
El acuerdo con EE.UU. pone a las provincias frente a un nuevo mapa de exportaciones
Política06/02/2026
REDACCIÓN
La firma del Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos con Estados Unidos sumó una promesa concreta: 1675 productos con eliminación de aranceles recíprocos y un esquema de “acceso preferencial” que el Gobierno dice que va a sentirse, sobre todo, lejos de Buenos Aires. Manuel Adorni insistió en que el entendimiento “es para las 24 provincias argentinas y los 47 millones de ciudadanos de este país”, y buscó correr el eje del anuncio del plano diplomático hacia el impacto territorial. Con esa idea, el oficialismo puso nombres y rubros sobre la mesa: carne, forestales, medicamentos, minería.


En la lectura del Gobierno, el paquete tiene un costado doble: comercio e inversiones en un mismo instrumento, algo que Pablo Quirno destacó como “el primer tratado en América Latina que tiene un concepto no solo de comercio, sino también de inversiones”. Esa combinación, plantean, intenta convertir una foto política en un punto de apoyo para negocios a largo plazo, con previsibilidad y reglas más claras para sectores que dependen de financiamiento y mercados estables. Quirno lo definió como parte de “una estrategia consistente, de una relación construida sobre la confianza y una preparación seria y sostenida en el tiempo”.
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El anuncio también funcionó como mensaje interno: Adorni habló de “capitalismo y libre comercio” y marcó distancia del “estatismo proteccionista”. No fue un detalle retórico, sino una forma de encuadrar el acuerdo como una decisión de rumbo y no como una negociación aislada. En esa línea, remarcó que la firma le da a la Argentina un lugar “preferencial” y que el país aparece como “el primer gobierno de América del Sur en la historia en lograr un acuerdo comercial de este tipo, de estas características”.
En el detalle, el Gobierno enumeró beneficios sectoriales con alcance provincial. Adorni sostuvo que “la apertura ganadera recíproca” permitiría que Argentina “podría quintuplicar sus exportaciones de carne” y mencionó un impacto directo en “provincias ganaderas como Buenos Aires”. En paralelo, afirmó que “Formosa, Misiones, Chaco, Corrientes y Entre Ríos podrán exportar sus productos forestales y de floricultura sin trabas arancelarias”, con un guiño a economías regionales que suelen chocar con costos y barreras externas.
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Otra línea del anuncio se enfocó en el salto de valor agregado. “La apertura del mercado estadounidense a medicamentos e insumos médicos argentinos habilita las exportaciones de alto valor agregado y beneficia directamente a provincias como Córdoba y Santa Fe”, señaló Adorni, en un tramo donde el Gobierno buscó mostrar que el acuerdo no se agota en materias primas. Con ese énfasis, la Casa Rosada intentó poner el foco en cadenas industriales con capacidad de exportar y sostener empleo calificado.
La minería también apareció como uno de los ejes que el Ejecutivo quiere empujar en esta nueva etapa. Adorni dijo que el acuerdo “también va a beneficiar a provincias mineras como Santa Cruz, San Juan, Mendoza, Jujuy, Salta y Catamarca”, en un listado que atraviesa distintos perfiles productivos y marcos regulatorios. En la lógica oficial, el capítulo de inversiones y la relación con un mercado grande serían parte del atractivo para acelerar proyectos, aunque ese efecto dependerá de la letra chica y del clima económico local.
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Quirno, por su parte, insistió en la idea de previsibilidad como activo para negociar. “Cuando los Estados Unidos iniciaron una nueva etapa en su política comercial, nuestro país no improvisó: llegó con propuestas, con trabajo previo y con una hoja de ruta definida”, afirmó, y subrayó que Argentina “fue el primer país del mundo que se sentó a la mesa con Estados Unidos” después de ese giro. En su relato, el acuerdo aparece como un resultado de preparación y no como una oportunidad que se abrió de golpe.
En esa misma línea, el canciller conectó el anuncio con otros frentes que el Gobierno muestra como parte de una agenda de apertura. Quirno enumeró “otros avances recientes”, como los acuerdos Mercosur-EFTA y Mercosur–Unión Europea, además del acuerdo con Singapur “que también será enviado próximamente”, y afirmó: “Nosotros no vamos a parar en este acuerdo, vamos a seguir generando acuerdo, no solo con Estados Unidos, sino con todos los países del mundo”. El mensaje es claro: el Ejecutivo quiere construir una narrativa de continuidad, más allá del resultado puntual de esta firma.
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El punto que abre el mayor interrogante inmediato no está en Washington, sino en Buenos Aires. Adorni advirtió que “ahora, este acuerdo deberá ser ratificado en el Congreso de la Nación”, y cargó sobre los legisladores la responsabilidad política de convalidarlo: “tendrán la responsabilidad de aprovechar esta oportunidad histórica para todos los argentinos”. En los hechos, el recorrido legislativo puede convertirse en la primera gran prueba del acuerdo, porque sin aval parlamentario no hay implementación efectiva.
La conferencia también dejó un gesto de confrontación simbólica hacia el pasado, con una referencia que buscó condensar el cambio de época que plantea el oficialismo. Quirno recordó la Cumbre de las Américas de 2005 y citó la frase “ALCA, al carajo”, para cerrar con una inversión del sentido: “Gracias a Dios, veinte años después podemos gritar viva la libertad, carajo”. En el Gobierno lo leen como un giro histórico; para el Congreso, será también una discusión concreta sobre costos, sectores ganadores y perdedores y condiciones de competitividad real.






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