
Jazmín De Francesco, la mujer que eligió el mar y construyó su vida en Playa Larralde
Chubut02/11/2026
REDACCIÓNA los 33 años, trabaja como pescadora artesanal y buzo marisquera junto a su pareja. Vive frente al golfo, enfrenta los riesgos del oficio y busca crecer profesionalmente sin alejarse de la pesca.



La vida de Jazmín De Francesco transcurre entre embarcaciones, inmersiones y jornadas condicionadas por el viento. A unos 80 kilómetros de Puerto Madryn, encontró en Playa Larralde el lugar donde quiere vivir y trabajar. Allí comparte con su pareja, Marcelo, una actividad que conoce desde chica y que hoy forma parte de su identidad.
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Su historia familiar está ligada a la pesca artesanal desde hace aproximadamente 30 años. Sus padres y tíos comenzaron con la pesca de costa, utilizando botes a remo, y luego incorporaron el buceo para recolectar mariscos. Con el paso del tiempo, cada familia consiguió su propia embarcación y sus permisos de pesca. Jazmín creció acompañando esas jornadas y aprendiendo los códigos de un oficio que requiere mucho más que conocer el mar.
A los 33 años, lleva cinco temporadas dedicada a la actividad junto a Marcelo del Río. Su primera experiencia fue con su padre, como ayudante en la embarcación. Apenas dos meses después comenzó a sumergirse para trabajar como buzo marisquera, una profesión que consiste en recolectar mariscos manualmente y de manera selectiva. «Empecé con él como su ayudante, el marinero. Así que yo lo ayudaba y dos meses después empecé a sumergirme», recordó.
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Hoy, la pareja tiene su casa en Playa Larralde y organiza buena parte de su vida alrededor de las condiciones del mar. No cuentan con servicios convencionales: utilizan paneles solares para obtener electricidad y una salamandra para calefaccionarse. La cercanía con Puerto Madryn, a una hora de viaje aproximadamente, les permite abastecerse y mantener el contacto con la ciudad, aunque reconocen que cada vez que regresan quieren volver a su tranquilidad.
El trabajo depende especialmente del clima y de las mareas. El viento norte suele complicar las salidas y puede dejar varios días sin actividad. Durante las jornadas de buceo, Jazmín utiliza trajes de neoprene de 16 milímetros y puede permanecer hasta una hora y media bajo el agua. Para trabajar con seguridad, establece su límite de profundidad en unos 20 metros, aunque actualmente encuentran vieiras entre los ocho y diez metros, una condición que facilita las tareas y permite aumentar el tiempo de recolección.
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La vieira es uno de los productos más buscados, especialmente durante la temporada que se extiende aproximadamente desde marzo hasta octubre o noviembre. También recolectan pulpo colorado, cholgas, mejillones, almejas y otros productos del golfo. En verano trabajan con cornalitos, pejerreyes y róbalos. Incluso recibieron un pedido de erizos para un chef, una experiencia que les permitió descubrir una posibilidad comercial que hasta entonces no contemplaban.
La organización del trabajo también exige una distribución precisa de responsabilidades. Marcelo es quien se especializa en la extracción de pulpos, mientras Jazmín se ocupa de la embarcación, sigue sus movimientos y controla que las tareas se desarrollen con seguridad. «Me encargo de la embarcación, de su seguridad, de asistirlo», explicó sobre una función que considera fundamental para el equipo. En las jornadas de mayor producción pueden sumar otro buzo para completar la carga.
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Detrás de cada salida existe un riesgo que no siempre se ve desde la costa. Jazmín contó que una de las situaciones más difíciles ocurrió cuando un buzo se quedó sin aire y ella tuvo que tomar decisiones desde la embarcación. También mencionó los encuentros con ballenas, que se acercan por curiosidad y pueden enredarse con los cabos del ancla. «En el buceo no se puede improvisar», sostuvo al explicar la preparación física y mental que requiere esta profesión.
El aprendizaje también incluyó enfrentar sus propios miedos. Durante sus primeros años, la experiencia fue una combinación de valentía y falta de conocimiento, según reconoció. Con el tiempo incorporó herramientas para controlar las situaciones difíciles y mencionó especialmente la meditación como una ayuda para resolver momentos de tensión bajo el agua. «Aprender a enfrentar mi miedo y aprender a resolver situaciones bajo el agua», resumió al recordar ese proceso.
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Otro aspecto que busca mejorar es la comercialización de los productos. Actualmente trabajan bajo pedido y trasladan la captura en camiones habilitados hasta plantas pesqueras de Puerto Madryn, donde se realiza el procesamiento correspondiente. Jazmín quiere encontrar alternativas que permitan acercar la producción directamente a los consumidores, con mercadería fresca y precios accesibles. Para eso considera necesario contar con acompañamiento y avanzar en una solución que contemple las particularidades de Playa Larralde, donde la falta de servicios y la condición de área natural protegida limitan la posibilidad de instalar una pequeña planta.
La realidad económica del oficio también forma parte de sus preocupaciones. Según explicó, quienes cuentan con una embarcación y un permiso habilitado tienen mayores posibilidades de sostener la actividad, mientras que para los buzos el ingreso muchas veces alcanza apenas para sobrevivir. «Quizás te permite sobrevivir, pero no progresar», señaló al describir las dificultades de una tarea que demanda preparación, equipamiento y una enorme responsabilidad.
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Mientras sostiene su trabajo en el golfo, Jazmín está terminando una formación en Prefectura para recibirse de marinera y auxiliar de máquinas. Su intención es ampliar sus conocimientos, adquirir experiencia y continuar vinculada al mundo de la pesca, aunque desde otro ámbito profesional. No piensa abandonar Playa Larralde ni la actividad que eligió hace cinco años. Por el contrario, busca sumar herramientas para construir un futuro con más posibilidades dentro del sector.
La convivencia con la naturaleza también implica responsabilidades cotidianas. Durante el verano reciben numerosos visitantes y procuran que quienes llegan se lleven sus residuos y respeten el entorno. Jazmín y Marcelo colaboran con la limpieza del lugar y conocen de cerca las consecuencias de la actividad humana sobre la costa. La tranquilidad que encontraron en ese rincón de la Patagonia también depende del cuidado de un ambiente que es su casa y su espacio de trabajo.
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Lejos del ritmo de la ciudad, Jazmín encontró una forma de vida que no había imaginado, pero que hoy siente propia. Puede pasar varios días en Puerto Madryn y extrañar la tranquilidad de la playa, el silencio y la rutina organizada alrededor del mar. «No me arrepiento, es una vida que elegí y estoy muy orgullosa de ser parte de la pesca», expresó. Su próximo paso estará ligado a la formación profesional, pero su historia seguirá teniendo como escenario el golfo y las aguas donde aprendió a trabajar.

















