“Es un dolor que no se va nunca”: a 16 años del crimen de Leonela, el reclamo sigue sin respuestas

Actualidad17/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Se cumple un nuevo aniversario del asesinato de la niña en Puerto Madryn y su familia vuelve a exigir justicia en medio de un caso que permanece impune.

Leonela Aguirre
Leonela Aguirre

A 16 años del crimen de Leonela Aguirre, el caso vuelve a ocupar un lugar central en la memoria de Puerto Madryn, no solo por la magnitud del dolor que dejó, sino por la ausencia de respuestas judiciales. Cada 17 de marzo, su familia revive una historia que nunca pudo cerrar, marcada por la impunidad y por un proceso que, según denuncian, estuvo atravesado por irregularidades desde el inicio.

En una entrevista en el programa Modo 17 de #LA17, Margarita Aguirre, tía de la víctima y una de las principales voceras de la familia, describió el peso que implica sostener el reclamo durante tantos años. “Hoy es un día triste para nosotros, como todos los años, recordando a Leonela de esta manera porque de otra manera no podemos expresarlo”, expresó, al explicar cómo el recuerdo se mantiene vivo ante la falta de justicia.


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Leonela tenía 10 años cuando desapareció el 16 de marzo tras salir de su casa rumbo a la escuela. Nunca regresó, y ese hecho marcó el inicio de una búsqueda desesperada que, según la familia, estuvo atravesada por demoras y decisiones que condicionaron el desarrollo de la investigación. “Una nena no se puede perder, busquen ahora”, recordó Margarita que reclamaban en ese momento, mientras las autoridades pedían esperar horas para activar el operativo.

El paso del tiempo no trajo respuestas ni consuelo. Por el contrario, consolidó un sentimiento de frustración que se profundizó con el cierre de la causa sin responsables condenados. “Cuando ya cerró la causa dije ‘no puede ser’”, relató, al recordar el momento en que comprendieron que el caso quedaba sin resolución en la Justicia.


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Uno de los episodios que más marcó a la familia ocurrió durante una de las últimas instancias judiciales, cuando intentaron evitar el cierre del expediente. Margarita recordó con crudeza ese momento, en el que, según su testimonio, no solo no obtuvieron respuestas, sino que fueron maltratados. “Nos cerró la puerta en la cara, nos hizo sentir muy mal”, afirmó sobre el accionar del fiscal, una escena que, según dijo, nunca podrá olvidar.

A lo largo de los años, la familia contó con distintos apoyos legales, tanto desde el ámbito público como desde la iniciativa privada, pero ninguno logró revertir el rumbo del caso. La combinación de obstáculos procesales, falta de avances y decisiones judiciales terminó por sellar una causa que, para los allegados, nunca fue investigada como correspondía.


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En ese contexto, el dolor convive con una sensación de injusticia permanente, especialmente al saber que el responsable continúa en libertad. “Él tiene su vida hecha y nosotros seguimos esperando justicia”, sostuvo Margarita, al describir una de las heridas más profundas que dejó el caso.

El impacto del crimen también trascendió el ámbito familiar y generó una fuerte reacción social en su momento, con marchas masivas que marcaron un antes y un después en la ciudad. Sin embargo, con el paso de los años, la movilización fue perdiendo intensidad, aunque el recuerdo sigue presente en quienes acompañaron desde el inicio.


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Cada nuevo caso de violencia contra niñas o mujeres vuelve a activar ese dolor. Margarita explicó que esas situaciones reabren una herida que nunca cicatrizó y que la conecta de manera inmediata con lo ocurrido con su sobrina. “Me pongo a llorar porque me acuerdo de todo lo que vivimos”, señaló, reflejando cómo el tiempo no diluye el impacto emocional.

En paralelo, la familia sostiene el acompañamiento interno como forma de sobrellevar la ausencia. La contención entre sus integrantes y la fe aparecen como los únicos espacios donde encuentran cierto alivio frente a la falta de respuestas institucionales. “Si no hay justicia terrenal, que sea justicia divina”, expresó, en una frase que sintetiza el agotamiento tras años de reclamos.


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El caso de Leonela también dejó una marca en la forma en que la comunidad piensa la seguridad y el cuidado de los niños. Si bien el contexto social cambió con el tiempo, la familia insiste en que la necesidad de protección sigue siendo central y que los riesgos continúan presentes, más allá de las transformaciones tecnológicas o culturales.

Hoy, Leonela tendría 26 años. Esa proyección aparece de manera recurrente en el relato de sus seres queridos, que intentan imaginar la vida que podría haber tenido. En ese ejercicio, la memoria se mezcla con la ausencia y con una pregunta que sigue sin respuesta: qué habría sido de ella si aquel día hubiese regresado a su casa.

A más de una década y media del crimen, el reclamo permanece intacto. La historia de Leonela Aguirre no solo representa un caso judicial inconcluso, sino también un símbolo de una deuda que la Justicia aún no saldó y que su familia sigue exigiendo que se repare.

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