La ansiedad sube en las ciudades, pero existen herramientas que puede cambiar cómo la vivís

Actualidad01/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Ansiedad. Foto Freepik
Ansiedad. Foto Freepik

Un informe de la UCA midió un salto histórico del malestar psicológico urbano. Neurociencia y hábitos proponen usar los nervios como herramienta.

El malestar psicológico urbano creció de manera sostenida en la última década y media, y en 2024 alcanzó un pico que deja poco margen para minimizarlo. Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA) señaló que ese indicador pasó del 18,4% al 28,1% de la población adulta entre 2010 y 2024, el nivel más alto registrado. La cifra instala un contexto: los nervios, el estrés y la ansiedad ya no se perciben como algo excepcional, sino como parte del paisaje emocional de las ciudades.

En ese escenario, aparece una pregunta incómoda y útil a la vez: qué hacemos con esa ansiedad cuando no desaparece. El texto propone pensarlo como una administración, casi como si fuera un recurso que puede usarse mejor o peor, y no solo una falla que hay que corregir. La idea no romantiza el sufrimiento, pero sí sugiere una salida pragmática: convertir parte de ese nerviosismo en rendimiento, especialmente cuando la presión no es extrema.


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La primera clave para entenderlo está en que los nervios no son un “defecto” moderno, sino una respuesta biológica vieja. El cuerpo reacciona frente a situaciones relevantes con activación del sistema de lucha o huida, como si todavía interpretara amenazas donde lo que hay es exposición, evaluación o expectativas. La fuente lo sintetiza en una frase simple: el organismo no distingue demasiado entre un depredador y un examen, solo registra que hay algo importante que se puede ganar o perder.

Esa activación no siempre es enemiga del desempeño, y ahí aparece un concepto que ordena el debate: la ley de Yerkes-Dodson. Para tareas difíciles, la presión moderada mejora el aprendizaje, mientras que demasiada ansiedad —o demasiado poca— empeora el rendimiento. El punto es que una parte del nerviosismo puede jugar a favor si se lo interpreta como energía disponible y no como una señal de derrota.


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El texto lo ilustra con un experimento que se hizo popular por su simpleza: karaoke y diálogo interno. Quienes se dijeron “estoy entusiasmado” obtuvieron 80% de puntaje promedio, contra 53% de quienes se dijeron “estoy ansioso”. Esa diferencia no surge de magia ni de pensamiento positivo vacío: muestra que la interpretación de la misma activación fisiológica puede empujar hacia el foco o hacia la parálisis.

Otra herramienta que aparece en la fuente trabaja sobre un problema clásico: cuanto más intentás no sentir ansiedad, más se agranda. El experimento del “oso blanco”, publicado por Daniel Wegner en 1987, mostró que prohibir un pensamiento lo vuelve más persistente. La teoría del “proceso irónico” formaliza ese mecanismo: un sistema busca suprimir lo que molesta mientras otro monitorea que no aparezca, y ese monitoreo termina reactivándolo.


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Por eso, el texto trae la terapia de aceptación y compromiso (ACT) como una estrategia alternativa: no suprimir, sino observar sin juzgar. La propuesta no es resignación, sino dejar de pelear con el pensamiento para que pierda fuerza sobre la conducta. En otras palabras, a veces el control más efectivo consiste en soltar el intento desesperado de controlar.

Cuando la ansiedad sube de golpe, el debate suele volverse más concreto: qué se puede hacer en el momento. Ahí aparece el “suspiro fisiológico”, una técnica popularizada por el neurocientífico Andrew Huberman, con respaldo de un estudio de Stanford publicado en Cell Reports Medicine. Según el texto, esa técnica mostró mayores mejoras que la meditación mindfulness en reducción de ansiedad y aumento de afecto positivo.


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El procedimiento es específico y breve: dos inhalaciones seguidas por la nariz (la segunda más corta, completando el aire) y una exhalación larga por la boca. La fuente lo presenta como un “reseteo” inmediato, mientras la meditación funciona como entrenamiento a largo plazo para volver al foco cuando la mente se escapa. No se plantea como competencia, sino como complemento: una para el instante, la otra para construir hábito.

El texto también propone un giro menos técnico y más existencial: la ansiedad se prende donde hay algo que importa. No se trata de que nada te importe, sino de elegir mejor qué te importa y desde qué valores vivís esos objetivos. Ahí entra la dicotomía que el estoico Epicteto dejó escrita y que la terapia cognitivo-conductual retomó siglos después: “Hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no”.


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Ese criterio busca reorientar energía: desligarse del resultado y enfocarse en lo que sí depende de uno, como el esfuerzo, la preparación o el coraje de intentar. La fuente lo baja con ejemplos cotidianos: nadie puede garantizar la respuesta de otra persona o el resultado de una entrevista, pero sí puede controlar su conducta frente a esa situación. En esa perspectiva, la calma no llega porque todo sale bien, sino porque el foco se corre a lo que se puede hacer.

En el tramo final, el texto conecta ansiedad con un motor contemporáneo que ya forma parte del problema: pantallas y redes sociales. Plantea que, si la ansiedad funciona como un sistema de alarma, las plataformas encontraron la forma de convertirlo en modelo de negocios, con recompensas variables basadas en dopamina, similares al mecanismo de las tragamonedas. En ese contexto, aparecen datos de políticas públicas: Países Bajos prohibió celulares en el 99% de sus escuelas y, según la fuente, 18 meses después se documentaron mejoras del 75% en concentración y 59% en clima social, mientras que la Unesco registró que a fines de 2024 el 40% de los sistemas educativos del mundo ya implementaban prohibiciones formales.


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Para el plano individual, la fuente sugiere cortar estímulos antes que “ganar fuerza de voluntad”. Habla de zonas libres de pantallas, sobre todo la primera hora del día y la última antes de dormir, y de reemplazos por actividades físicas que obliguen a estar presente. También menciona herramientas que agregan fricción, como apps que te hacen esperar antes de abrir redes, para romper el automatismo.

La conclusión que deja el texto no ofrece un milagro ni promete desaparecer la ansiedad de un día para otro. Propone una mirada más fría, casi de administración: entender mecanismos, elegir dónde poner el foco y construir rutinas que bajen el secuestro atencional. En esa lógica, la “economía de la ansiedad” no se trata de no sentir, sino de invertir mejor ese nerviosismo para que no se coma la vida cotidiana.

Fuente: LA NACION.

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