
La presencia de tucuras en la meseta vuelve a condicionar la producción y activa trabajos conjuntos
Chubut21/12/2025
REDACCIÓN
La tucura sapo volvió a ocupar un lugar central en la preocupación de los productores de la meseta central de Chubut, donde su presencia impacta de forma directa sobre las pasturas naturales. El tema fue abordado en el programa “La voz de la meseta” por #LA17, a partir de una entrevista con el ingeniero agrónomo Sergio Binda, referente de la agencia de extensión INTA El Maitén, quien sigue el fenómeno en territorio desde hace varios años.
El especialista explicó que se trata de un insecto herbívoro autóctono de la Patagonia, cuya incidencia se vuelve problemática cuando se producen estallidos poblacionales que superan el umbral que el ambiente puede tolerar. En esos momentos, la tucura compite directamente con el pasto disponible para ovejas, cabras y vacunos, lo que agrava la situación productiva, especialmente en períodos de escasez hídrica.
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Desde el trabajo cotidiano en la zona, Binda señaló que el abordaje no se limita a una mirada técnica aislada, sino que se construye de forma integral y horizontal. En localidades como Cushamen, la problemática se analiza en mesas de trabajo que integran a productores, la comuna rural, INTA, Senasa y otros organismos, con el objetivo de coordinar acciones concretas y sostener un seguimiento permanente.
Uno de los aspectos que aún genera interrogantes es el origen de los nacimientos masivos. Según explicó el ingeniero, el ciclo de la tucura comienza cuando el insecto adulto deposita alrededor de 30 huevos bajo tierra, pero todavía no existe precisión científica sobre qué factores ambientales disparan eclosiones en grandes cantidades. “Temperatura, humedad y condiciones climáticas generales aparecen como variables posibles, pero faltan certezas”, indicó durante la entrevista.
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En condiciones normales, el ciclo de vida del insecto se extiende desde fines del invierno hasta el verano, con nacimientos que suelen iniciarse entre junio y julio y finalizar hacia febrero. Sin embargo, este año el comportamiento mostró diferencias. Binda describió que, ante la falta de forraje, muchas tucuras adultas no lograron prosperar y se observó una menor presencia de estadios juveniles, un dato que refuerza la influencia directa de los factores ambientales.
El impacto sobre la producción resulta evidente en los campos donde se registran nacimientos. El ingeniero explicó que, cuando el insecto se instala, consume el escaso pasto disponible, lo que repercute en el estado corporal de los animales. En el caso de la producción ovina, esto puede derivar en ovejas con bajo peso, dificultades en la lactancia y abandono de corderos, profundizando las pérdidas económicas.
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Frente a este escenario, el control de la plaga se apoya hoy en métodos químicos autorizados, aplicados de manera estratégica y bajo capacitación. Binda detalló que actualmente se utilizan productos como cipermetrina y cebos específicos aprobados por Senasa, mientras que otros insumos históricos quedaron fuera de uso por razones sanitarias y ambientales.
Un elemento central del trabajo es la detección temprana, donde el rol del productor resulta decisivo. “El poblador que recorre su campo sabe dónde están los nacimientos”, explicó el técnico, y remarcó que cuando la tucura se encuentra en estadios juveniles y agrupada, puede controlarse con muy poco producto, reduciendo riesgos y costos.
En los últimos ciclos también se incorporaron nuevas herramientas, como el uso de drones para la aplicación, que permiten agilizar tareas en zonas extensas, y prototipos de mochilas adaptadas como aspiradoras, pensadas para retirar insectos cerca de viviendas y aguadas sin aplicar químicos. Estas experiencias buscan minimizar impactos sobre las personas y los recursos hídricos, especialmente escasos en la meseta.
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En paralelo, surgieron líneas de trabajo experimentales que exploran usos productivos alternativos, como la elaboración de harina de tucura con alto contenido proteico, ensayada con buenos resultados en alevinos. Aunque estas iniciativas no tienen aún escala, forman parte de una mirada más amplia sobre cómo manejar un insecto que no puede eliminarse por completo, pero sí mantenerse en niveles que no generen daño económico.
Como reflexión final, Binda sostuvo que la tucura presenta picos poblacionales cada tres años, por lo que el desafío está en anticiparse y sostener el trabajo articulado entre productores, instituciones y organismos de control. “No se trata de erradicarla, sino de bajarla a niveles tolerables”, remarcó, y destacó que la coordinación territorial sigue siendo la herramienta más efectiva para enfrentar un problema que se repite en la historia productiva de la meseta.
















