

La observación detallada de dos novas durante sus primeros días obliga a revisar una idea muy instalada en astronomía: que estos estallidos responden a una única expulsión rápida y relativamente simétrica. Los nuevos datos describen un proceso con múltiples salidas de gas, choques entre material a distintas velocidades y, en algunos casos, una expulsión grande que aparece recién semanas después. Esa combinación vuelve a las novas menos “instantáneas” de lo que sugiere su brillo inicial y mucho más difíciles de encerrar en un solo modelo.


El punto que vuelve distinta a esta investigación no es la existencia de novas, que se registran desde hace siglos, sino el nivel de detalle con el que se siguió la expansión del material en tiempo real. Las imágenes permitieron ver estructuras en plena formación apenas 2 a 3 días después del inicio del evento, un margen corto en un fenómeno que cambia rápido y no se puede predecir con anticipación. Ese acceso temprano al “arranque” del estallido permite reconstruir la mecánica con mucha más precisión.
El trabajo se apoya en el CHARA Array, un conjunto de telescopios en el Observatorio Mount Wilson, California, que opera con interferometría para lograr una resolución extremadamente alta. Al combinar la luz de varios telescopios, el sistema funciona como un instrumento único capaz de distinguir detalles muy finos en objetos lejanos. Esa capacidad habilitó algo poco habitual en eventos transitorios: seguir la geometría del material expulsado cuando todavía se organiza y gana velocidad.
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Para entender por qué una nova estalla, el estudio vuelve al mecanismo base: una enana blanca acumula material de una estrella compañera hasta que se dispara una reacción nuclear fuera de control. Esa reacción no destruye la enana blanca, pero expulsa gas y libera energía con fuerza. Lo novedoso es que, según las imágenes, la expulsión no se comporta como una sola “onda” uniforme, sino como una secuencia con estructuras que cambian y se superponen.
En una de las novas observadas, las imágenes interferométricas mostraron dos flujos de gas expulsados en direcciones perpendiculares, una geometría que rompe con el esquema de una eyección única y simétrica. El propio estudio lo sintetiza con una frase que marca el cambio de época para el tema: “Estas imágenes ofrecen evidencia observacional directa de que los mecanismos que impulsan la eyección de masa desde la superficie de enanas blancas no son tan simples como se pensaba”. En otras palabras, el brillo inicial no cuenta toda la historia y la forma del estallido importa tanto como la energía liberada.
El equipo trabajó con dos casos muy distintos, y esa comparación refuerza la idea de diversidad en el fenómeno. V1674 Herculis mostró un comportamiento extremadamente rápido: alcanzó su máximo brillo en pocas horas y se apagó en pocos días. En ese evento, los flujos llegaron a velocidades de hasta 5.500 kilómetros por segundo, y la interacción entre material rápido y material más lento generó choques internos.
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La segunda nova, V1405 Cassiopeiae, siguió el camino opuesto y por eso resulta tan útil para contrastar. Tardó más de 50 días en llegar al máximo brillo y durante ese período retuvo el gas, formando una envoltura con la compañera. Cuando finalmente liberó material, el estudio registró choques, pero con un retraso grande respecto del inicio del evento, algo que cambia la manera de interpretar lo que se ve desde afuera en las primeras semanas.
La combinación de imágenes con datos de alta energía sumó otra pieza para ordenar el rompecabezas: los choques entre flujos aparecen vinculados con emisión de rayos gamma. En el caso rápido, esa emisión se conectó con detecciones del telescopio espacial Fermi, lo que apoya la idea de que parte del “poder” observado no sale solo de la reacción inicial, sino de colisiones internas posteriores. La nova deja de ser un fogonazo simple y pasa a funcionar como un sistema dinámico donde el choque entre capas define una parte importante de la señal.
En ese marco, el estudio también propone que el movimiento orbital del sistema binario influye en cómo se expulsa el material. Esa hipótesis agrega un actor que antes quedaba en segundo plano: no solo importa la reacción en la enana blanca, también importa la coreografía de dos estrellas muy cercanas. Y el texto lo resume con otra frase directa: “los resultados proporcionan evidencia observacional de una expulsión retrasada de la mayor parte de la envoltura durante una nova”.
El resultado final es una relectura completa del fenómeno desde la observación: la nova ya no se entiende como una sola eyección, sino como fases con velocidades distintas, geometrías variables y colisiones internas. La interferometría permitió acercarse tanto al inicio que los autores lo remarcan sin vueltas: “resolver la evolución y la asimetría de múltiples componentes de eyección solo 2–3 días después de una nova es algo extraordinario”. A partir de ahora, el desafío científico pasa por sumar más casos con el mismo nivel de detalle para saber si estas dos novas representan una rareza o un patrón más común de lo que se pensaba.















