
En su mensaje por los 50 años del golpe, el intendente de Puerto Madryn unió memoria y democracia y rechazó cualquier intento de borrar ese pasado.

La conmemoración por los 50 años del golpe de Estado tuvo en Puerto Madryn un mensaje que buscó sacar la fecha del terreno ceremonial y devolverla al presente. Gustavo Sastre no eligió una evocación formal ni una apelación vacía, sino una defensa explícita de la memoria como herramienta para sostener la vida democrática. Desde ese punto, planteó que recordar no responde a una obligación simbólica, sino a una necesidad concreta para decidir qué país no quiere repetir.
El eje de su intervención apareció ligado a una idea fuerte: el pasado no puede tratarse como un depósito cerrado ni como una carga incómoda que conviene dejar atrás. Por eso sostuvo que “no olvidar nos permitirá construir nuestra propia vida” y que “hay que saber construir lazos con el pasado, porque de eso depende construir lazos con nuestro futuro”. La memoria, en su planteo, no quedó reducida al homenaje de una fecha, sino que pasó a ocupar un lugar activo dentro de la discusión pública actual.


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En esa línea, el intendente describió el golpe del 24 de marzo de 1976 como el inicio de una etapa en la que la sociedad perdió dominio sobre sí misma. Dijo que “la Argentina era un largo y ancho cuartel”, poblado por mujeres y hombres “aturdidos y amenazados”, y remarcó que sus destinos ya no estaban en sus manos, sino en manos ajenas. Esa imagen le permitió bajar el recuerdo del plano abstracto y traducirlo en una experiencia concreta de miedo, sometimiento y pérdida de libertad.
Sastre también eligió poner a la democracia en un lugar menos cómodo que el de una conquista definitiva. Cuando afirmó que “la democracia es aún joven entre nosotros”, dejó planteado que no alcanza con celebrarla como una condición adquirida, porque también exige aprendizaje, revisión y compromiso cotidiano. Desde esa mirada, defenderla no implica solo sostener instituciones, sino animarse a revisar aquello que la sociedad sufrió cuando el terrorismo de Estado se instaló como forma de gobierno.
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El mensaje avanzó además sobre una dimensión colectiva del recuerdo y no solo sobre el dolor individual de las víctimas y sus familias. El intendente habló de la memoria colectiva como un conjunto de recuerdos compartidos que permite definir “qué es lo que queremos y qué es lo que no queremos que se repita” en la República Argentina. Ahí ubicó una de las claves más fuertes de su pronunciamiento: la memoria no como nostalgia, sino como defensa social frente a las crisis que ya dejaron marcas profundas en la historia del país.
Dentro de ese recorrido, retomó una frase conocida para darle una función política precisa en el presente. Señaló que “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” y explicó que no aprender de errores, conflictos e incluso triunfos anteriores conduce a nuevas equivocaciones. De ese modo, la conmemoración dejó de girar solamente alrededor del espanto de la dictadura y pasó a presentarse como una advertencia sobre la fragilidad de cualquier sociedad que pierde memoria histórica.
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El costado local del mensaje apareció cuando habló directamente “a mi pueblo de Puerto Madryn” y a las autoridades, con una apelación que evitó cualquier distancia institucional. Allí sostuvo que el homenaje apunta a quienes, desde aquel 24 de marzo, comenzaron “la cruel cuenta regresiva de sus vidas”, y advirtió que correr el pasado a un costado no solo hiere a quienes todavía cargan la ausencia de un ser querido. También, dijo, deja expuesta a la propia democracia, porque debilita el sentido que esa experiencia histórica todavía tiene para el presente.
Uno de los momentos más duros de la intervención llegó cuando rechazó las posturas que buscan relativizar o vaciar de contenido lo ocurrido durante la dictadura. Sastre afirmó que quienes quedaron en el camino “no pueden ser objeto de un negativismo obsceno, impúdico y grusero”, y sumó otra definición igual de tajante al pedir que no se caiga “en las redes que pretenden atrapar del pasado para hacerlo revolcar en las aguas del olvido”. Esa elección de palabras reforzó la idea de que el problema no es solamente recordar, sino también discutir qué se hace hoy con esa memoria.
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La libertad ocupó otro tramo central de su planteo y apareció asociada de manera directa con la experiencia histórica del golpe. Sastre remarcó que, más allá de los problemas y búsquedas de rumbo que atraviesa el país, hoy la sociedad puede disfrutar de algo que le fue quitado en aquel marzo trágico, y definió a esa libertad como uno de los derechos humanos más preciados junto con la vida. Esa relación entre pasado y presente volvió a mostrar que su intervención no se limitó a recordar una fecha, sino a darle espesor político a lo que significa vivir en democracia medio siglo después.
El cierre de su mensaje dejó una definición que condensó todo el recorrido anterior sin clausurarlo en una consigna vacía. Para Gustavo Sastre, la memoria debe permanecer frente a la sociedad porque ayuda a “iluminar el presente” y porque en ella también se juega la forma en que un pueblo construye su historia entre dolores, alivios, sombras y aprendizajes. Bajo esa lógica, el 24 de marzo no quedó planteado como una fecha detenida en el calendario, sino como una marca que todavía obliga a decidir de qué lado se para la democracia cada vez que alguien intenta empujar ese pasado hacia el olvido.

















