Cannabis y adolescencia: un estudio ubicó un mecanismo detrás de fallas de memoria

Actualidad23/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Cannabis en la adolescencia
Cannabis en la adolescencia

La pregunta que guió el trabajo no fue si el cannabis “hace mal”, sino dónde se produce el desajuste cuando el consumo ocurre en una etapa de maduración cerebral. Un equipo del Centro de Neurociencias Cajal-CSIC apuntó a un tipo de célula que durante años quedó en segundo plano frente a las neuronas. El estudio se publicó en Nature Communications y se concentró en explicar el mecanismo de problemas de memoria y aprendizaje asociados al THC durante la adolescencia.

El punto más llamativo del hallazgo es que el foco recae en un grupo acotado de células llamadas astrocitos, distintas de las neuronas. La investigación sostiene que no se trata de una afectación generalizada, sino de un subconjunto específico que se vincula con circuitos ligados al aprendizaje. Ese recorte permite discutir el tema con más precisión y evita meter todo en la misma bolsa cuando se habla del cerebro adolescente.

La dirección del estudio quedó a cargo de Marta Navarrete, según el propio texto fuente, y se centró en el tetrahidrocannabinol (THC), componente psicoactivo del cannabis. La idea central plantea que el THC sobreactiva a ese grupo de astrocitos y eso altera la comunicación entre regiones cerebrales implicadas en el aprendizaje. En otras palabras, el daño no aparece como una “nube” difusa sobre el cerebro, sino como una interferencia localizada en conexiones concretas.

En el material original, los investigadores remarcan el giro conceptual que ya circula en neurociencias sobre estas células. “Este estudio vuelve a situar a los astrocitos en el centro de la investigación, mostrando que su papel es determinante para el funcionamiento del cerebro”, señalan. Y agregan una definición fuerte sobre causalidad: “En concreto, demostramos que la alteración de estas células es suficiente para provocar los déficits cognitivos que aparecen tras la exposición al tetrahidrocannabinol durante la adolescencia”.


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Para dimensionar por qué miran a los astrocitos, el texto aporta un dato sobre escala y complejidad. Indica que cada astrocito puede establecer hasta dos millones de conexiones en el cerebro humano, lo que sugiere capacidad real de influir sobre circuitos neuronales. Ese número ayuda a entender por qué, si una parte de ese sistema se desordena, el efecto puede sentirse en procesos como memoria y aprendizaje.

El trabajo se realizó en modelos animales y eligió una zona cerebral puntual: el núcleo accumbens, parte del circuito de recompensa, asociado a aprendizaje y motivación. La investigación lo conecta con el hipocampo, una región ligada a la memoria, para describir un circuito coordinado que se desajusta tras la exposición al THC durante la adolescencia. Esa elección de regiones no aparece como decorativa: funciona como mapa para ubicar dónde se altera la comunicación.

Después de la exposición al THC, los animales pasaron por pruebas de aprendizaje espacial. El texto fuente sostiene que los ratones cometieron más errores, mostraron peor rendimiento y evidenciaron dificultades persistentes en aprendizaje. Lo relevante, según los investigadores, es que esos déficits no dependen de “todos los astrocitos”, sino de un grupo funcional al que llaman “ensamble de astrocitos”.

En esa línea, el equipo apoya la decisión metodológica en antecedentes propios y lo explica con una cita textual. “Trabajos anteriores del grupo han mostrado que los astrocitos forman grupos funcionales especializados. Por ello, quisimos investigar el ‘ensemble’ de astrocitos implicado en este circuito específico”, señalan. El planteo busca salir del diagnóstico general y apuntar a una pieza del rompecabezas.


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Para intervenir sobre ese “ensamble”, el texto menciona una herramienta de última generación llamada AstroLight. La técnica, según la fuente, permite transformar la actividad de calcio de los astrocitos en expresión de proteínas específicas mediante luz, lo que habilita modular su actividad con precisión. En el estudio, esa capacidad se usó para probar causa y efecto, no solo para describir correlaciones.

Los resultados que se informan se sostienen en dos movimientos experimentales: frenar y activar. Reducir la actividad de ese grupo durante la exposición al THC evitó déficits cognitivos, y activarlo después del tratamiento mejoró el deterioro en el aprendizaje. La integrante del equipo Cristina Martín-Monteagudo lo resumió con dos textuales: “Comprobamos que reducir la actividad de este subconjunto específico de astrocitos durante el tratamiento prevenía la aparición de los déficits cognitivos”, explicó, y añadió: “Y al activar ese mismo conjunto de células después del tratamiento, mejoraba el deterioro en el aprendizaje espacial”.

El texto también marca un límite que condiciona cualquier lectura apresurada. Los investigadores aclaran que los resultados no se extrapolan de forma directa a humanos, un punto que frena interpretaciones lineales sobre memoria adolescente y consumo. Aun así, el trabajo refuerza una noción de base: el cerebro adolescente no responde igual que el adulto frente a sustancias psicoactivas, y entender qué células participan ayuda a afinar prevención y cuidado.


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