Síndrome de Fortunata: por qué algunas personas se vinculan con parejas ya comprometidas

Actualidad23/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Síndrome de Fortunata. Foto Freepik
Síndrome de Fortunata. Foto Freepik

La literatura aportó hace más de un siglo una imagen potente para pensar ciertos vínculos amorosos. En Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, Fortunata ama a Juan Santa Cruz, un hombre casado, sostiene una relación secreta y espera que él deje a su esposa. Esa trama dio nombre al “síndrome de Fortunata”, un patrón que la psicología observa tanto en mujeres como en hombres cuando se enamoran de personas casadas, comprometidas o no disponibles emocionalmente.

Desde la clínica, la licenciada Victoria Almiroty explica que el eje no es el triángulo amoroso, sino la lógica que sostiene ese lugar subjetivo. “Fortunata no solo ama a un hombre casado, sostiene una espera y una ilusión romántica en paralelo a su invisibilización”, señala, y agrega que el amor se vive “desde la falta, desde el borde”. En ese escenario, el rol de amante aparece como una escena idealizada: deseo sin rutina, sin logística cotidiana, donde lo que se idealiza no es la persona, sino el espacio simbólico que representa.


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La fascinación por ese lugar suele vincularse con búsquedas de validación y reconocimiento. Almiroty retoma una idea del médico Gabor Maté para describir la repetición: “No repetimos lo que fue placentero, sino lo que fue familiar”. A veces, lo familiar fue ocupar un segundo plano, amar a alguien presente pero nunca del todo disponible.

Las elecciones amorosas también dialogan con experiencias tempranas. En línea con el psicoanálisis, Sigmund Freud sintetizó el mecanismo como “repetir en lugar de recordar”. Para Almiroty, muchas decisiones adultas reeditan escenas infantiles donde el amor resultó intermitente, condicionado o inaccesible. La psicóloga Carina Mitrani coincide y lo formula así: “Esta persona empieza a repetir el patrón de una infancia en la que no se sintió amada”. En algunos casos, describe, una figura parental dominante bloqueó el acceso al otro progenitor, consolidando un amor valioso pero en sombras.


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Otro componente frecuente es la autoimagen deteriorada. Almiroty subraya que “la autoestima real implica saberse merecedor de un lugar pleno en el deseo del otro”. Cuando alguien compite, espera o acepta quedar oculto, no habita su propio deseo, queda atrapado en el del otro. Mitrani agrega que la validación se vuelve una prueba constante: “Esta figura del amante busca incesantemente que el otro la valide antes que a su pareja oficial”, aun cuando eso implique no ser presentado, quedar fuera de reuniones y sostener el vínculo en secreto.

También aparece una ilusión de control. Para Almiroty, “el amante cree que manda, que pone los tiempos”, convencido de ser el verdadero elegido mientras la pareja formal permanece ajena. Mitrani describe esa fantasía como la expectativa de que la oficialización llegará cuando el otro “se dé cuenta” y se separe.


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En muchos relatos, el deseo se organiza como competencia. Almiroty lo vincula con la búsqueda de ganarse un amor inalcanzable, similar a competir por la atención parental. No se ama solo a la persona, sino la victoria simbólica frente a un tercero. A ese circuito se suma la victimización, que Mitrani describe sin rodeos: “Está estudiado que el papel de víctima y la actitud de quejarse producen y se segregan endorfinas”. La queja genera un placer oculto, aunque el entorno perciba sufrimiento y recomiende alejarse.

La atracción por lo prohibido potencia el circuito. Ambas especialistas remiten a una idea central del psicoanálisis de Jacques Lacan: el deseo se intensifica cuando el otro ya está tomado. Ese aumento de excitación refuerza el lazo, aun cuando sostenga costos emocionales.


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¿Es posible correrse de estos patrones? Las profesionales coinciden en no moralizar. Almiroty propone indagar qué se busca en ese lugar y sostiene que hacer consciente la estructura permite elegir distinto: “Hacer consciente la estructura es el primer paso para correrse de ella”. Mitrani, por su parte, advierte que el cambio suele llegar tras tocar fondo y recomienda abordajes terapéuticos que permitan identificar patrones profundos de desamor y victimización. El objetivo no es juzgar, sino reconstruir la historia emocional para dejar de amar desde la falta.

Fuente: LA NACION.

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