
Una historiadora analiza las raíces del racismo en Argentina y el mito del “crisol de razas”
Actualidad26/07/2026
REDACCIÓNLa especialista Milena Acosta repasó el impacto de la inmigración masiva, la vigencia de estigmas coloniales y el rol de la educación pública como herramienta para contrarrestar las desigualdades fundacionales del país.

En medio del debate sobre la identidad nacional, la historiadora Milena Acosta atribuyó la difusión de una imagen de Argentina como país racista al presente político. La experta señaló que el presidente actual «representa y exalta a la porción racista del país», la cual, según afirmó, efectivamente existe. Además, Acosta instó a esta porción de la sociedad a reflexionar sobre los motivos de sus pensamientos y acciones.
La especialista también apuntó contra «el nacionalismo negador de este racismo constituyente», al que criticó por sostener un excepcionalismo argentino. Según su análisis, esta postura «nos distancia de nosotros mismos, de los pueblos y colectivos que habitamos esta tierra y de nuestros vecinos». Este discurso, advirtió, forma parte de las tensiones políticas del presente que se reflejan en el debate actual.


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Acosta explicó que la idea del «crisol de razas» fue un imaginario impuesto desde la organización estatal para disolver las diferencias bajo una aparente identidad nacional única. Sin embargo, sostuvo que las propiedades de esas diferencias siguen activas. El discurso de «civilización versus barbarie» fue tan profundo que llevó a muchos colectivos a negar su propia historia como una estrategia de supervivencia.
El origen de estas dinámicas, según la historiadora, se remonta al orden colonial, donde la desigualdad era un principio legal. Este sistema consideraba al polo español, europeo y blanco como superior a lo indígena y africano. Dicha ideología fue la fuerza que movilizó las empresas de conquista y explotación en el continente.
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En el caso del Río de la Plata, este orden colonial era menos rígido por ser un margen del imperio, de acuerdo con Acosta. Posteriormente, el orden liberal que lo sucedió pretendió borrar las diferencias existentes sin haberlas reparado previamente. Este nuevo sistema político, por ejemplo, les revocó a las poblaciones indígenas el derecho colectivo a la tierra.
La promoción de la inmigración masiva durante el siglo XIX también se fundó en un principio de desigualdad. La especialista recordó que este proyecto fue concebido como un «transplante», donde la población europea fue nuevamente considerada superior a la local. Esto se reflejó en los beneficios para el acceso a la tierra, que no fueron los mismos para la población criolla.
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Acosta diferenció los distintos «barcos» que llegaron al territorio, incluyendo las jangadas, las carabelas, los navíos esclavistas y los trasatlánticos. A pesar del impacto mayúsculo de la inmigración de diversos orígenes, destacó una herramienta clave para la integración. Para la experta, la educación pública funcionó y aún funciona como un «vector de igualdad».
La historiadora enfatizó que esta institución «pudo y puede todavía contrarrestar esas diferencias», motivo por el cual consideró fundamental su defensa. Advirtió sobre un «ataque cada vez mayor» contra la educación pública y su desarticulación. Por esta razón, insistió en que es crucial «defenderla y seguir nutriéndola».
Las consecuencias de estas matrices sociales, tanto coloniales como republicanas, continúan vigentes en la actualidad, según la especialista. Los pueblos indígenas y las comunidades afroargentinas fueron reducidos a un lugar anecdótico en el relato histórico. En ese sentido, Acosta concluyó de manera contundente que «la pobreza en Argentina tiene color», vinculando las desigualdades raciales con la estructura social presente.














