
Especialistas explican cómo la ansiedad, el pensamiento mágico y la identidad futbolera sostienen rituales que se repiten durante el Mundial.

La camiseta elegida, el lugar del sillón y hasta la comida antes del partido pueden convertirse en una rutina intocable cuando juega la Selección Argentina. Millones de hinchas repiten gestos que no modifican el resultado, pero sí cambian la forma de atravesar la espera. En cada Mundial, esas pequeñas escenas domésticas vuelven a ocupar un lugar central dentro del folclore futbolero argentino.
El fenómeno se intensifica en partidos como el de esta noche ante Jordania, por la tercera fecha de la fase de grupos del Mundial 2026. No importa si la lógica indica que una prenda, una silla o un mate no pueden influir en el marcador. Para muchos hinchas, alterar esa secuencia equivale a romper una protección imaginaria frente a lo imprevisible.


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La explicación aparece en la necesidad de sentir algún margen de control. El médico psiquiatra y psicoanalista José Abadi definió las cábalas como “una expresión del pensamiento mágico, en el cual la fantasía que se pone en práctica es la de poder controlar lo que va a suceder”. En esa lectura, prender la misma luz o sentarse siempre en el mismo lugar funciona como una respuesta emocional ante la incertidumbre.
La doctora en Psicología María Roca, directora de INECO Organizaciones, ubicó el fenómeno dentro de una reacción humana ante situaciones que generan tensión. “La cábala es una forma de recuperar algo de control percibido. No es una conducta patológica, es una respuesta humana ante situaciones de incertidumbre”, explicó. El hincha no maneja el partido, pero el ritual le permite sentir que no queda completamente afuera de lo que ocurre.
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La médica psiquiatra y psicoanalista Daniela Licciardi, del Hospital Italiano, sumó una mirada desde el psicoanálisis. “La cábala aparece para ocupar un lugar mágico, regresivo e infantil, devolviéndonos la omnipotencia del control absoluto. Se activa el pensamiento mágico: la creencia de que podemos torcer el destino desde el living de casa”, señaló. Esa frase resume una escena repetida en muchas casas: el espectador busca participar del juego sin estar dentro de la cancha.
El fútbol potencia esas conductas porque no se vive como un entretenimiento cualquiera. Roca sostuvo que “el fútbol es parte de la identidad de los argentinos: de nuestra memoria autobiográfica, de nuestra memoria colectiva y de lo que nos identifica como grupo”. Por eso, cuando juega la Selección, la emoción personal se mezcla con una pertenencia compartida que atraviesa generaciones.
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Licciardi coincidió con esa idea al afirmar que para los argentinos “el fútbol no es un mero entretenimiento; opera como un rasgo de identidad colectiva y un potente organizador social”. La Selección funciona como un espacio donde se proyectan expectativas, frustraciones y deseos de éxito compartido. Esa carga simbólica vuelve más intensa cualquier práctica que prometa, aunque sea de manera ilusoria, acompañar al equipo.
Abadi también vinculó el Mundial con una expectativa colectiva más amplia. El especialista planteó que la competencia “implica y pone en juego la competitividad, la realización de los deseos y sueños de éxito y de triunfo en un país que muchas veces padece justamente su ausencia”. En ese marco, cada partido puede impactar en la autoestima social, más allá del resultado deportivo en sí mismo.
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La neurociencia ayuda a entender por qué incluso personas muy racionales sostienen rituales que saben improbables. Roca explicó que “desde la neurociencia sabemos que el cerebro opera con dos sistemas en paralelo. Uno es rápido y automático, y actúa sin que nos demos cuenta. El otro es más lento y analítico — el que razona y evalúa”. Esa convivencia entre emoción y razonamiento permite que alguien descrea de la cábala, pero igual no se anime a romperla.
El cerebro también refuerza esas asociaciones cuando dos hechos ocurren cerca en el tiempo. Si una persona usa una camiseta y Argentina convierte un gol, puede registrar esa coincidencia como relevante, aunque no exista una relación causal. Roca advirtió que “no porque haya una relación causal real, sino porque pasaron juntas en el tiempo”, y ese registro alcanza para sostener el ritual en el siguiente partido.
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El sesgo de confirmación termina de cerrar el círculo. “El gol que se hizo cuando llevábamos puesta la camiseta se recuerda con nitidez. La derrota con la misma camiseta no la registramos con igual facilidad”, señaló Roca. Abadi lo vinculó con el “olvido selectivo”, porque la memoria conserva con más fuerza aquello que confirma el deseo de creer que la cábala funcionó.
Por eso, las cábalas sobreviven aunque no resistan una explicación racional. Ordenan la ansiedad, refuerzan la pertenencia y ofrecen una ilusión de participación en un acontecimiento que nadie controla desde su casa. La consecuencia pendiente aparece cada vez que vuelve a rodar la pelota: romper el ritual puede ser tan difícil como mirar el partido sin sentir que algo propio también se juega.


















