
Las consecuencias del "no llores" durante la infancia: chicos que después no esperan nada
Actualidad02/03/2026
REDACCIÓNMás padres intervienen para evitar malestar y se recorta el entrenamiento emocional. Especialistas alertan por ansiedad, baja tolerancia y la anestesia de pantallas.

En muchas casas la escena ya se volvió automática: aparece el fastidio y alguien corre a apagarlo. Un juego que no sale, una espera que incomoda, una tarea que se traba y, antes de que el chico procese lo que siente, llega la solución externa, el cambio de reglas o el atajo que evita el enojo. Lo que parece cuidado, repetido todos los días, termina enviando un mensaje silencioso: cada emoción difícil necesita una salida inmediata. Ese reflejo adulto, instalado como norma, se mete en la crianza con una velocidad que después cuesta desarmar.
La lógica del bienestar instantáneo empuja en esa dirección con herramientas que están al alcance de la mano. Pantallas que entretienen al segundo, adultos hiperdisponibles que anticipan cada tropiezo y una cultura que confunde acompañar con evitar cualquier incomodidad. Según un estudio de la Universidad de Michigan, el 62% de los padres reconoce intervenir rápido para que sus hijos “la pasen mal”, incluso en situaciones comunes como perder un juego o esperar un turno. El problema aparece cuando esa intervención constante empieza a moldear expectativas irreales sobre el mundo y sobre el propio margen para tolerarlo.


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En ese punto, la psicóloga Silvia Álava Sordo pone una advertencia concreta sobre un error frecuente. “Muchas veces confundimos amor con sobreprotección y, al hacerlo, evitamos que los chicos desarrollen mecanismos básicos de regulación emocional”, sostiene, y agrega otra idea que resume la discusión: “La tolerancia a la frustración no surge por generación espontánea; se entrena como cualquier músculo psicológico, con exposición progresiva y acompañada. Evitarla de manera sistemática no fortalece, debilita”. No se trata de romantizar el sufrimiento, sino de entender que el entrenamiento emocional necesita práctica y tiempo, y que la práctica se pierde cuando todo se resuelve antes de empezar.
La culpa también juega su partido, sobre todo en adultos atravesados por discursos de crianza respetuosa que a veces se leen como mandato de felicidad permanente. La psicóloga Maritchú Seitún, especializada en acompañamiento familiar, lo describe sin vueltas: “Buscamos que sean felices a toda costa, sin frustrarse, sin esforzarse, sin sufrir, y terminamos criando chicos con bajísima tolerancia a la frustración y altísima insatisfacción”. En esa frase entra el corazón del conflicto: el deseo de proteger, cuando se vuelve absoluto, puede producir el efecto contrario.
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Los datos empiezan a mostrarlo en edades donde el límite y el fracaso se vuelven inevitables. Una investigación de la Universidad Complutense de Madrid señala que los adolescentes con pocas oportunidades de enfrentar frustración presentan 45% más riesgo de desarrollar síntomas de ansiedad ante situaciones de límite o fracaso. No se trata de un vínculo mecánico, pero sí de una señal que se repite: sin ensayo previo, el “no me sale” o el “no puedo” se vive como una amenaza total. Y ahí la frustración deja de ser un insumo del crecimiento para convertirse en un disparador.
La licenciada Mariana de Anquin, especialista en crianza y educación emocional, corre el foco hacia el lugar menos cómodo: el adulto. “El problema no es la frustración de los niños, es nuestra reacción frente a ella”, plantea, y en esa frase aparece el nervio de muchas discusiones domésticas. Rescatar demasiado rápido o exigir silencio emocional pueden parecer opuestos, pero en el fondo responden a lo mismo: la dificultad adulta para tolerar el malestar infantil sin sentir que hay que cortar la escena. Entre esos extremos, De Anquin propone un camino intermedio que exige presencia y paciencia, no soluciones relámpago.
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Esa diferencia entre “acompañar” y “rescatar” también tiene mediciones concretas. Una investigación de la Universidad de Minnesota indica que los chicos con oportunidades regulares de atravesar pequeños fracasos acompañados por adultos muestran, en la adolescencia, 37% más capacidad para regular emociones intensas que quienes crecieron en entornos de protección constante. En la misma línea, la psicóloga Ann Masten resume el sentido de esa evidencia con una definición que incomoda: “La resiliencia no se enseña evitando la dificultad, se construye atravesándola con apoyo”. El apoyo, en este enfoque, no es resolver, sino sostener.
En paralelo, otro dato explica por qué tantos adultos corren a intervenir incluso cuando el problema parece mínimo. Un relevamiento del Centro de Estudios sobre Infancia de la Universidad de Oxford reveló que el 58% de los padres admite intervenir de inmediato frente a la frustración en situaciones menores. Para la psicóloga infantil Sarah Thompson, responsable del informe, el resorte no siempre nace del niño: “No toleramos ver sufrir a nuestros hijos porque nos conecta con nuestras propias frustraciones no resueltas”. Esa lectura abre una puerta: a veces el apuro no busca aliviar al chico, sino calmar al adulto.
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La tecnología, por su parte, no crea el problema pero lo vuelve más fácil de sostener en piloto automático. Una investigación de la Universidad de California en San Diego halló que niños de 6 a 12 años con uso intensivo de pantallas (más de cuatro horas diarias) presentan 37% más dificultades para sostener tareas que requieren paciencia y autorregulación. El neurocientífico Adam Gazzaley, autor principal del estudio, lo explica con una frase que resume el mecanismo: “La sobreestimulación digital entrena al cerebro para la recompensa instantánea y debilita los circuitos que permiten tolerar la demora”. Si la espera se vuelve intolerable, cualquier límite se vive como agresión.
En ese paisaje, el aburrimiento aparece como una palabra maldita, cuando en realidad puede cumplir una función clave. Un estudio de la Universidad de East Anglia sobre creatividad y regulación emocional mostró que los chicos que atraviesan momentos de aburrimiento no intervenido desarrollan 33% más capacidad para generar soluciones espontáneas frente a situaciones frustrantes. La psicóloga Sandi Mann, autora principal, lo sintetiza de un modo que choca con la cultura del estímulo permanente: “el aburrimiento no es una falla del sistema, es un espacio fértil donde la mente aprende a moverse sin muletas externas”. Dejar que ese espacio exista exige frenar el reflejo de llenar cada silencio.
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Educar en la frustración, entonces, no implica endurecer ni desentenderse. Implica estar cerca sin anestesiar: sostener el enojo sin borrarlo, escuchar la queja sin taparla y aceptar que el proceso tiene tiempos propios, aunque incomode. La psicóloga Rocío Ramos Paul lo lleva a una escena concreta de crianza cotidiana: “Como adulto enseño a manejar la ansiedad y la agresividad a través de un límite o una norma; acompaño activamente ese tiempo, sin resolver, sino llevando de la mano en la actitud”. La diferencia puede parecer mínima, pero termina siendo decisiva cuando los chicos se topan, tarde o temprano, con un “no” que no negocia.
Fuente: LA NACION.

















