A 40 años de la primera transmisión de radio submarina de LU17: "Teníamos un transmisor a válvula y había que inventar el resto”

Enfoques20/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

A 40 años de la primera transmisión submarina de LU17, Eduardo Bagnato reconstruyó en el estudio el detrás de escena: pruebas fallidas, equipos prestados, un lobo marino y un audio que estuvo perdido.

Eduardo Bagnato
Eduardo Bagnato

El aniversario no se sostiene en una fecha fría ni en un expediente: se sostiene en una escena. En los estudios de #LA17, Eduardo Bagnato volvió sobre la tarde del 20 de febrero de 1986, cuando LU17 Radio Golfo Nuevo emitió desde el fondo del mar en Puerto Madryn y convirtió una ocurrencia de verano en un hito técnico y periodístico con resonancia nacional.

La idea no llegó desde un laboratorio ni desde un manual, sino desde la rambla y una nota al paso. Bagnato recordó que todo arrancó con un programa en la playa, entrevistas a turistas y el comentario de una mujer que salía de un bautismo submarino, hasta que una frase detonó la ocurrencia. “Nos miramos con el Cholo Pavón y los dos juntos dijimos: ‘Transmitir abajo el agua’”, relató, y desde ese instante el plan quedó dicho en voz alta, con esa lógica de la radio que obliga a convertir en acción lo que se anuncia.


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La técnica apareció después, a empujones, sin margen para el orgullo. En su reconstrucción, el primer dato duro no es épico: es precario. “No teníamos nada, teníamos un transmisor a válvula”, contó, y explicó que era el mismo equipo de exteriores que usaban para partidos y salidas. Desde ahí se armó un sistema que no entraba en ninguna planilla: una batería prestada, cables improvisados y soluciones pensadas para sobrevivir al agua sin arruinar el equipo.

Eduardo Bagnato junto a su hijo en LA17
Eduardo Bagnato junto a su hijo en LA17

La lista de “lo prestado” se volvió casi un mapa social del puerto y sus oficios. Una batería salió “de lo de Reyes”, una casa tradicional, mientras Pancho Sanabria aportó una manguera de riego común: “una manguera de 1 pulgada blanca con rayas verdes”, precisó Bagnato, con esa memoria que se fija en lo mínimo porque lo mínimo sostuvo lo imposible. Los trajes, el aire y el equipo de buceo llegaron por la mano de Pedro Domínguez, junto a buzos que trabajaban en bautismos; el gomón lo prestó Ferramar, el parador desde donde salían al agua.


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El corazón del experimento se encerró en un espacio casi absurdo: una vieja caldera de barco hundida, ovalada, con apenas aire retenido por presión. Bagnato describió el interior sin ornamentación y con una medida que suena a encierro: “por la propia presión del agua quedaban unos 40 cm de aire”. En ese hueco se metieron cinco personas, apretadas, con la transmisión en marcha y la respiración condicionada por el lugar, un detalle que después se escucha en el audio: pausas largas, silencios que no responden al estilo, sino a la necesidad.

La improvisación no terminó en la manguera: también cruzó por los métodos de aislamiento. Para evitar que entrara agua en los cables, la solución llegó con una franqueza brutal y propia de época: “el cable de retorno y el del micrófono iban por una manguera y se le puso un profiláctico para que no se metiera el agua”, recordó. La frase no busca efecto, lo explica tal cual: se hacía con lo que se tenía, sin estética, sin marketing y sin garantías.


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La escena agregó, encima, un dato que nadie anticipó hasta el momento de bajar y que cambió todo el relato desde adentro. “Pedro Domínguez se entera en el momento que ninguno de los dos sabíamos nadar”, dijo Bagnato, y ahí la historia toma otra temperatura: no se trata solo de transmitir, se trata de confiar la vida a otros. Sin discurso heroico, la secuencia siguió como debía seguir: bajaron “de la mano”, como se hace con cualquiera que entra por primera vez, con la transmisión ya anunciada durante días y la presión de no fallar.

Las fallas, de todos modos, ya existían antes. No se cuenta una sola vez: se cuenta como aprendizaje. “Era prueba y error porque las otras dos veces ni llegamos a salir confiábamos en que todo iba a andar y anduvo”, sintetizó, y con esa frase instaló la lógica real del operativo: insistir, corregir, volver a bajar. Incluso cuando “arriba” el panorama se complicó con el mar picado y Checho Avendaño sosteniendo el equipo bajo nylon, tratando de que el agua no golpeara las válvulas.


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En medio del encierro, con el micrófono y el retorno funcionando, el mar también metió su guion. Bagnato relató el momento en que un lobo se asomó por el ojo de buey y cambió el tono de la transmisión sin pedir permiso. “Por la mirilla se asomó un lobo y yo lo relaté”, contó, hasta que el animal se animó a entrar y la situación dejó de ser anécdota para volverse movimiento real dentro del agua: “le quería sacar la pata de rana a Pedro”. El episodio no adorna, no “colorea”: muestra el nivel de exposición de una transmisión que no controlaba ni el entorno.

Eduardo Bagnato en los estudios de lu17
Eduardo Bagnato en los estudios de lu17

Cuando parecía que el riesgo mayor era el encierro, la técnica volvió a sorprender por un camino inverso: la antena se cortó, pero la señal se sostuvo por el agua misma. Bagnato recordó el aviso desde el gomón y la rareza inmediata: “me avisa Avendaño que paráramos porque no estábamos en el aire pero yo tenía el retorno y lo escuchaba perfectamente”. La explicación llegó con una frase que, sola, vale por una clase entera: “El mar hizo mejor de antena que la propia antena”. Lo que parecía caída se volvió sostén, y la transmisión que debía durar minutos se estiró hasta superar los cuarenta.


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La dimensión pública apareció después, cuando el eco salió del gomón y de la playa. Con radios llamando y “los grandes medios” atentos, la conclusión no llegó como una proclama sino como descubrimiento: “nos empezamos a dar cuenta que nadie había hecho eso. No solo acá, sino en el mundo”, dijo Bagnato. La historia, además, recuperó su material original: “se había extraviado #LA17”, contó, y explicó que conservó el cassette con miedo a que no saliera por el paso del tiempo, hasta que el registro volvió a sonar completo y la radio preparó su reemisión.

El cierre no necesita épica, pero sí una idea rectora que atraviesa cuarenta años y que en el estudio quedó formulada con claridad. Bagnato nombró compañeros, buzos, prestadores, operadores y defensores de la locura, como el Colorado, y lo dejó en una línea que funciona como síntesis profesional y humana: “La radio es imposible sin compañeros”. Con la placa repuesta en el área del parador y el audio nuevamente disponible para revivir esos minutos, #LA17 vuelve a contar una historia que no se apoya en el mito, sino en la memoria exacta de cómo se hizo.

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