
Hallan 27.000 barriles en el Pacífico y detectan un daño químico severo en el fondo marino
Actualidad12/01/2026
Sergio Bustos
Investigaciones recientes midieron alteraciones químicas fuertes en sedimentos alrededor de parte de esos recipientes, con efectos que siguen vigentes décadas después del vertido. Los estudios, apoyados en tecnología submarina, sostienen que el impacto no se diluye con el tiempo y puede agravarse si la corrosión termina de liberar el contenido.


El hallazgo se apoya en campañas científicas que combinaron sonar de alta resolución y vehículos operados a distancia para recorrer zonas profundas del fondo marino. Los equipos identificaron, además, más de 100.000 fragmentos de residuos dispersos, lo que sugiere un escenario complejo y extendido en superficie. En ese contexto, el mapa del problema dejó de ser una sospecha histórica y pasó a tener coordenadas, densidades y registros visuales.
El trabajo menciona la participación del Instituto Scripps de Oceanografía, dependiente de la Universidad de California, como parte de los grupos que impulsaron relevamientos con herramientas que antes no estaban disponibles a esa escala. La profundidad también marca el tono del desafío: los recipientes se encuentran a más de 600 metros, una cota que encarece, demora y condiciona cualquier intento de seguimiento sostenido. Durante décadas, esa barrera técnica mantuvo el tema fuera de la discusión pública y sin monitoreo ambiental sistemático.
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Cuando los investigadores tomaron muestras de sedimentos, el foco se corrió de lo que muchos suponían como principal amenaza. El análisis citado en el texto fuente indica que el problema central no quedó asociado al DDT, sino a residuos altamente alcalinos. En torno a numerosos barriles se registraron valores de pH cercanos a 12, un nivel extremo que no se explica por fluctuaciones naturales y que se vincula con cambios químicos persistentes en el entorno inmediato.
Ese pH elevado no aparece solo como un número en un laboratorio: se asocia a una drástica reducción de vida microbiana en el lecho oceánico, según los datos que se describen. En ambientes profundos, los microorganismos sostienen procesos básicos de degradación y equilibrio químico, por lo que una caída sostenida en su presencia sugiere un daño ecológico que no se resuelve con facilidad. La conclusión que se desprende es dura: el legado de esos desechos no queda “encapsulado” por el mar, sino que altera el sistema que lo rodea.
El texto también recuerda que durante buena parte del siglo XX el océano funcionó como destino final para residuos industriales y radiactivos de baja actividad, bajo una lógica hoy desacreditada. La idea de que la inmensidad marina todo lo diluye se apoyó más en un deseo que en evidencia. Con los datos actuales, ese supuesto queda expuesto como un error de época con consecuencias largas, acumuladas y difíciles de medir en su totalidad.
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Los registros mencionados señalan que entre las décadas de 1930 y 1970 se habilitaron 14 zonas oficiales de vertido frente a la costa del sur de California. En esos sitios se arrojaron residuos vinculados a refinado de petróleo, desechos químicos industriales, material militar obsoleto y residuos de baja radiactividad. El problema, según se describe, también se explica por el tipo de contención: barriles de acero sin sistemas duraderos, diseñados más para transportar que para resistir décadas bajo presión, sal y corrosión.
El escenario actual combina daño persistente con una discusión incómoda sobre qué hacer. Intervenir en profundidad implica operar sobre recipientes corroídos, con riesgo de liberar aún más material durante cualquier manipulación. A la vez, dejar todo donde está implica aceptar un proceso lento de degradación del metal, con la posibilidad de que el contenido termine filtrándose de manera progresiva en un área que ya muestra alteraciones severas.
Por eso, el problema se mueve entre dos opciones que no resultan sencillas. La comunidad científica todavía no cuantifica por completo las consecuencias a largo plazo, pero el propio texto marca que no serían leves. En el corto plazo, el desafío pasa por sostener mediciones, delimitar zonas con mayor carga de impacto y discutir estrategias que reduzcan daños sin disparar un derrame mayor en un ambiente tan difícil de manejar.







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