Especialistas advierten sobre el impacto del TDAH en la identidad de los adultos

Actualidad08/07/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La falta de diagnóstico temprano en el trastorno por déficit de atención e hiperactividad genera historias de fracasos y una imagen negativa de sí mismos.

TDAH en adultos. Foto Magnific
TDAH en adultos. Foto Magnific

Muchos adultos llegan a los consultorios tras años de atravesar dificultades académicas, laborales y sociales sin una explicación clara. El diagnóstico suele aparecer recién cuando las demandas de la vida cotidiana superan las estrategias de compensación desarrolladas desde la infancia. Según la neuropsicóloga María José García Basalo, la ausencia de una explicación genera una historia de fracasos reiterados. «Soy vago», «soy un desastre», «soy irresponsable», «no termino nada» o «tengo potencial, pero no sirvo» son frases que suelen repetirse entre quienes aún no saben que tienen TDAH.

En el plano educativo, el trastorno se manifiesta con bajo rendimiento, cambios de carrera y deserción universitaria. En el ámbito laboral, las personas presentan dificultades para organizar tareas, cumplir plazos o manejar múltiples responsabilidades simultáneas. Por otra parte, en las relaciones personales suelen surgir conflictos vinculados con la impulsividad y la regulación emocional.


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El TDAH afecta principalmente las funciones ejecutivas, que son las habilidades para organizar la conducta, planificar, administrar el tiempo y priorizar tareas. En la adultez, el motivo de consulta rara vez es la hiperactividad motora, sino una sensación permanente de «hiperactividad mental». Además, la especialista García Basalo destaca que es frecuente que el trastorno coexista con ansiedad y depresión.

Para el médico psiquiatra Christian Plebst, una clave del diagnóstico es reconstruir la historia del paciente desde la infancia. El especialista explica que debe existir el antecedente de síntomas que no fueron identificados o que no contaban con los recursos necesarios para ser diagnosticados en ese momento. Por eso, recomienda realizar una evaluación neurocognitiva de funciones ejecutivas y descartar otras causas médicas.


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El estrés crónico, las dificultades familiares o incluso algunas enfermedades médicas pueden producir manifestaciones similares a la desatención. Plebst advierte que «ningún cerebro estresado aprende bien ni se desarrolla bien». Por este motivo, el diagnóstico debe construirse a partir de una evaluación integral que incluya la trayectoria escolar y la historia clínica detallada.

El neurólogo infantil Esteban Vaucheret Paz señala que muchas mujeres nunca presentan el perfil del «chico inquieto» que no puede quedarse sentado. Estas personas eran chicos tranquilos que se distraían, se desorganizaban o necesitaban un enorme esfuerzo para sostener la atención. Al no generar conflictos evidentes, estas dificultades pasaban inadvertidas durante años gracias al apoyo del entorno.


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Muchos pacientes logran funcionar gracias al acompañamiento de familias presentes y docentes que apoyan los procesos de aprendizaje. Sin embargo, esto suele ocurrir a un costo enorme de más cansancio, ansiedad y baja autoestima. El diagnóstico muchas veces aparece recién cuando aumentan las exigencias de la vida adulta.

Existen creencias extendidas que dificultan el diagnóstico, como pensar que el trastorno desaparece con la edad o que recibir una etiqueta impide el tratamiento. Vaucheret Paz aclara que el diagnóstico permite comprender qué ocurre y acceder a estrategias para afrontar las dificultades cotidianas. El diagnóstico no es una etiqueta, sino una herramienta para entender por qué sostener tareas cotidianas requería un esfuerzo mayor.


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Una vez obtenido el diagnóstico, los especialistas coinciden en que este representa un punto de inflexión para el paciente. Comprender el origen de las dificultades permite dejar atrás años de culpa o frustración y comenzar un tratamiento adecuado. Este abordaje combina estrategias de organización, psicoeducación, acompañamiento psicológico y, cuando está indicado, medicación.

Fuente: LA NACION.

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