrollados recientemente en el hemisferio norte logran detectar cuerpos de dimensiones acotadas que antes transitaban de forma invisible. Los astrónomos del programa Mount Lemmon Survey, con asiento operativo en la ciudad norteamericana de Tucson, divisaron el elemento el pasado 10 de mayo tras detectar su reflejo en el espectro visible. Binzel aclaró que el paso de masas del tamaño de un automóvil resulta semanal, mientras que las dimensiones de un autobús escolar cruzan nuestra vecindad planetaria varias veces al año.
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La procedencia original de la materia espacial se localiza en el cinturón de asteroides situado en el espacio intermedio que separa a los planetas de Marte y Júpiter. Las colisiones internas y las poderosas fuerzas gravitatorias del gigante gaseoso alteran de forma periódica las órbitas y arrojan los fragmentos residuales hacia las inmediaciones de la Tierra. El inventario de la comunidad científica abarca actualmente una fracción insignificante cercana al 1% del total de rocas espaciales que se desplazan bajo estas características de volumen.
















